7 de junio de 2026
Juan 6, 51-58
1.- Su carne es comida y su sangre es bebida. Jesús se identifica como comida y bebida: “Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida”. (Juan 6, 55) Si no lo es, a causa de la desidia de quienes debieran alimentarse de Él, la vida cristiana languidece. Las expresiones firmes de Jesús no ofrecen márgenes para entenderlo como un mero símbolo. Su carne es comida y su sangre es bebida: “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Juan 6, 51) Aparecen voces proféticas, como la de San Carlo Acutis, que convencen de la verdad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y de su destino a convertirse en el alimento imprescindible de la Vida cristiana. Así lo enseña Jesús, desafiando la incredulidad de sus oyentes. Más aún, de quienes, escandalizados, van abandonando su seguimiento. Es preciso combatir el buen combate de la fe, alentados por San Pablo. Hoy la Iglesia se dispone a celebrar la Solemnidad de Corpus. Los milagros eucarísticos se producen oportunamente, pero no a la vuelta de cada esquina. La fe, y únicamente ella, convence al creyente del realismo de la presencia de Cristo en la Eucaristía. Cada vez que un sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, ocurre el milagro, habitualmente invisible, de la transformación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. El que cree, aunque no vea y toque, es calificado acertadamente por el Señor: “Ahora crees, porque me has visto, ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Juan 20, 29) Es el tiempo de la fe, o de creer sin ver. El Divino Maestro enseña que es más importante la fe que la visión. Por ello, los santos manifiestan su agrado por la fe, ya que por ella saben lo que no ven, y poseen lo que no logran alcanzar aún.
2.- La Eucaristía es Cristo, como está en su gloria. Jesús Sacramentado se ofrece, como alimento necesario para la vida cristiana. La santidad es la vida cristiana alimentada por la carne y la Sangre de Jesucristo. El mismo Señor lo afirma sin vacilar: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mi”. (Juan 6, 56-57) El sacramento no es un símbolo – para recordar piadosamente – sino la misma realidad encarnada en un signo escogido por Cristo. A través del mismo se transmite eficazmente la gracia divina. En la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Cristo constituyen el Don divino, presente realmente. La condescendencia de Dios ha recurrido a hechos extraordinarios para despertar el interés de una población alejada de la fe. Los milagros eucarísticos constituyen los frecuentes intentos de Dios por despertar la fe. Como en tiempos de Jesús, no basta el milagro. Algunos discípulos, a pesar de los hechos milagrosos, no creyeron: “Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron”. (Mateo 28, 16-17) La Palabra de Dios es la garantía de la Verdad a la que nos adherimos. Creer en Cristo, y a Cristo, ofrece la certidumbre que suscita su palabra. La asidua Lectura Divina es el alimento sustancial de la fe. Porque mantiene la conexión con la Verdad, que permite sorber la gracia que brota de Ella a borbotones. La Eucaristía es Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre es el nutritivo alimento de quienes, constituyen su Cuerpo Místico. Descuidar el alimento – la carne y la sangre de Cristo – debilita la vida religiosa de los bautizados, hasta su trágica extinción. La palabra de Cristo establece esa dolorosa relación: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes”. (Juan 6, 53)
3.- Su presencia real atrae a la Adoración. Al oponerse a la incredulidad de sus discípulos más díscolos Jesús confirma el valor de la Eucaristía y su necesidad. Quienes la niegan se oponen a su importancia y centralidad: “Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?” Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? “(Juan 6, 59-62) Muchos cristianos abandonan el seguimiento de Jesús porque no entienden la Eucaristía. Al no entender abandonan el alimento sustancial de la fe que dicen profesar. Necesitan reconstruir su vida de fe, mediante un regreso a Cristo, realmente presente en la sagrada Hostia, con su Cuerpo, alma y divinidad. La Eucaristía suscita una adhesión de fe que recoloca a Cristo en el centro de la escena. La llamada “fracción del pan”, junto a la palabra apostólica, constituye la esencia de la vida cristiana. En base a ella se ordenan – la Iglesia y el Ministerio – a la misión evangelizadora que les corresponde. No es prudente negar lo que no se ve, tampoco lo es aceptar sin examen lo que el mundo pretende vendernos como verdadero. La Palabra de Dios, que Cristo es y pronuncia, es la Verdad. En ella, el creyente encuentra su seguridad. Está escrita, y la anuncian quienes han recibido la misión apostólica de ofrecerla al mundo. Es viva la conciencia de los Apóstoles, y de sus legítimos sucesores. Imaginemos las primeras comunidades que, como aquellos discípulos de Emaús, se hallan con su Maestro al partir el pan. Hoy, en cada celebración eucarística, ocurre exactamente lo mismo. Su presencia real atrae a la Adoración y crea un clima de ardiente fervor. Se produce así un contagio de fe, de alto nivel, que contribuye eficazmente a la evangelización de los ambientes más fríos de la sociedad. No hay indiferencia que se le resista, mientras la Iglesia mantenga despierto el testimonio de santidad de los bautizados. La Eucaristía es Cristo que hace, de cada bautizado, un verdadero transformador del mundo y evangelizador, en una sociedad avejentada por el pecado.
4.- Los santos de la Eucaristía. Es el momento preciso de recordar a los santos que han ilustrado esta verdad con sus propias vidas. Entre ellos, se destacan niños y jóvenes: San Tarsicio, San Carlos Acutis. El amor a la Eucaristía es el común denominador de los santos. Lo será de todos los santos, en algunos resplandece de manera particular. Es impresionante la profunda devoción eucarística del Santo Cura de Ars y del Santo Cura Brochero. Sus vidas, a veces muy ajetreadas por dolorosas pruebas, exceden el conocimiento abstracto, que le proporciona la teología, para experimentar la presencia sacramental de Cristo.
