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Domingo 18º durante el año – Ciclo A

2 de agosto de 2026
Mateo 14, 13-21

1.- La multiplicación de los panes. El hecho prodigioso de la multiplicación de los panes revela lo humanamente inexplicable. No obstante, su obra debe cumplirse en nosotros, con o sin milagros. El mundo de algunos creyentes busca el espectáculo. Dios se manifiesta en nuestra vida ordinaria. Es preciso no pretender de Dios otro prodigio que el realizado en Jonás o en la Resurrección de Jesús. Somos receptores del prodigio gracias a la fe. El diálogo con Tomás no ofrece margen a la duda. No es el espectáculo el que define la fe, sino la Palabra de Dios transmitida por los Apóstoles. Nuestra fe está cimentada en el testimonio de quienes han recibido la misión de transmitir lo que vieron con sus ojos y tocaron con sus manos. Jesús, ante Tomás que da crédito únicamente a lo que sus sentidos perciben, y no a la Noticia que sus hermanos Apóstoles le transmiten: “Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomás respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Juan 20, 27-29) En lo sucesivo los auténticos creyentes viven exclusivamente de la fe, aunque pocos de ellos gocen de visiones y locuciones sobrenaturales. Estas no suplen la fe sino que actúan como auxilios excepcionales, para que – como Tomás – los incrédulos crean. Así deben ser evaluados todos los milagros obrados por Jesús. La multiplicación de los panes, que San Mateo relata, concentra elementos de especial significado en su relación con el pueblo. No constituyen espectáculos para despertar el entusiasmo de la muchedumbre que lo acompaña. El Maestro procura reconducir a la verdad el fervor de quienes lo siguen. Hasta llegar a prohibir toda inconveniente reacción popular.

2.- Denles ustedes de comer. En el X Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en Corrientes, hemos elegido este texto evangélico como referencia principal: “Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vayan a las ciudades a comprarse alimentos”. Pero Jesús les dijo: “No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos”. (Mateo 14, 15-16) El mundo está hambriento de Dios, e insiste en encontrar a Quien es Camino, Verdad y Vida, aún desconocido por una inmensa cantidad de los hombres. Si lo hubieran encontrado ¡qué otra sería su vida actual! Estamos a tiempo, con tal que nos dispongamos a recorrerlo, apenas encontrado en el Evangelio, predicado y testimoniado por la Iglesia. Es verdad que la fe no se impone, sino que – mediante la predicación apostólica – se propone. Supone una respetuosa exposición de la Verdad, y el correspondiente ejercicio de la libertad. El Ministerio apostólico extrae su urgencia del mandato misionero, que Jesús imparte a sus discípulos el día de la Ascensión. ¡Es admirable e innegable lo que Dios hace en las vidas de cada persona! Somos su obra, y debemos dejar que realice la idea que Él quiere plasmar en cada uno de nosotros. Somos su artesanía y, por ello, no son válidos los moldes prefabricados. Cada persona es única e irrepetible. Es rechazado todo intento de réplica que responda a modelos de santidad, logrados a la perfección en otras personas. La gracia de Cristo cumple la idea de santidad, que Dios guarda para cada persona, constituyéndose – Él mismo – en “ideal” o logro de esa idea divina. La Eucaristía es Cristo mismo, alimento bajado del Cielo, para que los hombres puedan encarnar ese ideal. La multiplicación de ese alimento indica su necesidad y universalidad: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí”. (Juan 6, 56-57) Cuando Jesús manda a sus discípulos que den de comer a la muchedumbre, se declara el alimento sustancial de quienes creen: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”. (Juan 6, 35)

3.- El Pan que sacia el hambre de Dios. ¡Qué mal orientado está el mundo cuando busca en cisternas rotas el agua que necesita para saciar su sed de infinito! Cristo se presenta como alimento para saciar esa hambre y su propia sangre para calmar esa sed. La multiplicación de los panes es más que un acontecimiento prodigioso, es la respuesta de Cristo, que acude a la necesidad de los hambrientos y sedientos. Les hace conocer el verdadero Pan que el mundo necesita: “El que coma este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Juan 6, 51) La intención del Señor es que el mundo lo reconozca como comida y bebida, ante el hambre y la sed de Dios que, aunque no sepa hoy de Quien tiene hambre y sed, sea identificado como el alimento necesario. Diversas manifestaciones de la vida contemporánea, se identifican trágicamente al negar a Dios. Nos encontramos con una sociedad negadora de Dios. De todos modos subsiste un sincero deseo de creer. Es preciso que ese deseo existente facilite el recurso a la fe, que sirva de ocasión oportuna para el encuentro con la Palabra. Así lo entiende el Apóstol y Evangelista San Juan en el prólogo del texto evangélico, que acertada y oportunamente redacta. Debemos volver a él con la certidumbre de quienes se disponen a escuchar y creer. El pan multiplicado sacia intelectual y efectivamente el hambre de Dios. Corresponde a la Iglesia, de todos los bautizados, distribuirlo a la multitud, debidamente servida: “Denles ustedes de comer”. El mandato del Señor no deja lugar a dudas. La complejidad del mundo requiere de una Iglesia atenta y servicial. Su servicio, o distribución del Pan de la Palabra y de la Eucaristía, exige hacerse presente en los conflictos que producen nuestros contemporáneos, sin amedrentarse por el mal, que aparece hoy y desafía a la justicia y al amor verdadero. La justicia no es venganza, por el mal ocasionado, sino un acto de amor para quienes padecen hoy las formas más disimuladas de la injusticia.

4.- Cristo es el alimento necesario. El alimento que Jesús multiplica calma el hambre hasta saciarlo. Nada, ningún alimento, logra satisfacer el hambre de los valores, que únicamente el Señor convierte en pan. Cuando enseña, cuando sana los corazones heridos por el pecado, cuando se brinda en la Eucaristía, se sumerge en el corazón del mundo, e identifica sus males.

Publicado enCiclo AHomilía