11 de octubre de 2026
Mateo 22, 1-14
1.- El banquete de la vida. Estamos invitados al banquete de la vida. Nadie está excluido de esa invitación. El rey celebra las bodas de su hijo y tiene la delicadeza de remitir las invitaciones a través de sus ministros. No todos acuden al llamado, aduciendo argumentos de mezquina inspiración. Algunos de ellos llegan al extremo de agredir a los enviados, hasta ocasionarles la muerte. Sin desanimarse ante los reiterados rechazos, el rey recurre a una instancia extrema: “Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron”. (Mateo 22, 5-6) Una perfecta fotografía de la sociedad contemporánea. La eliminación de los Profetas es un procedimiento adoptado por el mundo violento, sin Dios y sin obediencia a sus mandamientos. Santos, como San Francisco de Sales y San Juan Bosco, han adoptado la dulce persistencia y la mansedumbre de Cristo para redimir al mundo. “Atrae más una gota de miel – decía San Francisco de Sales – que un tonel de vinagre”, y las abejas se rinden en contacto con la dulzura que saben extraer de las flores. La resistencia que oponen los hombres, al buen trato y a la mansedumbre, desata una agresividad que se establece como norma aceptable entre las diversas personas. Compiten, entre ellas, quienes superan a las otras en actitudes de mayor volumen de agresividad. Las exhortaciones apostólicas, al amor mutuo, tienden a crear un clima social saludable para las relaciones personales. Es urgente que ese clima se establezca, en una sociedad que está profundamente marcada por el odio y la intolerancia. Es la respuesta del Evangelio, predicado por los Apóstoles y la Iglesia. Es preciso que quienes han recibido la misión de transmitirlo se esfuercen al máximo en esa impostergable tarea.
2.- Los invitados a las bodas del Hijo. Esta parábola es similar a la de los viñadores homicidas. Los invitados a participar a las bodas se vuelven inmerecedores de esa invitación. Las respuestas de los mismos recorren un extenso y complicado sendero. Se refieren a una escala de violencia que llega hasta el asesinato de los enviados. La reacción del rey guarda el mismo orden en ambas parábolas: está dispuesto al perdón misericordioso superando el escalofriante plan de apoderarse de un poder que no les corresponde. El mundo opone al Evangelio las mismas objeciones que los contemporáneos de Jesús oponían a su enseñanza. La intención de acallarlo – hasta intentar su muerte – hoy genera mártires y provoca persecuciones violentas de toda denominación. Es difícil “hacerse a la idea” pero es imperioso que incluyamos en nuestro estilo de vida cristiana la posibilidad de una u otra forma de martirio. La gracia del Divino Mártir acude a auxiliarnos, cuando los acontecimientos más adversos lo requieren. Lo importante es no temer. La presencia de Jesús se expresa en la famosa exhortación: “¡No teman!“. Y cuando Pedro se empieza a hundir en el mar, desconfiando de la palabra de su Maestro, es amonestado con firmeza: “Hombre de poca fe, ¿por qué has temido?” (Mateo, 14, 31) Para el Señor, ceder al temor es tener poca fe. El temor indica debilidad en la fe, y causa un hundimiento, en las aguas agitadas del mar de Genesaret. Simbólicamente, el temor inhabilita para “caminar sobre las aguas tormentosas” y hace perder el equilibrio, constituido por las virtudes. Si la virtud, que nos une a Dios, es equilibrio, la incredulidad y la desesperación constituyen su negación. No es una condición psicológica, fundada en la conciencia de la humana fortaleza y capacidad intelectual, sino un estado de ánimo inspirado en la fe sobrenatural. La misma exhibe – como referencia absoluta – a la persona de Jesús, anunciada por la Palabra de Dios que los Apóstoles y el ministerio de la Iglesia mantienen viva hoy. No obstante, es preciso que quienes son los ministros de esa Palabra ofrezcan al mundo un auténtico testimonio de santidad.
3.- Dimensión universal de la invitación. Aquel rey extiende la invitación, rechazada por los principales invitados, a todos los hombres – dispersos en los caminos – y, con ellos “se llenó la sala nupcial”. La convocatoria a todos los hombres: “buenos y malos”, expresa la universalidad del llamado. Nadie puede considerarse excluido, o previamente condenado al descarte. Existen aquellos que rechazan la invitación real y siguen en sus cosas, desatendiendo el llamado de su rey. Pero, iniciada la fiesta de bodas, quienes habían aceptado la urgente invitación estaban revestidos con sus trajes correspondientes. El simbolismo, oculto en la parábola, transmite una inocultable verdad: para ser partícipes en el convite de la Boda del Hijo será obligatorio estar espiritualmente vestidos con la gracia del Rey anfitrión. Es la gracia del amor, consustanciada en una Vida de amistad, que conforme continuamente su existencia y su auténtico sentido. No coincide necesariamente con un estado de prosperidad económica o situación social. No lo entiende así el mundo del “bienestar”, opuesto al del “bien ser”. El logro del placer superficial, de la fortuna y del poder, se constituye en la meta de innumerables personas. En su persecución se sacrifican los mejores ideales de una vida fraterna y de un honesto comportamiento moral. Basta un examen poco exigente de la realidad que impera en nuestras modernas y deslumbrantes sociedades. Se impone una especie de “cultura”, sin referencia a los valores espirituales que la fe cristiana intenta infundir en las estructuras de la vida social. La tarea de la Iglesia es riesgosa y desafiante. Es hora de los santos. Cubre todos los estados de vida, las edades y responsabilidades. La Iglesia reconoce, en los ritos solemnes de la Beatificación y Canonización, la posibilidad de que el testimonio de santidad, protagonizado por personas de distintas edades, condiciones de vida y funciones, impregne la vida e instituciones. Aceptar la invitación a las bodas es asentir, con espíritu agradecido, ser partícipes del convite de la vida en gracia.
4.- La ausencia del traje de fiesta. La parábola, hoy meditada, relata un incidente insólito y muy significativo: “Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró un hombre que no tenía traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: “Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”. (Mateo 22, 11-13) La severidad del rey, como reacción ante el hombre sin traje de fiesta, nos permite comprender y valorar el sentido que trasciende la imagen.
