18 de octubre de 2026
Mateo 22, 15-21
1.- La trampa farisaica. Jesús sabe eludir las tácticas malintencionadas de los fariseos. Pretenden que caiga en una trampa, construida arteramente con elementos de gran incidencia en la vida del pueblo. El ahogo, con que los romanos sofocan política y socialmente al pueblo judío, se expresa en el establecimiento del abusivo método de impuestos económicos y de gobiernos satélites del dominio imperial. El pueblo sueña con la liberación que, según las antiguas profecías lideraría el Mesías esperado. Por ello, la idea que tradicionalmente el pueblo había elaborado a través de los siglos, se refiere a una liberación política y económica que no coincide con la que Jesús promueve. La pregunta, que dirigen a Jesús, no es exclusivamente una trampa, se vale de la situación, que el pueblo padece, y que lo mantiene al margen de una sociedad en pleno desarrollo. No acepta que lo conviertan en un líder político, con facultades de procedencia divina, para liberar al pueblo de sus enemigos. Vino a liberar a los hombres, pero de la opresión del pecado. Ese es el propósito que ejecuta mediante su muerte en Cruz y su Resurrección. Para ello, le será preciso producir un cambio de mentalidad, al que sus conciudadanos se niegan con dura cerviz. La oposición, que procede de esa mentalidad, contamina a muchos que se confiesan creyentes. Es momento de transformarla para hacer comprensible el Evangelio y confrontarlo con una realidad compleja y contradictoria. El Beato Angelelli consagró una expresión iluminadora: “Mantener un oído puesto en el Evangelio, y otro en el mundo”.
2.- Lo que es de Dios y lo que es del César. La lúcida respuesta, con la que Jesús desarma la trampa de los fariseos, posee un trasfondo de incuestionable significación; es preciso no confundir los ámbitos en los que se mueven Dios y el mundo. Dios mantiene el suyo y, sin oponerse entre ellos, los hombres el suyo: “Dinos que te parece: ¿está permitido pagar el impuesto al Cesar o no?” (Mateo 22, 17) Gran cuestión, controvertida en el interior del pueblo, económica y socialmente maltratado por los romanos. La intención de los fariseos es dejar mal parado a Jesús. Si Jesús afirma que el pueblo no debe pagar el tributo, se opone al poder imperial de los Romanos, si dice lo contrario sería considerado un agitador socio-religioso. “Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto. Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: “¿De quién es esta figura y esta inscripción?”. Le respondieron: “Del César”. Jesús les dijo: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. (Mateo 22, 18-21) De esta manera desbarata la intriga farisaica e imparte una lección inolvidable. Respetar ambos ámbitos es lo que corresponde: primero, el de Dios; y, subordinado al mismo, el de los poderosos del mundo. No niega la importancia de uno y otro, los califica como corresponde. Nuestro mundo descalifica los derechos de Dios y sobrevalora los del hombre. No sabe cuáles son los derechos de Dios y no se esfuerza en conocerlos mediante las instancias elegidas: la Revelación divina y la Iglesia, como comunidad de fe. La misión de los responsables de la Iglesia es hacer llegar, a modo de “Buena Nueva”, la notificación de la amorosa intervención de Dios en la historia. En Jesús, la Palabra – o el conocimiento – de Dios, se produce la hominización de Dios para la salvación de los hombres. No existe otro camino que conduzca a Dios que Cristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre”. (Juan 14, 6-7) De allí la urgencia de hacer conocer a Dios, mediante la encarnación de su Hijo divino. Cristo es el Dios encarnado. Negar su divinidad es ocultar la Verdad que redime al mundo. Por lo mismo, constituye la mayor de las tragedias.
3.- La confusión produce caos. Dar a Dios lo que es de Dios garantiza que el César reciba lo que le corresponde. De otra manera todo se tergiversa y la vida en sociedad se convierte en un caos. En algunos sectores el caos, fruto de no haber dado a Dios su lugar, presenta un aspecto deprimente, espiritualmente desafiante. Basta que echar una mirada inteligente sobre la realidad, para tomar en serio las responsabilidades personales en las propias comunidades y familias. El llamado “desprecio” del mundo, no exime a que, sus diversas expresiones, ocupen los lugares que les corresponde. La renuncia al pecado, incluye “dar a Dios lo que es de Dios” y “al César de que es del César”. Cuando se invierten esos valores, aparece el pecado con su maléfico influjo. El mundo necesita ser advertido de ese error y producir la conversión a Dios, renunciando a mantener su atención principal puesta en el César. Acontece, sin desprecios indebidos, con una exacta valoración de la sumisión a Dios – y a sus leyes – con una sana subordinación de lo temporal. El desorden producido por la contradicción de valores – Dios y el César – se hace sentir en los ámbitos de la vida social. Para reordenar lo desordenado será preciso jerarquizar: primero dar su lugar principal a Dios y luego mirar lo demás “como añadidura”. La pérdida del sentido de Dios ocasiona un desorden de incalificable gravedad. Una sociedad “sin Dios” pierde su vida y se ahoga en el intento por sobrevivir. La depresión, causada por la cercanía de la muerte, inspira la falta de perspectiva de la vida futura. Los santos – todos ellos – logran la seguridad de que la muerte no es el final de la vida sino el umbral que conduce a su dimensión eterna.
4.- Nosotros nos vamos. (Salmos 90) Es preciso que pensemos continuamente en nuestra fragilidad. Es el antídoto que sana del pecado. Un adagio antiguo decía: “Recuerda tu muerte y no pecarás nunca”. Nuestra vida temporal se acaba en pocos años. Nuestro deseo de eternidad encuentra su aval en la fe. La Palabra de Dios muestra así la frágil permanencia humana en este mundo: “Nuestra vida dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor: en su mayor parte son fatiga y miseria, porque pasan pronto, y nosotros nos vamos”. (Salmo 90, 10) Someter nuestro pensamiento a su Palabra es sabiduría. Nos permite vivir intensamente el don de la vida que nuestro Creador nos ha otorgado desde el primer momento de nuestra concepción. Dios no se echa atrás, quitándonos la vida que nos ha dado al ser concebidos por nuestros padres. Vivimos para siempre, nos corresponde aceptar ese don definitivo, obedeciendo al Padre.
