6 de septiembre de 2026
Mateo 18, 15-20
1.- El valor de la corrección fraterna. Jesús, el gran perdonador, nos enseña a perdonarnos y a corregir nuestros pecados. La delicadeza que manifiesta en su exhortación incluye un estilo de comportarnos ante nuestras miserias y las fallas de quienes deben ser fraternalmente amonestados. La impronta de nuestras reacciones ante las ofensas causadas por quienes nos agreden, se aproxima más a la venganza que al ánimo de corregir. Jesús quiere recuperar al pecador, más que destruirlo. Intenta restablecer la justicia y el amor. Para ello acude a los recursos más respetuosos, involucrando a otras personas o a la comunidad, para que la restauración de la paz proceda de una auténtica reconciliación. La guerra y la violencia se oponen al espíritu del Evangelio. No obstante se han declarado “guerras santas”, y bendecidas armas mortíferas, para destruir a los enemigos. El mundo se aproxima al Evangelio mientras avance hacia una justicia que no incluya el odio como sistema. No hay verdad sin amor, ni orden político sin verdad. Únicamente el Evangelio inspira un sistema nuevo, que cambia el odio en amor. No se limita a otro sistema, que pretenda agotarlo en una determinada realización temporal. La Palabra exige un examen continuo y sus oportunas correcciones. Desde la misma existe la conversión como respuesta y forma de vida. Por ello, la Palabra no impone sino que propone, supuesta una auténtica sanación de la libertad, principal afectada por el pecado. Cristo sana la libertad de los seres alcanzados por la Misericordia y el perdón. Esa operación, previa a la acción santificadora del Espíritu – Suyo y del Padre -, responderá al deseo de quien consienta en ser santificado. Es preciso despertar el deseo honesto de dejarse hacer santo por Dios, mediante una disponibilidad pronta y generosa.
2.- Reprender para redimir. La corrección fraterna supone una clara conciencia de fraternidad. El hermano ama a su hermano, no entiende una reprensión airada, destinada a confundir y no a redimir. Es la práctica de Jesús en la comunidad de sus principales discípulos. Él sabe amonestar a su grupo apostólico cuando surge la cuestión de quién es el mayor en el Reino; como lo hace con Pedro, cuando éste se deja inspirar por los hombres y no por el Padre. Lo hace con firmeza y delicadeza, empeñando en ello su amistad y amor fraterno. San Francisco de Sales supo captarlo en la dulzura de sus expresiones, manteniendo la firmeza de sus convicciones y la claridad de sus ideas. Le demandó un ejercicio heroico de la paciencia y de la mansedumbre. Jesús se entrevera en la vida de sus discípulos y les muestra cómo deben comportarse si quieren mantenerse fieles a Él. La forma de relacionarnos con nuestros hermanos debe constituir una fiel imitación de la mansedumbre y humildad de Jesús: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”. (Mateo 11, 29) El santo Obispo de Ginebra hizo de esa imitación su principal propósito de vida. Ciertamente sus interlocutores hallaban a Jesús cuando lo observaban. Su súplica se conformará con una simple oración, pronunciada por quienes lo intenten: “Señor que quien me mire te vea, y te ame”. En ella está sintetizada la intención de que Cristo se haga reconocible para un mundo que intenta encontrar la Verdad. Reconocido Cristo, mediante el testimonio de los cristianos, se produce el arribo a la Paz y al Bien y, finalmente, al logro del perdón de los pecados y a la santidad. Cristo conduce una pléyade de santos al reproducirse – en ellos – como al “Santo de Dios”, conforme a la confesión de Pedro. De esa manera su presencia se hace sentir en medio de los acontecimientos mundanos más renuentes a la verdad y a la santidad.
3.- La práctica de la oración. El camino a transitar supone una práctica de la oración. Por ello el texto de San Mateo cierra su proclamación con una exhortación a la oración común. La oración es una forja en la que el cristiano se deja hacer santo por Dios. No es un mero recurso para los momentos de mayor tribulación. Es una auténtica relación con Dios, a la manera y por mediación del mismo Cristo: “También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. (Mateo 18, 19-20) La enseñanza de Jesús posee la riqueza y precisión que caracterizan su divino Magisterio. Requiere, de quienes lo escuchan, una viva relación con Dios y la certeza de la presencia de Jesús entre ellos. De allí procede la eficacia de la oración cristiana. La creación del “Padre Nuestro” constituye una práctica de contextura perfecta. Jesús responde al pedido de sus discípulos: “Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar”… (Lucas 11, 1) La oración denominada “dominical”, es la respuesta del Señor a sus discípulos, y ofrece un inédito contenido de Verdad. Mediante ella el Padre se hace cargo de la vida de quienes la pronuncian. Así lo entiende y ejecuta el mismo Jesús. A partir de entonces será la oración principal de los hijos de Dios. En ella se produce una total identificación con el Hijo de Dios, que la adopta como oración oficial de su Iglesia. Sus hermanos, así son calificados como hijos de su Padre celestial. El “Padre Nuestro” es para ser rezado en comunidad, en Nombre de quien es el Primogénito: “En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos”… (Romanos 8, 29) Al ser invocado, Cristo se hace presente entre ellos, hasta el fin de los tiempos. Al rezar el “Padre Nuestro” rezamos con todos nuestros hermanos, y es la misma presencia del Señor la que otorga eficacia a la oración.
4.- El poder de la oración en común. La unidad de los discípulos garantiza su presencia entre ellos. Dos o tres de ellos son suficientes para que Él se haga presente y les asegure la eficacia de la gracia. La mejor disposición para hacerse sus merecedores es reunirse en Nombre de Jesús. De Él procede el perdón y la Vida nueva. Si no ocupa el centro que le corresponde, el pecado y el error mantendrán su trágica vigencia. Al comprobarlo, será preciso que aceptemos a Cristo como Reconciliación y Paz. Él se nos brinda mediante el ministerio apostólico, que la Iglesia conserva íntegro y en pleno ejercicio. Su capacidad de convocatoria procede de ser la Iglesia-Cuerpo Místico de Cristo. Basta invocar su Nombre para que nuestra oración en común sea escuchada por el Padre.
