4 de octubre de 2026
Mateo 21, 33-46
1.- La viña y sus trabajadores asesinos. Otra parábola, de impresionante dramaticidad. Jesús hace una pintura viva de sus contemporáneos, próximos a comportarse como los viñadores homicidas. La viña es el mundo, los trabajadores contratados son sus habitantes. La responsabilidad de aquellos viñadores es respetar la contratación convenida con el dueño de la viña. Cuando se quebrantan los mandamientos de Dios, especialmente el que es síntesis de todos ellos: la caridad, los hombres se convierten en viñadores homicidas. De todos modos Dios espera que se produzca una conversión al cumplimiento de los mandamientos divinos. Para ello envía profetas, que son despreciados y aniquilados, finalmente envía a su Hijo, que corre la misma suerte. Cristo – no obstante – vence el pecado con su santidad y su muerte en Cruz. No todos se convierten, lamentablemente algunos persisten en su actitud homicida, pero, muchos otros son santificados y testimonian al Hijo de Dios en los ambientes más recalcitrantes del mundo. La historia humana muestra radicales contradicciones: viñadores homicidas y santos. Ambos son seres humanos, y ambos tienen la oportunidad de ser buenos viñadores. Algunos lo logran y otros no. La siembra de la cizaña, en un campo cultivado para el buen trigo, espera que la hora de la cosecha obligue al discernimiento oportuno. Ya conocemos el destino final de ambas cosechas: el granero, para el trigo, y el fuego, para la cizaña. Estamos en tiempos de plena germinación de ambas semillas. Es preciso preservar el trigo y llegar a convertir la cizaña en trigo. Es tarea de la Palabra y de los sacramentos – encomendada a la Iglesia – con el riesgo de sufrir las más crueles agresiones por parte de sus proverbiales enemigos. Es preciso estar alerta para no arrancar el trigo – la buena semilla – con la buena intención de destruir la cizaña. Es la decisión del propietario de la viña.
2.- Revelación de la misericordia y ternura de Dios. El propietario de la viña, descrita por Jesús, es el Padre. No reacciona, ante la despiadada agresión de los viñadores, destruyéndolos, como lo harían los hombres. Hace que su Hijo, hecho Hombre, revele su misericordia y la ternura inefable de su Corazón. Nos corresponde ser como el Padre, como lo es Jesús, que se compromete dando su vida, en el tormento de la Cruz. El extremo del amor paterno de Dios es la Pasión de su Divino Hijo. La ciencia de la Cruz es sistematizada por grandes místicos: San Pablo de la Cruz, San Juan de la Cruz y Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Santa Edith Stein), y muchos más. De ellos podremos aprender lo que ellos aprendieron del Apóstol San Pablo: “Por mi parte, hermanos, cuando los visité para anunciarles el testimonio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado”. (1 Corintios 2, 1-2) La severa actitud del propietario de la Viña, responde a la importancia que otorga a la calidad de la vid. Se dan las condiciones para ofrecer sarmientos cargados de la mejor uva. El Señor emplea con frecuencia la imagen de los sarmientos y la Vid. Cristo es la Vid y quienes la sostienen son los sarmientos. El valor y vitalidad de los mismos proviene de la Vid: “Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí”. (Juan 15, 4) El Padre es el agricultor y cuida que los sarmientos encuentren en la vid su fuente de vida. Para ello, es necesario que, como sarmientos, permanezcan unidos a Cristo: la Vid cultivada por el Padre. Todos están destinados a ser sarmientos animados por Cristo. La Iglesia ha recibido de Cristo la misión de comunicar al mundo el Evangelio. Es preciso que lo haga por los medios que les fueron dados y posee: la Palabra, los sacramentos y el testimonio de santidad de los bautizados. No se logra mediante un debate académico o apologético. Es la vida misma, ofrecida mediante relaciones personales y fraternas.
3.- La vida humana es una viña a cultivar. La crueldad de los malvados viñadores, obtiene en la actualidad formas múltiples, igualmente nocivas para la convivencia humana. Los criterios, al alcance del intelecto, sin la orientación del Evangelio, inhabilitan para cualquier intento de recomponer la sociedad. Es fácil comprobarlo en el examen somero de lo que acontece a diario. La vida humana es una viña a cultivar, los trabajadores contratados son todos y cada uno de los hombres. El pecado es el descuido de la viña, su destino dramático es invertir sus valores y desperdiciar la riqueza de sus pámpanos. Jesús viene a “quitar el pecado del mundo” y a llamar a la sensatez a quienes deben mantener su orientación providencial. Los seres humanos no son agentes pasivos e indiferentes de lo que, vocacionalmente, deben llevar a la perfección. En virtud del don de la libertad, los hombres y mujeres están llamados a consentir con la obra de Dios. Lo logran cuando obedecen al Padre y llevan a su cumplimiento toda ley, por el amor. Los viñadores asesinos no respetan ni al Hijo del Padre, abrigando el nefasto propósito de apropiarse de la viña: “Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo”. Pero, al verlo, los viñadores dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia”. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron”. (Mateo 21, 37-39) La ejecución de este plan diabólico desencadena una tragedia, madre de todas las tragedias que horrorizan a la sociedad. Al perder el sentido del pecado, como ocurre en nuestro entorno, se pierde el sentido trágico del mismo. No es intención de la Iglesia asustar a la gente sino suscitar la sensatez que el pecado intenta ocultar. Privilegiando la obediencia al Padre se logra quitar el pecado, germen de todo delito. Sin la gracia es imposible concretar esa obediencia. El autor y generador de la gracia es Jesucristo. Logra esa autoría mediante el Misterio de su Cruz. Humanamente incomprensible y – en vista a la salvación del género humano – de absoluta necesidad. Es el misterioso plan de Dios, inalcanzable para la limitada comprensión del entendimiento de los genios más destacados.
4.- Rechazo hasta el asesinato, clavado en la Cruz. El pueblo, al que Jesús se dirige, rechaza a los Profetas: suerte que corre Él mismo. El rechazo llega al extremo del asesinato. La parábola lo expresa de una manera escalofriante. Sus oyentes se sienten aludidos y reaccionan muy mal. Es un pueblo – si así se lo puede llamar – decidido a traicionar la verdad, cuando ésta lo cuestiona e incomoda, capaz de destruir al más inocente de sus conciudadanos. Jesús es miembro de ese pueblo y enfrenta la humillante muerte en Cruz, a la que es injustamente condenado. Lo absurdo e inexplicable de esa crucifixión, aceptada con generosa entrega, constituye la manifestación conmovedora del amor de Dios por los hombres.
