Saltar al contenido

Domingo 14º durante el año – Ciclo A

5 de Julio de 2026
Mateo 11, 25-30

1.- La grandeza de ser pequeño. Es este uno de los textos evangélicos más transparentes y tiernos. Ser pequeño y humilde corresponde a una decisión de la persona, orientada por Cristo al Padre. Aunque existe cierta correspondencia entre la carencia de bienes económicos y la humildad, no siempre coinciden. Hay seres económicamente pobres – carentes de bienes materiales – que por ambicionarlos son ricos, y hay otros, que administrando bien los que poseen, son pobres de corazón, porque los ponen al servicio de los hermanos más necesitados. En la escena evangélica, donde se narra el encuentro de Jesús con el hombre rico, queda de manifiesto que el apego a las riquezas – poseídas o deseadas – aleja de la pobreza evangélica. Concluimos, estremecidos, que: hay pobres que son ricos, por la ambición, y hay ricos que son pobres, por su desapego de los bienes que poseen. La humildad, fuente de sabiduría y poseedora del Reino, está basada en la verdad. Inicia y corona la lista de bienaventuranzas que Jesús enumera ante sus sorprendidos discípulos. Su valoración es poco digerible por el mundo contemporáneo. Cristo la modela en su persona y la revela sin vueltas a quienes quieran hacerla fundamento de sus vidas. Los santos – verdaderos cristianos – así lo logran. En ellos, la Palabra consigue su perfecta expresión. Es preciso observarlos y orientarlos – mediante la predicación y la Liturgia – al verdadero compromiso de la fe, en un mundo sumido en la incredulidad. San Juan Pablo II afirmaba que el mundo espera de los cristianos el testimonio de la santidad. Testimonio que trasluce la santidad de Dios, en su Hijo encarnado, para acercar a los hombres una via de acceso a la salvación. Ante el estado de decrepitud moral, que presenta el mundo contemporáneo, se presenta Cristo – “Señor de la historia” – como respuesta

2.- La pobreza de los pequeños. Nos referimos a una historia nueva, cimentada en la Verdad, que es ofrecida a quienes anhelan sinceramente emprender un camino que conduzca a Cristo: “la Paz y el Bien”, que soñaba San Francisco de Asís. El sendero al Cristo-Camino, que conduce a Dios – “Verdad y Vida” – es la pobreza de corazón y la mirada pura de los simples y pequeños: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños”. (Mateo 11, 25) Dios no es un ser arbitrario, que reparte bienes entre quienes elige indiscriminadamente. Recupera lo mejor de cada uno, preparando los corazones para que accedan a la verdad y a la justicia. Decía un Arzobispo, ya fallecido, que Dios elige y “si no encuentra preparados a los elegidos, los prepara”. Se entiende que la virtud básica de los “pequeños” es la humildad. No olvidemos que Dios, desde su inefable sabiduría: “Derribó a los soberbios de su trono y elevó a los humildes”. (Magníficat) (Lucas 1, 52) Los humildes se dejan preparar por Dios y, de esa manera, acceden a la novedad que el Amor de Dios produce en ellos. En el texto evangélico que hemos proclamado, Jesús aparece conmovido ante los pequeños. La docilidad, expresada en la pequeñez, predispone para el conocimiento y ejecución de la Verdad. Es el “caminito” de Santa Teresita del Niño Jesús, fidelísima proyección espiritual de la Santa Doctora. La soberbia es el estado de pecado que define al mundo. Cristo es el Cordero que lo elimina. El Bautista así lo personaliza, al señalar el paso de Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. (Juan 1, 29) La soberbia, como persistencia del “ego” auto referenciado, invade todos los aspectos de la persona. Aflora en cada acción y reacción de la vida ordinaria. Se la ataca en la raíz, que necesita ser extirpada, para que no se extienda como una infección mortal. El esfuerzo de fidelidad se constituye en una auténtica purificación, que se instala en cada corazón, dispuesto a una respuesta de amor a Quien lo ama, hasta darle a su Hijo Unigénito.

3.- Nadie conoce al Padre sino el Hijo. Las expresiones de Jesús conducen al conocimiento de Dios Uno y Trino: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. (Mateo 11, 27) El Misterio divino es sólo conocido, a la perfección, por Dios. El Hijo del Padre ha recibido la misión de revelarlo a los hombres. Sólo Cristo puede hacer conocer toda la Verdad sobre Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Desconectados de Cristo no sabremos quién es Dios y, por lo tanto, no lograremos incorporar su Verdad a nuestra vida. Cristo es la clave, que abre la puerta de la sabiduría, e inspira un comportamiento moral que corresponda a ella. Es imposible traducir, en términos literarios perfectos, el concepto exacto, para que todos lo entiendan. Por eso Jesús se manifiesta conmovido ante el método empleado por el Padre para revelarse a los hombres. La misma Encarnación de su Hijo, adopta la pobreza y la Cruz. Los pequeños son los pobres de corazón o humildes. La humildad es más espiritualmente redituable que el dinero. Sólo Jesús imparte esta enseñanza. No todos los autos calificados “cristianos” logran aprenderla. El culto al dinero deforma el corazón y presenta una versión mentirosa de la religión. La pobreza evangélica otorga poder para el bien y la verdad, indiscutido valor reconstructor de las relaciones humanas. Jesús, ante el apego al dinero – o ante su desapego – formula esta explícita calificación: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al dinero” (Mateo 6, 24) De esa manera se perfila el sentido de la auténtica religiosidad. Consiste en llevar a la práctica la absolutez de Dios frente a la mendicidad del apego al dinero. Jesús progresa en la revelación de la imagen de Dios, y compone una nueva escala de valores. El mundo exhibe una indigesta concepción de los valores humanos, cuando se oponen al Evangelio.

4.- La libertad que otorga el yugo de Cristo. El yugo de Jesús reclama paciencia y humildad de corazón: “Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mateo 11, 30). La pobreza de San Francisco de Asís resulta ser la concreción de la auténtica libertad, que podrá ser ejercida, únicamente, por quienes cargan con ese yugo. La levedad del mismo, no es el facilismo, que persiguen las ambiciones mundanas. Es capacidad de renuncia, y su consabida abnegación. Supone la respuesta a la exhortación del mismo Jesús: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. (Mateo 16, 24) La cruz de los hombres constituye el seguimiento – quizás a los tumbos – de Jesús. Él abrazó la suya para que sus seguidores supieran cargar y valorar la propia.

Publicado enCiclo AHomilía