8 de noviembre de 2026
Mateo 25, 1-13
1.- Necesaria preparación. Es certera la referencia entre la parábola y su aplicación. Jesús no cesa de recomendar la cuidadosa preparación para la llegada del Señor. El estado de vigilia es la mejor disposición para el único y sorpresivo encuentro: “Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora”. (Mateo 25, 13) El mundo distrae de maneras diversas y seductoras. Pocos piensan en la fragilidad de la vida temporal. No obstante, todo – a nuestro alrededor – deja claro que el encuentro final se produce casi de improviso. Dios es el novio que reclama el acompañamiento de las jóvenes destinadas a ser su séquito para las Bodas. Las diez vírgenes de la parábola presentan el panorama de quienes acuden a la vida desde muy contradictorias actitudes: unas, provistas de las condiciones para recibir al Novio y organizador de la fiesta de la vida, otras, desprovistas de las mismas. Su llegada es sorpresiva y quienes están preparadas lo reciben encendiendo sus lámparas y festejando su llegada. Las otras, en cambio, se atropellan y llegan cuando la fiesta está iniciada y pierdan la única ocasión de incorporarse a ella. Muchos pasan su existencia adormilados, con sus frascos vacíos del aceite destinado a iluminar el encuentro. Jesús usa la parábola para exponer una verdad trascendente. Es la imagen que los humildes saben interpretar, y que oculta la verdad a los soberbios. Dios no cesa de hacerse presente en la vida del mundo, poniéndose al alcance de los humildes provisores, que incluyen un sincero deseo de acudir al encuentro del Anfitrión de la gran fiesta de la vida. Las vidas son lámparas y el amor es el aceite que mantiene las lámparas encendidas. Las vírgenes necias son quienes viven irresponsablemente, descuidando el sentido de sus vidas, como respuesta al amor del Anfitrión que las invita a la fiesta de bodas.
2.- Cristo vino para que el mundo conozca a Dios. Algunos cristianos, inconscientes de su carácter bautismal, recurren a Dios en algunos momentos – o nunca – para manifestar su desesperada súplica: “Señor, señor, ábrenos”; sin dejarse conocer por Él, mediante un sincero esfuerzo por acogerlo en sus vidas. Cristo vino – y viene – a hacerse conocer e invitar a las Bodas de su Hijo. La Palabra, predicada por los Apóstoles y por la Iglesia, hoy interpela, como en tiempos de Jesús al iniciar su ministerio: “Al partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. (Mateo 4, 17) Esa proclamación conserva una urgencia y actualidad incontenibles. Si la palabra de Jesús fue entonces atendida, lo es hoy, en un contexto histórico particularmente destacado por sus incógnitas y esperanzas. Es preciso que resuene el llamamiento: “¡Conviértanse!”. El establecimiento del Reino de los Cielos es apremiante. Aquel ministerio de Jesús, es hoy ejercido por la Iglesia: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. (Juan 20, 21) La gravedad de la misión, delegada por Jesús a los actuales apóstoles, adquiere una vigencia especial en la vida moderna. La misión evangelizadora de la Iglesia, a cargo de sus actuales ministros, incluye despertar la conciencia de los actuales invitados a las Bodas del Hijo. Consiste en la decisión de ser parte del Reino de los Cielos, mediante la conversión. El contenido de la predicación está orientado al cambio. Es así – y únicamente así – como se produce el ingreso en el Reino de los Cielos. “Al ministro le corresponde ser fiel”, o en otros términos, presentarse como transmisor del Evangelio, sin disimular sus exigencias y dispuesto a padecer, por su causa, la persecución y el martirio. Así lo entendieron los Apóstoles, y la Iglesia en ellos fundada. Por la muerte, los mártires se mezclan entre sus hermanos, como el fermento en la masa. Sin embargo, como decía Tertuliano: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.
3.- Es preciso proveer de aceite nuestras lámparas. Es deber de los ministros de la Iglesia preparar a los creyentes para el Cielo. Aunque toda la vida consiste en proveer el aceite, para que arda en el amor de Dios, ciertos indicios revelan la cercanía de la llegada del Esposo, para introducirse con Él en la jornada festiva de la eternidad. La ancianidad o la enfermedad advierten que es preciso avivar la luz de las lámparas: “Pero a media noche se oyó un grito: “Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”. (Mateo 25, 6) La provisión del aceite corresponde también al ejercicio de la libertad personal, saneada por la gracia de Cristo. Cada uno es responsable de su descuido o de su aprovechamiento. No supone ser perfectos sino consentir con la acción perfeccionadora del Espíritu. Él perfecciona y santifica, contando siempre con “la pobreza de los corazones”. Dios hace santos a los humildes, ya que dispone de su soberana libertad para lograr lo único que desea de los hombres: la santidad. La parábola de las vírgenes prudentes y necias tiene una asombrosa réplica en la vida actual. La mejor preparación para el encuentro con Dios es la humildad. Gracias a esa virtud Dios modela el corazón del “pobre de alma”. Jesús privilegia a los pobres y a los niños: “Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: “Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños no entrarán en el Reino de los Cielos”. (Mateo 18, 2-4) La cualidad principal de los niños y de los pobres es la humildad. Es la acreditación para entrar en el Reino, del que Cristo es el Rey. Está en la base de todas las virtudes. Dios recupera a quienes han pecado convirtiéndolos en niños. Como tales, los que entren en el Reino de los Cielos, se someten a la acción del Espíritu Santo. Vivirán una absoluta sujeción a la gracia; serán, por lo mismo, verdaderos “gracia-dependientes”. Para depender de la gracia se requiere silencio interior y obediencia a la voluntad del Padre. Supone constante atención a las inspiraciones del Espíritu. El mundo distrae de esas oportunas luces de lo Alto.
4.- En la actualidad. Muchos habitantes de este mundo recuerdan tardíamente que sus lámparas están apagadas y que sus aceiteras están vacías. Jesús enseña a leer, con el lenguaje literario de las parábolas, que la vida constituye un pesado sueño del que se corre el riesgo de despertar sin luz y sin aceite para reavivarla. Muchos hombres y mujeres viven en la inconciencia de esa situación. Jesús viene a despertar las conciencias. Él sabe, y avisa, que es peligroso vivir el poco y único tiempo de la vida en esas condiciones. La conclusión de este texto advierte la peligrosidad que representa esa situación, tan generalizada: “Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada”. (Mateo 24, 44)
