16 de agosto de 2026
Mateo 15, 21-28
1.- La fe que atrae el Corazón de Cristo. La fe atrae el corazón de Cristo y lo inclina en favor – con un milagro – de quien acude a Él, aunque provenga de Tiro y de Sidón, comarca extraña a la cultura y religión de su pueblo: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. (Mateo 15, 24) A pesar de la universalidad de su misión Cristo trata con predilección a quienes manifiestan tener fe en Él. Su intención es que predomine el amor sobre toda otra intención o sentimiento. Y lo logra también entre los extranjeros. Sus verdaderos familiares y conciudadanos son quienes obedecen al Padre, como Él: “Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Mateo 12, 50) Y, por lo tanto, quien así se comporta es parte del verdadero pueblo, del que Jesús es oriundo: del Reino de los Cielos, del que es Rey. Es preciso presentarlo al mundo, y a cada uno de los hombres, como Él mismo se presenta: “Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí – como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre – y doy mi vida por las ovejas”. (Juan 10, 14-15) La identidad humano-divina de Cristo consiste en ser el buen Pastor, que ama a sus ovejas como Él es amado por el Padre. De esa manera, Cristo es la imagen visible del Padre, que ama al mundo por el don de su Hijo. Es la imagen del Padre que, en el Espíritu, ama al Mundo hasta la Cruz de su Hijo, encarnado en María Virgen. Los santos se detenían en la contemplación de Jesús, crucificado. El Apóstol Pablo lo considera la Verdad que el Mundo necesita para salvarse: “Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado”. (1 Corintios 2, 2) El contenido de su predicación es Cristo, clavado en la Cruz y exhalando en ella su último suspiro. El mundo necesita entender ese misterio de Amor.
2.- La fe humilde de la Cananea. La mujer cananea es una madre que lo arriesga todo para que Jesús cure a su hija. El Señor pone a prueba la fe de aquella mujer, con expresiones rayanas en la intransigencia: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros. Ella respondió: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”. Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” Y en ese momento su hija quedó curada”. (Mateo 15, 26-28) La humildad de aquella madre encuentra su cauce en la aparente dureza de expresión de Jesús. En diversas ocasiones, incluyendo a su Madre Santísima, se refiere a la fe como condición indispensable para privilegiarla sobre todo otro don. A Pedro y a Tomás les recuerda la imperiosa necesidad de ser “hombres de fe”. El ministerio apostólico es un servicio de fe para quienes están dispuestos a aceptar la palabra de Jesús. La práctica religiosa es un ejercicio de la fe, lo contrario es la tibieza que conduce a la incredulidad. Es muy importante que la predicación sea orientada al ejercicio de la fe del Pueblo. Para ello debe ser preparada en la humilde oración y en la fidelidad a la Palabra. El predicador es un creyente que se ha adherido incondicionalmente a la Palabra, la que debe exponer a sus hermanos y al mundo no creyente. La Palabra debe ser escuchada por quienes la han recibido y tienen la misión de proponerla: los Apóstoles, en primer lugar. La mujer cananea aparece entre quienes, atraídos por Jesús, atienden humildemente su Palabra. La Palabra escuchada – de la Palabra – suscita la fe incondicional de aquella mujer que conmueve el corazón humano de Cristo. La ejemplar actitud de aquella mujer, es obra del divino autor de la fe. Jesús atribuye a la fe la sanación que Él causa en el corazón humilde. Es su gracia la que actúa, como respuesta a la adhesión personal de aquella afligida madre. En lo sucesivo ocurrirá lo mismo en quienes, como la cananea, se adhieran a Cristo. Él es la Palabra eterna del Padre, que cumple la misión de “quitar el pecado del mundo” y, de esa manera, salvar a los hombres.
3.- Los auténticos evangelizadores son los santos. Es preciso relacionar la curación de la hija de aquella mujer con la humildad conmovedora, que sorprende a Jesús hasta condescender a su pedido. Debemos revivir la fe, en la actualidad, como lo han logrado los santos de todos los tiempos. Ciertamente enseñan mejor los santos, mediante sus vidas de fe, que los lúcidos doctores, empeñados en traducir lo que piensan en servicio del intelecto humano más desarrollado. San Pablo VI recuerda que: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio”. (Evangelii Nuntiandi – 41) Los auténticos evangelizadores y maestros son los santos. La promoción de la santidad, entre todos los cristianos – ministros, consagrados y laicos – es de urgente necesidad. Se deriva de la vocación bautismal. En consecuencia, el bautizado se presenta como un auténtico evangelizador. Quizás no se piensa – habitualmente – en el compromiso de santidad que involucra cada confesión de fe, como marco de la celebración bautismal. Una respetable dirigente política lo expresaba así, al ser consultada en referencia a las convicciones que respaldaban su ateísmo militante: “Estoy bautizada pero no soy creyente”. La incongruencia que señala tal afirmación es más común que lo imaginado. Las simples condiciones para acceder a la celebración del Bautismo: compromiso de padres y padrinos en la educación y desarrollo de la fe bautismal – de sus hijos y ahijados – constituye, en numerosos casos, estériles formalidades. Los dirigentes de la Iglesia se desviven en recuperar el sentido bautismal en quienes son llevados a las aguas del Bautismo y no llegan, ni por asombro, a la Eucaristía. No es un capricho canónico de la Iglesia vincular en una práctica común los Sacramentos de la iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. El comportamiento moral de muchos bautizados indica que se ha roto la necesaria relación entre la vida y los sacramentos de la Iniciación.
4.- La fe como coherencia. Por algo el Venerable Papa Pio XII pedía que el esfuerzo pastoral de la Iglesia debía trascender el logro de que los cristianos murieran en gracia, sino en que vivieran en gracia. Vivir en gracia es vivir en el amor a Dios y a los hermanos. Amor que es más exigente que el solo cumplimiento de la Ley: supone la decisión de dar la vida por amor a Dios y al prójimo. La mujer cananea, aunque seguidora de Jesús, abrigaba la esperanza de la salud de su hija. No obstante, era la atracción ejercida por el divino Maestro, la que ejercía un poder de serena humildad sobre la multitud.
