26 de julio de 2026
Mateo 13, 44-52
1.- Entender el lenguaje simple de las parábolas. Siguen las bellas y decidoras parábolas, transmitidas fielmente por San Mateo. No nos queda otra que atenderlas, como lo logran los Apóstoles y la multitud de discípulos que siguen a Jesús. Sin ellas, el Reino de los Cielos no será entendido, ni presentado como perspectiva de vida. En las primeras parábolas: el tesoro escondido y la adquisición de la perla preciosa, está incluida la única manera de obtener el Reino. Es preciso dejarlo todo para lograr el acceso al Reino: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido”. Descubierto su valor, todo merece ser ofrecido para adquirirlo. Los poseedores de bienes que, vendidos, sirven para comprar el tesoro y la perla preciosa, son quienes valoran el Reino de los Cielos sobre todo otro bien. Por ello se despojan de todo para adquirirlo, considerándolo el valor existencial supremo. Así entendemos la conversión – de los apegos terrenales – a la santidad, de innumerables bautizados que deciden dejarlo todo por la pobreza y la heroica práctica de las virtudes cristianas. El valor supremo del Reino merece que cada creyente se despoje de todo otro interés que no sea Dios. Los consagrados – sacerdotes, religiosas y religiosos – por esa comprensión del Reino deciden renunciar a todo, incluso a otras formas de santidad, como el matrimonio. La vocación a la Vida Consagrada incluye la renuncia total a lo que no sea reproducir en la vida a Jesucristo: pobre, obediente y casto. No todos los bautizados están llamados a esa especial forma de consagración. Pero todos los bautizados están llamados a mostrar a Cristo con su identidad de Hijo del Padre y Hermano de todos los hombres. Para discernir un llamado a la vida consagrada es preciso descubrir la riqueza absoluta del Reino de los Cielos. Son los criterios que Jesús infunde en sus discípulos, para que su comportamiento, fiel al Maestro, los defina ante el mundo.
2.- El Reino de los Cielos es el tesoro a obtener. Es preciso que el Reino, del que Cristo es Rey, sea presentado por quienes suceden a los Apóstoles, con toda su belleza y fortaleza transformadora. La condición indispensable para lograr ese objetivo es el “testimonio de la santidad” de los cristianos. Es absurdo entretenerse en el prestigio vacío, en el que el mundo cifra su principal propósito. Por la santidad es el mismo Cristo quien se expone a la fe del pueblo. Gracias a los santos el mundo conoce a Dios. Los teólogos se impondrán una tarea infatigable, pero el fruto de sus esfuerzos será una prolija exposición académica, que logre la admiración intelectual pero no la conversión de los corazones. Algunas anécdotas biográficas de teólogos y santos ha ilustrado este pensamiento. El Padre Enrique Lacordaire op, admirado conferencista de la época del Santo Cura de Ars, ante su admirado auditorio afirmaba que, aunque su reflexión suscitaba exclamaciones de gran adhesión, la del humilde Cura de Ars llevaba a la conversión. San Juan Pablo II recordaba que “el mundo necesita de los cristianos el testimonio de la santidad”. La palabra de Jesús se encarna en el testimonio de los santos. El mundo y la Iglesia necesitan santos. Las enseñanzas de Jesús conforman una escuela de santidad. Él enseña a ser santos, a quienes se deciden por su seguimiento. Sus Apóstoles aprenden de Él a ser como Él. Judas Iscariote no aprende y lo traiciona. Es uno de los Doce pero, se niega a ser como Él: “el Santo de Dios”. Quienes no se disponen a “venderlo” todo, para obtener el Reino, acaban traicionando al Maestro. La vida cristiana es una constante opción por el Reino, “vendiéndolo todo”. La Iglesia ha reconocido la santidad de sucesivos Pastores, verdaderos discípulos de Cristo: San Juan XXIII, San Pablo VI, San Juan Pablo II, Beato Juan Pablo I, Beato Cardenal Pironio. En ellos, y en muchos otros, resplandecen las virtudes cristianas, y los valores que las expresan. Sin bautizados como ellos, el mundo no podrá ser evangelizado. La Iglesia misma, sin la presencia y multiplicación de sus santos, pierde su auténtica fisonomía en el mundo.
3.- Contemplar a Quien es la Verdad. El Reino de los Cielos también se parece a la red lanzada al mar, para recoger peces y seleccionarlos. Allí están mezclados los malos y los justos, para que cada cual reciba el premio o el castigo merecidos: “Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán s los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”. (Mateo 13, 49-50) No nos es lícito ocultar la verdad, como Jesús la transmite a sus discípulos. Estremece ese pensamiento, pero es la palabra del Maestro, formulada con rigurosa exactitud. En el amor consiste la fidelidad, aunque también es saludable y oportuno recordar el castigo merecido por la infidelidad. Jesús no lo calla. No oculta, con expresiones oportunistas, la seriedad de la verdad. Así es como debe ser Él escuchado y reproducir su palabra. El Apóstol y evangelista Mateo conduce, mediante la contemplación, hacia la Verdad. Un verdadero desafío, agravado por un mundo que convierte cada legítimo planteo en un conflicto. Es preciso mantener el oído atento a la Palabra que escuchamos o leemos. San Pablo afirma que la fe entra por el oído: “La fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo”. (Romanos 10, 17) Es urgente asegurar, mediante la predicación, la difusión de la Palabra de Dios. De esa manera, quienes están dispuestos a escuchar la Palabra, podrán recibir el don de la fe. Así lo entendían los Apóstoles, celosos misioneros y predicadores: “¡Hay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Corintos 9, 16) Sin predicación, transmisora de la Palabra que suscita la fe, el pueblo cristiano sufre un decaimiento fácilmente constatable. El Santo Cura de Ars declaraba a sus feligreses que si no dispusieran de quienes les predicaran la Palabra, “acabarían adorando a las bestias”. El mundo necesita creer, y espera recibir, de los evangelizadores, con absoluta fidelidad, la Palabra de la fe.
4.- Los discípulos del Reino de los Cielos. Jesús concluye su enseñanza asegurándose de que sus discípulos logren entenderlo. De esa manera podrán comprender lo que les revela, sin apartarse un ápice de la verdad: “¿Comprendieron todo esto? “Si”, le respondieron. Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”. (Mateo 13, 51) La Verdad que Jesús deposita en su Iglesia concentra “lo nuevo y lo viejo”. Un verdadero “escriba” es un solícito discípulo del Reino, del que su Rey se constituye en la Verdad, que el creyente debe encarnar y ofrecer a sus hermanos.
