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Domingo 19º durante el año – Ciclo A

9 de agosto de 2026
Mateo 14, 22-33

1.- La oración de Jesús. Anticipándose a ciertos acontecimientos de su compromiso pastoral, Jesús se retira a orar: “Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo”. (Mateo 14, 23) No podemos imaginar la importancia que el Señor atribuye a la oración prolongada y en soledad. En muchas ocasiones se lo ve así. Cuando regresa de esa oración, enfrenta las mayores decisiones de su ministerio: el combate contra el Demonio, la agonía de Getsemaní, la tormenta del lago y la elección de los doce Apóstoles. Siempre es la oración, más que un recurso desesperado, la comunicación con su Padre. Así la entiende el Señor, y le ofrece lo mejor de su tiempo, en la soledad del desierto o del monte. En las vísperas de su crucifixión padece una cruenta agonía y exhorta a sus afligidos amigos a perseverar en la oración: “Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. (Mateo 26, 41) Es cuando experimenta la debilidad de nuestra carne y su remedio necesario: la oración. Su regreso de la oración lo predispone para enfrentar los momentos más críticos de su vida terrena. Los santos y santas aprenden de Él a no descuidarla. San Alfonzo María de Ligorio así lo expresa: “El que reza se salva, el que no reza se condena”. Cristo se multiplica como Pan para sus hambrientos seguidores. Su vida de oración enseña a sus discípulos a otorgarle la mayor importancia. Nos consideramos tan importantes que descuidamos el único camino que conduce a la santidad. La asiduidad de la práctica de la oración se constituye en una escuela imprescindible de espiritualidad. Jesús así nos enseña a ser cristianos. Siempre debemos volver de la oración con el Padre si deseamos acertar en nuestras decisiones principales.

2.- Cristo es el Pan bajado del Cielo. Como decíamos el domingo anterior, el pan que Cristo multiplica es el alimento sustancial para quienes desean permanecer en su seguimiento. Por ello no puede ser comprado donde se hornea el pan ordinario. Lo fabrica Jesús encarnándose en nuestra vida y encomendando su distribución a los ministros de su Iglesia: “Denles ustedes de comer”. Él es el Pan “bajado del cielo” que da la Vida, no como el maná que comieron quienes atravesaron el desierto y murieron. Quienes coman de ese Pan – su Cuerpo y su Sangre – vivirán eternamente: “y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Juan 6, 51). La declaración de Jesús, a quienes lo escuchan, posee un realismo de impresionante actualidad: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”. (Juan 6, 35) Es entonces cuando el Maestro descubre el sentido trascendente de sus palabras. La exposición de su Palabra logra su significado exacto en la Eucaristía. Así lo deja de manifiesto la Iglesia en la celebración de la Santa Misa. La Litúrgia de la Palabra y la fracción del Pan son inseparables. La Palabra orienta la Liturgia dominical a su culminación: la Eucaristía. El precepto no se cumple sin ambos momentos celebrados fervorosamente. Es preciso recomponer el vínculo que los mantiene unidos cuando un sacerdote se dispone a celebrar la Santa Misa. Una mente farisaica, que pretende presentarla como mero precepto, no hace más que desnaturalizarla. Quienes ejercen el ministerio sagrado deben esmerarse, tanto en la proclamación y predicación de la Palabra como en la fracción del Pan. El Concilio Vaticano II ha dedicado una de las primeras Constituciones a la Sagrada Liturgia. De esa manera ha propuesto a todos los fieles la implementación de una nueva legislación, que destaca la importancia de la Liturgia dominical o de la fervorosa celebración conjunta de la Palabra y de la Eucaristía.

3.- Dios provee el Pan. La seguridad, manifestada por Jesús al ordenar que la multitud no se disperse, y se acomode junto a Él para recibir el pan y el pescado milagrosos – distribuidos ocasionalmente por sus discípulos – afianza su liderazgo. Es Dios, que provee el pan, solicitado con absoluta confianza en la oración del “Padre Nuestro”, que cubre un doble significado: la Palabra y la Eucaristía. Recordemos que los hombres, sin ser conscientes de ello, experimentan el hambre, que únicamente Cristo satisface, brindándose como la verdadera comida y bebida: “Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida”. (Juan 6, 55) El mundo está mal alimentado, con golosinas que no nutren, y que acaban desorientando el legítimo apetito de los auténticos valores humanos. La acción evangelizadora, que la Iglesia protagoniza, abarca los anhelos más profundos y trascendentes del corazón humano. La Iglesia, que Cristo deja fundada en la comunidad de sus primeros discípulos, no viene a eliminar esos valores sino a darles cumplimiento. Es preciso identificarlos y promoverlos desde el Evangelio. El Espíritu Santo, que los inspira, está también presente en los logros espirituales y culturales del mundo, trascendiendo sus expresiones religiosas. El Evangelio da sentido explícito a dichos valores y revela la acción universal del Espíritu de Pentecostés. La vida cristiana, personalizada en los santos, constituye su realización histórica. No es fácil identificarlos en una sociedad insensible a la fe, que la Palabra de Dios suscita. Corresponde preparar los corazones, para que, como tierra removida, la Palabra sea aceptada y fructifique. Es obra de la gracia y del buen uso de la libertad. Así lo ha dispuesto amorosamente el Padre. Todos los hombres, removida la tierra de sus corazones, pueden acceder a ese don gratuito. Para ello necesitan ser notificados, mediante quienes han recibido la misión de informar legítimamente de los mismos, mediante la predicación y la celebración de los Sacramentos.

4.- La tormenta apaciguada. Finalmente, Jesús cuenta con lo que poseemos, para ofrecernos lo que Él guarda para nosotros. La respuesta de los Apóstoles al mandato de su Maestro abriga la disponibilidad a ser instrumentos de la provisión de los valores que conducen a la Vida: “Ellos respondieron: Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pecados”. (Mateo 14, 17) Al mandato del Señor, los Doce no dudan, ni se avergüenzan de exponer la insuficiencia de sus provisiones. Confían en el poder de su Maestro y se aprontan a obedecerlo. En el texto que hoy proclamamos, los Apóstoles están en peligro de naufragar. Jesús va a su encuentro, caminando sobre las aguas y constituyéndose en el auxilio que necesitan. El miedo de confundir a Cristo con un fantasma, queda neutralizado por la experiencia de Pedro, que confía en su Maestro; aunque sufra el temor de hundirse en las aguas revueltas. Es preciso mantener la atención en Quien viene al encuentro del hombre y se constituye en amparo y auxilio de quienes – como el arriesgado Apóstol – están dispuestos a confiar en su poder.

Publicado enCiclo AHomilía