20 de septiembre de 2026
Mateo 19, 30 – 20, 16
1.- La recompensa es única. Es preciso leer la parábola que se ofrece explícitamente a la comprensión de aquellos consternados obreros de la primera hora. La recompensa es única tanto para los contratados en la primera hora como en la última. El jornal no puede ser cotizado con una moneda corriente, por más importante que sea. Dios se significa a Sí mismo como don perfecto e insuperable. El amor de Dios es la recompensa, al concluir la jornada de la vida, merecida por el amor que el dueño ofrece al cabo de una jornada de trabajo. La prescindencia de Dios, que exhibe hoy el mundo, es signo del rechazo de la única paga que merece una vida virtuosa. Nuestro premio es Dios, única e invaluable recompensa. El mundo conduce a buscar otras compensaciones que no son Dios. Es entonces cuando los hombres experimentan la amargura de un fracaso personal. Es la razón del fenómeno que contamina la vida actual. La auténtica alegría procede de un corazón en paz con Dios. Los santos se distinguen por el gozo que resplandece en sus semblantes, aún en circunstancias de persecución y de martirio. La Vida eterna es vivir en Dios, constituida por el simbólico denario, ocasionalmente causante del disgusto de los primeros contratados. La moneda que el mundo reclama está devaluada y no alcanza para satisfacer los anhelos del corazón humano, hambriento de auténtica felicidad. La tristeza y la insatisfacción provienen de corazones que no logran encontrar lo que buscan. San Agustín lo expresa de manera inmejorable: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. (Confesiones) La sinceridad del santo Obispo ofrece transparencia a su admirable enseñanza.
2.- Pastores compasivos y humildes. Es la ocasión de destacar la presencia de Pastores – como Agustín – muy cercanos a las profundas necesidades del hombre “peregrino de lo infinito”, y capaces de sufrir la nostalgia de Dios que sus contemporáneos padecen. Los Pastores – si son santos – son compasivos y humildes. Aprenden de la mansedumbre de Jesús, y la transparentan con ejemplar fidelidad. Aprendizaje difícil y doloroso, no obstante sigue constituyendo la condición indispensable, generada en comunión con el Maestro. Jesús resucitado examina a Pedro en el amor, para confiarle la plena responsabilidad pastoral. Hoy, como entonces con aquel Apóstol, repite el mismo examen, y de él hace depender la eficacia del ministerio apostólico: “Si me amas, apacienta mis ovejas”. Propuesta de amor, que reclama una respuesta de amor. Ante la debilidad de la fe, que en la misma Iglesia se manifiesta, en muchos de sus ministros, concluimos que existe un estado de aflojamiento en el desempeño actual del ministerio. Es responsabilidad de quienes, como Pedro y los Apóstoles, deben apacentar a los corderos y a las ovejas. ¿Hemos descuidado el ministerio, comenzando por el de la predicación? Si es así no hemos logrado la principal condición, que Pedro supo poner en práctica: el amor a Jesús. “Si me amas, apacienta mi rebaño”. Si descuidas la amistad con el Maestro, no te quejes de que tu predicación sea insulsa y no llegue a las almas. No hay transmisión de Vida, sin Vida que transmitir. Todo invita a la renovación. No consiste en una búsqueda indiscriminada de innovaciones – que consisten en el desplazamiento de valores permanentes – proponiendo novedades poco ponderadas y fácilmente negadoras de la verdad y del bien. El mundo necesita una Iglesia fiel a los valores que Jesús supo infundir en sus más cercanos colaboradores. El Evangelio es el compendio infalible de esos valores y, por ello, constituye la Palabra que regula su actividad y enseñanza. El empeño por mantener absoluta dependencia del Evangelio, por parte de quienes lo exponen, debe constituir la principal tarea de sus ministros. Incluye una continua lectura y meditación. Los santos, incluyendo sus principales agentes apostólicos, se atienen a lo que Pedro aprendió en el mencionado diálogo con su Divino Maestro.
3.- Los primeros y los últimos. El comienzo y el final de este texto coinciden en una enseñanza de contenido preciso: “Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros” (Mateo 19, 30) “Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. (Mateo 20, 16) La parábola de los obreros contratados en las diversas horas del día, halla su síntesis y suprema ilustración en los dos textos mencionados. El propietario de la viña presenta, a los trabajadores, como imágenes precisas de quienes transitan las diversas horas de la vida. Dios es justo, ofreciendo la misma paga a quienes, por su disponibilidad al trabajo, aceptan la contratación tanto en la primera y como en la última hora de la jornada. Traslademos a la historia humana el misterioso comportamiento del Señor y Padre de la vida. La imagen del Dueño de la viña es alentadora. Tiene todo que ver con la primacía de la misericordia. Los que aceptan el trabajo desde la primera hora, se congratulan con quienes se ponen a trabajar al concluir la jornada. El Señor reprueba a los descontentos de la primera hora: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?” (Mateo 20, 13-15) La respuesta al llamado es suficiente para hacer efectiva la recompensa prometida. La conversión, en los últimos instantes de la jornada constituye un verdadero cambio en quien llega al final, recordemos a San Dimas “el buen ladrón”. Dios, como el dueño de la viña, siempre está dispuesto a no dejar a nadie fuera de su contrato de trabajo. No importa la edad y las circunstancias que determinan a cada persona: Nadie se pierde contra su voluntad, y nadie se salva sin que haya prestado su libre consentimiento a la convocatoria del dueño de la viña. La libertad puede ser mal usada y debe ser bien usada. Finalmente es Dios quien juzga, aunque el juicio de los demás haya propuesto su interesado veredicto.
4.- Dios es la recompensa de una vida honesta. La vida es un contrato entre el Creador y la criatura. La paga resulta del buen cumplimiento de la tarea encomendada. Existe una cultura de la inconciencia que necesita ser desmantelada oportunamente. Se ha producido un descuido inexplicable de la respuesta que los hombres deben al Padre y Creador, o la pretensión de recibir una paga que no les corresponde. ¡Qué mal orientados estamos cuando reclamamos una paga que no corresponde a la que Dios ha concertado con cada uno de nosotros! Las sucesivas desilusiones contribuyen a la búsqueda, hasta angustiosa, de Dios. Así lo expresa bellamente el inquieto San Agustín: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Existe una labor pre evangelizadora que consiste en despertar esa inquietud.
