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Domingo 21º durante el año – Ciclo A

23 de agosto de 2026

Mateo 16, 13-20

1.- Una encuesta muy especial. La encuesta que Jesús propone, a sus más allegados, no está inspirada en la vanagloria de quien introduce el termómetro en el calor de la opinión pública: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?” (Mateo 16, 13) Las opiniones recogidas se refieren a los grandes patriarcas y profetas precedentes: Moisés, Elías y otros. Al presentarse entre los hombres, mediante la Encarnación del Verbo, detalla la aproximación impensable a los hombres, sus hijos adoptivos. La intención del Padre va más allá de una encuesta dirigida a todos, se refiere principalmente a lo que sus discípulos piensan de Él: “Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?” (Mateo 16, 15) Del testimonio de ellos nacerá la fe. Pedro los representará en lo sucesivo, hasta el fin de los tiempos: “Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (ibídem v. 16) La fe indeclinable de Pedro sostendrá la fe firme de los creyentes. La fe de Pedro sostendrá su misión entre los hombres. En el diálogo con Jesús resucitado, Pedro recibe el encargo de ser testigo y Pastor del Pueblo de Dios, destinado a ser un pueblo de hermanos, o una auténtica fraternidad: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos”. (Lucas 22, 31-32) ¿Quién puede dudar de esas palabras? Quienes suceden a los Apóstoles, en comunión con Pedro, son solidarios de esa consoladora misión. Inspirado por el Padre, Pedro responde en nombre de sus hermanos Apóstoles, coronando así la misteriosa encuesta: “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Es innegable la actualidad de esta encuesta simple y directa.

2.- La respuesta inspirada de Pedro. Es urgente que la actualicemos. Las respuestas del mundo actual son divergentes, hasta contradictorias. El mismo mundo necesita que Pedro, desde la Iglesia, confiese la divinidad de Cristo y lo identifique como su Salvador. Se juega la salud eterna de la humanidad y, por lo mismo, la misma felicidad anhelada e intentada por quienes transitan los senderos escabrosos de los acontecimientos actuales. Para ello, será impostergable que los cristianos no oculten la confesión de Pedro: “Señor, Tú eres el Mesías”. Que lo hagan mediante un acatamiento honesto de los mandamientos de Dios, formulados ahora por el Maestro. Los cristianos deben distinguirse por la práctica de los valores evangélicos. Son las mismas virtudes de la antigua Ley en su versión cristiana: la fe, la esperanza y la caridad; como aparecen en el Nuevo Testamento, y generan un estilo de vida llamada: santidad. Un cristiano auténtico debiera ofrecer, sin ocultamiento, lo que Cristo modela en su propia vida entre los hombres: amor a Dios, sobre todas las cosas y, al prójimo como a sí mismo. No es una exhibición farisaica sino una vivencia, capaz de comprometer la historia personal y social. La fe, suscitada por la Palabra, debe conducir a la caridad y constituirse en rectora máxima del comportamiento humano. En consecuencia debe animarlo todo y excluir, de la vida cotidiana, todo engaño o dicotomía. El mundo, a pesar de sus errores y corrupciones, necesita comprobar que la santidad es posible en mujeres y hombres santos, de todas las edades, que deciden dejarse remodelar por Dios. Más aún, la verdadera humanización es la santidad. Quienes intentan la perfección deben aprenderla del Padre: “Sean perfectos como es perfecto el Padre Celestial”. (Mateo 5, 48) Consiste en el amor a Dios y al prójimo. Es cuando el hombre logra su perfección. Cristo vive esa admirable perfección: al ofrecer su vida en la Cruz y en obediencia a su Padre. De tal modo que, desafiando el odio y el error, se deja sucumbir por los violentos y los vence.

3.- Sin cambio interior, el amor que presenta Cristo como ideal es humanamente impracticable. No existe otro proyecto de perfección humana que el amor, modelado por Cristo: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros”. (Juan 13, 34) Los parámetros que el mundo intenta aplicar no corresponden al “mandamiento nuevo”. Lo contradicen abiertamente. Si no se produce un cambio interior el amor, como Cristo lo entiende y testimonia, es impracticable. Lo hace posible la gracia de Dios, y los santos se constituyen en logros de esa posibilidad. La virtud, cuya heroicidad resplandece en ellos, es la caridad. Su base necesaria es la humildad. Los pobres de corazón son quienes se dejan remodelar por Dios. En ellos se produce una transformación desde la libertad, saneada por la gracia de Cristo. El lenguaje evangélico aparece como extraño para el mundo. Al encarnarse cobra su propia capacidad de expresión. Los pobres son quienes dicen lo que Dios quiere de los hombres, y se constituye en la felicidad que intentan alcanzar. Es preciso recomponer los valores y ofrecerles una nueva versión, desde el Evangelio. De esa manera, la Palabra no es un mero marco de referencia sino una verdadera transmisión de Vida nueva. Cristo es el Hombre nuevo, que ofrece su novedad a quienes se disponen a morir al pecado. El llamado a la santidad es una exigencia de la fe que el Bautismo existencializa en quienes no le oponen resistencia. La vida cristiana es un combate contra el pecado, u oposición a la gracia bautismal. Negarse amar a Dios, hasta ser infieles a su voluntad, es el mal que aqueja a muchos cristianos. Se invierte esta situación cuando los creyentes ponen el amor a Dios como base de su comportamiento moral. No es común, como fundamento de todo examen de conciencia, privilegiar el amor a Dios. El pecado, todo tipo de pecado, es falta de amor a Dios. Los confesores debieran pedir a sus penitentes que se examinen sobre el grado del amor a Dios, o su rechazo, por el que recae con tanta frecuencia.

4.- Examinados en el amor. Jesús particulariza su encuesta cuando la dirige a Pedro, después de consumarse el misterio de su Muerte y Resurrección: “Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” (Juan 21, 15) No es suficiente conocer a Jesús, como Pedro manifestó conocerlo, es preciso reconocerlo como Mesías e Hijo de Dios vivo. Para recibir de Él la misión de apacentar su rebaño, el Apóstol debió amarlo, hasta el martirio.

Publicado enCiclo AHomilía