19 de julio de 2026
Mateo 13, 24-43
1.- Cada parábola posee un valor único. El lenguaje de las parábolas, utilizado por Jesús, posee una capacidad comunicacional extraordinaria, que abre sus secretos a quienes se ponen a nivel de los niños y de los pobres: “Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo”. (Mateo 13, 34-35) En este texto, el evangelista San Mateo pone su acento en la transparencia de las diversas imágenes parabólicas. Gracias a ellas puede revelar lo que no estaba al alcance de los hombres “desde la creación del mundo”. Aquí no hay una mera intención pedagógica. El lenguaje para expresar los secretos del Reino no se apoya en la sofisticada terminología de los “sabios y prudentes de este mundo”. Anteriormente hemos citado otro texto de San Mateo, en el que Jesús manifiesta su gozo ante este don de la bondad del Padre. Hoy, como entonces, se produce la misma situación entre los auténticos creyentes. Cada parábola posee un valor único y permanente. Es preciso desentrañar de ellas el contenido revelado y dejarse interpelar por él. Los santos, como Santo Domingo de Guzmán, mantuvieron la atención humilde del discípulo, aprendiendo así los rudimentos de la fe, con el fin de asimilarlos y transmitirlos. Pretender justificar la propia ignorancia de las cosas de Dios, confundiendo, con personales interpretaciones, la Verdad o el Verbo de Dios, es un engaño muy generalizado. Estar atentos es estarse en silencio ante el Misterio divino personalizado en Cristo. Su palabra predicada atrae la atención y obediencia de las muchedumbres: “Nadie habló jamás como este hombre”. (Juan 7, 46) No responde a la elocuencia de los académicos, sino a la gracia del Espíritu que dimana de Él.
2.- La cizaña y el trigo crecen en el mismo campo. Tres parábolas, debidamente explicadas por el mismo Señor, nos ofrecen la oportunidad de adentrarnos en su enseñanza: la cizaña, el grano de mostaza y la levadura. El enemigo siembra la cizaña en el campo de los corazones humanos, donde Dios ha sembrado el trigo. Se produce una alarma para quienes, habiendo sembrado la buena semilla, la encuentran creciendo junto a la mala en el mismo campo. La reacción de los desesperados peones es confrontada por la serena decisión del dueño del campo. Su discernimiento, en favor de la salud del trigo, consiste en no ponerla en peligro, cediendo al primer impulso de pretender arrancar la cizaña: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”. (Mateo 13, 28-30) En el campo de Dios, conformado por el mundo, se produce un altercado entre la cizaña y el trigo. Su destino ha sido expresado por el mismo Jesús: la cizaña al fuego, y el trigo al granero. El campo, en el que se mezclan la cizaña y el trigo, constituye el actual estado del mundo. Será preciso designar su lugar, a una y a otra semilla. El tiempo, en el que se producen ambos crecimientos, constituye la oportunidad que el Señor ofrece al mundo, para que sus ciudadanos sean cosechados para lograr su destino: el fuego para al mal o el granero para en bien. No conviene su apresurada separación, para que el trigo no devenga en cizaña, y la cizaña pueda transformarse en trigo. El propósito de Dios, por salvar a todos los hombres, queda de manifiesto en las palabras y actitudes del mismo Jesús. La conciencia viva, de haber sido enviado a los pecadores – para ser el Pastor que cargue a la oveja extraviada sobre sus hombros – se manifiesta en sus gestos y palabras. Los Apóstoles – y en ellos la Iglesia – deben ser sus testigos: ayer, hoy y siempre.
3.- El grano de mostaza. El Señor prosigue su enseñanza sobre el Reino, con otra parábola: “El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas”. (Mateo 13, 31-32) Dios siempre se vale de lo que parece no valer para abordar lo que sí vale. El modelo de esa preferencia es la misma Encarnación de su Hijo. El Verbo: se hace Hombre y así se empobrece por amor a los hombres. Esa humildad es la mayor de las virtudes. Paso obligado a la práctica de todas las virtudes. Una comunidad de religiosas rebeldes, recibió una calificación estremecedora, por parte de una autoridad de la Iglesia: “son castas como ángeles y soberbias como demonios”. Los soberbios descienden, tarde o temprano, a la comisión de todos los pecados. Con los humildes hace Dios lo que quiere, con los soberbios Dios no puede hacer nada. Los hombres son libres, para el bien o para el mal, Dios les ofrece su gracia para que dejen de mal usar su libertad. Cristo es el causante y mediador de esa gracia. Sin ella nadie puede evitar el pecado durante mucho tiempo, por más empeño que ponga en ello. Únicamente el humilde sabrá aprovechar la gracia, hasta lograr la perfección o santidad. No obstante, ¡qué difícil es ser humilde! Sin otra pretensión que desaparecer en el Corazón paterno de Dios, que es el de su Divino Hijo. Dios, por su Espíritu, hace santos. No es el empeño planificado de los hombres, ni la declaración solemne de la Iglesia, mediante el rito de beatificación y de canonización. La acción artesanal del Santo Espíritu es la que hace santos, incluso en hombres y mujeres que provienen de situaciones extremadamente comprometidas con el mal. Se requiere “dejar hacer a Dios”, y consentir ser su exclusiva obra. El único paso de acceso, a esa saludable decisión, es la humildad. Dios hace santos únicamente a los humildes. Son quienes eligen su lugar junto a Jesús pobre y humilde de corazón.
4.- El Reino de Dios es el destino de la historia. La levadura constituye el cuerpo de la masa. Fermenta hasta expandirse y convertirse en pan que alimenta. En la mente de Jesús es considerada un elemento, muy pequeño de por sí, destinado al crecimiento de la masa, en la que es introducido. Comparativamente el Reino de Dios, presente y operante en el mundo, orienta su desarrollo en la historia. Más aún, se expande y desarrolla. La Iglesia es sacramento del Reino, y su misión es lograr que opere como fermento, en las diversas ocasiones y estructuras del mundo. También existen contracaras de la buena levadura, Jesús advierte sobre ellas: “Estén atentos y cuídense de la levadura de los fariseos y de los saduceos”. (Mateo 16, 6)
