1 de noviembre de 2026
Mateo 4, 25. 5, 12
1.- Nuestros hermanos los Santos. A la muchedumbre que lo sigue, atraída por su presencia y por su Palabra, el Señor ofrece una preceptiva de particular incidencia en el futuro de quienes crean en Él. Ciertamente los diez mandamientos, y las bienaventuranzas, constituyen el núcleo expreso de la voluntad divina e incluyen su cumplimiento. Así lo entiende Jesús, y quienes son sus más fieles allegados: los Santos. Hoy celebramos a todos nuestros hermanos Santos: canonizados o no; muchos de ellos purificándose aún en el Purgatorio. Todos ellos se distinguen por el amor: a Dios y a sus hermanos. Jesús lo expresa con claridad: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”. (Juan 13, 34-35) El amor es, ciertamente, el signo indiscutido de los discípulos de Cristo. Si amamos a Dios, amaremos verdaderamente a quienes debemos amar: a nuestros semejantes, en quienes Cristo se identifica, comenzando por los más próximos. Ser testigos de Cristo en un mundo descreído es misión y desafío de quienes pertenecen a la Iglesia por el Bautismo. Los Apóstoles aprenden a ser testigos de su Maestro mediante la fidelidad a la preceptiva enseñada y testimoniada por Él. Los santos exponen en sus vidas los mandatos del Señor: “mandamientos” y “bienaventuranzas”. Toda la espiritualidad cristiana allí encuentra su valor y su contenido íntegro. Los llamados “consejos evangélicos” contribuyen al perfil del auténtico discípulo de Cristo. Los santos, canonizados o no, encarnan esos consejos, hasta la práctica heroica de las virtudes cristianas. Las bienaventuranzas son el compendio de las exigencias evangélicas que Jesús y los santos encarnan.
2.- El primer precepto. La felicidad, que los hombres persiguen ansiosamente, halla su realización en la práctica de las virtudes evangélicas. Su origen está en la pobreza de corazón; sin ella se desmorona todo el edificio o pierde su consistencia: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. (Mateo 5, 3) Desde “la pobreza del alma”, todas las virtudes se ensamblan, como las piedras de una casa bien construida. Nuestra vida cristiana halla su consistencia en la humildad o pobreza de corazón. Es la virtud más difícil de obtener, no obstante, ella guarda el secreto de la santidad. Si falta, Dios mismo se considera imposibilitado para hacer santos a los hombres. La soberbia – el verdadero pecado del mundo – constituye un muro infranqueable. Pocos son quienes están dispuestos a saltar sobre ese muro. Los santos logran trepar su altura de vértigo. Eligen transitar los más escabrosos senderos – que el mundo despierta – aceptando el anonadamiento como sistema y práctica. Es así como emprenden y continúan el camino a la santidad. Sus frutos manifiestan el modo de obrar de Dios, tan distante del de los hombres, que deslumbran por el brillo de las virtudes cristianas. Hoy los recordamos litúrgicamente en hombres y mujeres por igual, niños y jóvenes, ancianos y recién convertidos. En muy diversos estados de vida: consagrados y unidos en matrimonio, administrando bienes, eligiendo la pobreza, la soledad de la viudez y la responsabilidad del ministerio sagrado. Sólo el pecado se opone a la santidad. Ciertamente el Bautismo es un llamado a la santidad. El día de Todos los Santos, nos recuerda que el Bautismo exige – a todos los cristianos – ceder a Dios la acción artesanal de nuestra santificación. Las bienaventuranzas reclaman atenerse a los detalles de la vida virtuosa: ser pobres de corazón para ser pacientes, para aceptar la aflicción, para padecer el hambre y la sed de justicia, para ser misericordiosos, para mantener puro el corazón, para trabajar por la paz. Esa práctica virtuosa asemeja a Cristo, que sufre la persecución y el martirio por causa de su fidelidad al Padre.
3.- Con Cristo y por Cristo somos hijos del Padre. El Señor califica “felices” a quienes se identifican con el Reino de Dios imitando las virtudes de Cristo. Somos, con Cristo, hijos del mismo Padre Dios, aunque de manera adoptiva. El Padre ve en cada persona humana a su Hijo divino e intenta plasmar sus virtudes, en cada una de ellas. Nos corresponde una respuesta a su amor y a su propósito paterno. Los Santos responden con fidelidad y se dejan configurar con el Hijo divino. De esa manera, lo que el Padre quiere – que seamos imagen de Cristo – se cumple comprometiendo la acción del Santo Espíritu. La acción del Divino Espíritu abarca toda la vida del cristiano. No son momentos – o restringidos a unos pocos privilegiados – nada queda fuera de su acción divina. Es preciso que la atención de los creyentes se mantenga coherente con el Evangelio, cuyas exigencias han sido adoptadas como estilo de vida en el mundo. Vivir cristianamente es más exigente que profesarse católico. Pocos, de quienes se autocalifican “cristianos”, viven la fe que dicen profesar. La misión de la Iglesia consiste en mantener vivo un compromiso temporal que deriva de la fe. El llamado profético del Bautista necesita encontrar un auténtico eco en la actualidad. Hoy debe resonar, mediante el testimonio de santidad de los cristianos, el llamado a la conversión y a la renovación del compromiso bautismal. La infusión del Espíritu, en la sagrada celebración del sacramento, mantiene su vigencia, aunque la inconciencia de muchos bautizados haya desfigurado su presencia. La confesión de una conocida intelectual argentina, profesada atea, causa un profundo estremecimiento: “Estoy bautizada pero no creo”. También se han dado testimonios de ex ateos convertidos en santos: San Carlos de Foucauld y Santa Edith Stein. Les ha llegado la Palabra y han decidido acogerla en sus vidas, hasta entonces sin rumbo. En ellos, como en tantos otros, se detecta el influjo de los testigos auténticos de la fe.
4.- Los Santos, nuestros hermanos y amigos. Los Santos, con María, participan de la capacidad intercesora del mismo Jesús. Por eso los invocamos con fervor. Todos ellos son nuestros hermanos y entrañables amigos. Su acción no necesita manifestaciones extraordinarias. La fe proporciona la visión de esa intercesión oculta y eficaz. Para ello, es la fe la que proporciona la certeza de su cercanía fraterna y de su amor. Con Jesús y como Él, ellos están presentes en nuestras vidas atribuladas, beneficiadas con la virtud teologal de la esperanza. Hoy es un día propicio para invocarlos y saberlos presentes.
