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Domingo 30º durante el año – Ciclo A

25 de octubre de 2026

Mateo 22, 34-40

1.- El mandamiento principal de la Ley. La controversia entre fariseos y saduceos ofrece a Jesús la ocasión de impartir y perfeccionar su enseñanza. Aquel doctor de la ley, formula la pregunta crucial. Su intención no es de las más honestas: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?” (Mateo 22, 36). La propone “para ponerlo a prueba”. Es la táctica de sus adversarios. Jesús no le muestra molestia e indignación. En este caso, se comporta como un joven estudiante y responde de inmediato, con sencillez: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu”. (Mateo 22, 37-38) El mandamiento del amor es el principal. En él logran su cumplimiento “la Ley y los Profetas”. Jesús, encarnándolo, enseña cómo obedecerlo: hasta el extremo de morir, como Él, en el dolorísimo patíbulo de la Cruz. Los destinatarios se convierten en sus “amigos”. Lo logra acercándose – mediante la Encarnación – a quienes viene a redimir. El amor a Dios y al prójimo constituye dos mandamientos inseparables. No podemos amar a Dios si no amamos a nuestros semejantes, pero, no amamos a quienes debemos amar, si no amamos a Dios. Todo pecado indica una merma en el amor a Dios. En la persona de Cristo, Dios se hace amable a los hombres. No percibimos el amor de Dios, sin el amor de Cristo, por lo tanto: no podemos cumplir el máximo precepto sin amar a Cristo, y a los hombres que Cristo representa. La reiteración de los pecados, o su inconciencia, constituye ausencia de amor a Dios. No es el temor, inspirado por la severidad de la ley, el que aleja del pecado, sino la ausencia del amor a Dios. La formulación del amor, a Quien nos ama en la persona de su Hijo Divino, necesita expresarse y recibir su adecuado alimento. La Eucaristía es el Pan celestial que nutre el amor a Dios y a los hermanos.

2.- Amar como Dios nos ama. Desde esta perspectiva es posible interpretar algunas expresiones del Evangelio: “Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”. (Juan 6, 57-58) En la Eucaristía, Jesús se constituye en el alimento sustancial de la vida cristiana. El mismo Señor lo manifiesta con claridad: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. (Juan 6, 53-55) No es válida la duda de quienes consideran la Eucaristía como un mero símbolo. Es Cristo, su Cuerpo y su Sangre, convertidos en el Pan bajado del cielo. Las afirmaciones del Señor son contundentes y no ofrecen margen alguno para una interpretación que se les oponga. No es fácil el primer mandamiento, requiere – de la persona interpelada – una abnegación a toda prueba. Amar a Dios supone el sano ejercicio de la libertad. Amarlo “con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu” incluye la renuncia a todo tipo de egoísmo. El pecado es egoísmo, aunque provenga de un ser aparentemente dadivoso. El amor que Dios profesa a sus criaturas es don de Sí, absolutamente desinteresado. Responder adecuadamente al mismo exigirá una identidad personal de desapego y generosa dádiva. El mundo, en el que estamos inmersos, está muy lejos de formular esa respuesta. Más aún, insensibiliza a quienes lo habitan, oponiendo el odio al amor, la mezquindad personal al generoso don de sí. Jesús propone la perfección del Padre como ideal de toda perfección humana: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”. (Mateo 5, 48) Cristo – el Cordero de Dios – vino a quitar el pecado del mundo que, precisamente, consiste en las diversas manifestaciones del egoísmo. El progreso humano hacia la perfección del Padre alcanza su definición en el amor auténtico.

3.- En estos dos mandamientos se cumple toda la Ley. Es imposible amar, a quienes corresponde amar, si no se ama a Dios con todo el ser. Su consecuencia es el amor al prójimo, nivelado, por el mismo Jesús, con el primer mandamiento: “Este es el más grande y primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. (Mateo 22, 38-40) Sin el cumplimiento de estos dos mandamientos, es imposible cumplir los diversos preceptos de la Ley, y así responder como corresponde a su inspiración profética. El doloroso espectro de la criminalidad actual – y de todos los tiempos – es consecuencia de no haber iniciado el cumplimiento de ese principal mandamiento. Gracias a Dios se dan ejemplos admirables del cumplimiento de la Ley, en el acatamiento a estos principales mandamientos. No está todo perdido, al contrario. La sociedad exhibe dos actitudes contrapuestas: la bondad y la maldad. El mundo es un campo en el que crecen la cizaña y el trigo. En el final de los tiempos, momento indiscutido de la cosecha, se produce el discernimiento entre los buenos y los malos o, en términos abstractos, entre el pecado y la santidad. No es posible erradicar la cizaña, sin correr el riesgo de destruir el trigo. La decisión del dueño del campo expresa una saludable y sabia determinación, que salva al trigo y elimina la cizaña. Estamos en pleno combate entre el bien y el mal. Todos los hombres son sembradores y cosechadores en el campo de la historia. Es preciso que prevalezca el sabio consejo del dueño del campo: ponerse a la obra de cultivar el trigo, y ofrecer la ocasión de que la cizaña sea eliminada y el trigo se imponga como el bien que derrota al mal. Cristo vino a hacer exitoso el bien y “a quitar el pecado”. Esa victoria le ha costado el suplicio de la Cruz. Hace pocos días celebramos a Santa Teresa de Jesús, que inicia su ascenso a la santidad con la contemplación de Jesús crucificado. Como ella, y otros innumerables santos, Cristo crucificado es el vencedor del pecado y de la muerte.

4.- Ser perfectos como el Padre celestial. Si no alejamos el pensamiento, que sugiere el texto evangélico de hoy, nuestra vida logrará la perfección, que Jesús presenta como ideal de vida. ¡Qué desviados andamos cuando pretendemos otro tipo de perfección! Todo otro intento, el mejor intencionado, se frustra mientras no se logre la perfección del Padre celestial. Ésta consiste en el amor. Como lo revela Él: en el amor que profesa a los hombres, en su Divino Hijo. Hasta dar la vida, que da lugar a su presencia divina en los corazones. Los místicos, como San Juan de la Cruz, muestran cómo orientarse a esa perfección. Amar, hasta que duela, y permita estar con Jesús, desde la cruz de la propia pobreza y la necesidad absoluta de su gracia. Somos “gracia-dependientes”. Por ello, Cristo, al abrir los veneros sangrientos de su Cruz, en el Misterio de la Iglesia, ofrece la gracia de su Palabra y de sus sacramentos.

Publicado enCiclo AHomilía