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Domingo 26º durante el año – Ciclo A

27 de septiembre de 2026

Mateo 21, 28-32

1.- Dos maneras de ser hijos. La parábola de “los dos hijos” manifiesta, con asombrosa claridad, un comportamiento común entre quienes el Bautismo ha hermanado. Las palabras no bastan. Las promesas formales pueden ser negadas en la práctica y, si fueron negativas, pueden aún ser corregidas. La respuesta al llamado del Padre es un compromiso, muy ajeno al discurso alambicado, que, irremediablemente, es desechado. El que cumple la voluntad del Padre es quien obra bien, aunque su primera reacción haya sido un rechazo. Jesús no cesa de recordar que hacer la voluntad del Padre es el secreto de la fidelidad y de la santidad. Más aún, otorga la dignidad filial, superior a toda otra dignidad: “Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano mi hermana y mi madre”. (Mateo 12, 50). Palabras que nos conducen a una interpretación conmovedora de la divina maternidad de María: es ella más madre por su ejemplar obediencia a la voluntad del Padre que por la misma maternidad biológica. En su respuesta al Arcángel Gabriel María es constituida en Madre de Dios: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. (Lucas 1, 38) María es toda ella fruto libérrimo de la acción del Espíritu. Se ha cumplido en ella el anuncio del Ángel, y el Verbo se hizo carne de su carne. Misterio insondable, que será el patrón de todos los Misterios, ya que en él se cumplirá la Salvación de la humanidad. Allí lo desconocido se revela: Dios perdona a los pecadores e inicia en ellos un proceso de santificación que recupera para el Padre a los más dispersos. Junto a esa acción, tan privativa de Dios, se produce una reeducación de los hijos, aún inconscientes de su filiación divina. El pecado consiste en el incumplimiento de la voluntad del Padre. Jesús logra rehacer nuestra fidelidad inspirando un comportamiento absolutamente nuevo.

2.- La perfección del amor de Dios. Dios expresa su deseo de ser obedecido por sus hijos, y no tolera promesas incumplidas. La respuesta de sus discípulos es significativa: “Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre? “El primero”, le respondieron”. (Mateo 21, 28-31) La norma queda perfectamente establecida. La fidelidad a la voluntad del Padre no es un discurso sino una práctica. Nos hallamos en un mundo en el que las declaraciones de amor pierden sustento sin el compromiso de la vida. El sentido común, tan propio de la gente honesta, se expresa, sin las formulas vacías utilizadas, con frecuencia, en las relaciones personales. Un viejo dicho de nuestra literatura dice: “Obras son amores y no buenas razones”. El discurso prolijo y bellamente formulado traiciona la verdadera amistad entre quienes aseguran amarse. Es preciso colmar de verdad lo que hacemos objeto de nuestros románticos discursos. Jesús es la expresión más honesta del amor que el Padre nos profesa. En la enseñanza evangélica, que Jesús imparte a sus seguidores, el amor encuentra su mejor definición: “No hay amor más grande (perfecto) que dar la vida por los amigos”. (Juan 15, 13) En Cristo, Vida nuestra, Dios nos manifiesta su amor. En la práctica del amor, entre las personas, debe prevalecer el amor perfecto del Padre: “Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”. (Mateo 5, 48) La perfección del Padre (de Dios) es el amor. Es preciso que nos aproximemos a Él, como está humanizado en Cristo, llevando el amor al extremo de la Cruz. Su amor es la perfección a la que debemos tender, aprendiendo sus términos de la crucifixión y la muerte. Volvemos al testimonio heroico de los santos. Mucho tiempo en la contemplación de la Pasión del Señor ha sido, en ellos, una práctica constante. En Él se descubre el vínculo entre la cruz y el amor.

3.- Dos actitudes que se oponen entre sí. La enseñanza del Señor cobra una densidad expresiva inigualable. La comparación educida del comportamiento de los dos hijos conduce a la verdad, incluso para mentes simples, hasta primitivas. Jesús somete a sus discípulos a un cuestionamiento muy inteligente al plantearles dos actitudes que se oponen entre sí. Una de ellas, la del hijo que promete y no cumple Vs. la del otro que, habiéndose negado al principio, se arrepiente y hace la voluntad del Padre. Cristo pone de manifiesto que el comportamiento del segundo es el que expresa la auténtica obediencia al Padre. Parece no dar mucha importancia a la inicial negativa para ponderar el arrepentimiento y la obediencia. Los santos, en su inmensa mayoría, son pecadores arrepentidos. Es la verdad, no un piadoso argumento para tranquilizar nuestra conciencia. Constituye un aliciente poderoso para preservar la virtud, dando testimonio de Jesucristo en medio de los graves obstáculos que el pecado no cesa de generar. Es preciso promover la obediencia al Padre, aunque sea muy fuerte la tentación de desoírlo y ceder a la traición alentada por el demonio. Es la hora de la fidelidad y del silencio convertida en contemplación y obediencia. Para ello, la decisión de la renuncia no admite límites. No es fácil ser buen cristiano pero, por la gracia, es posible serlo. Los graves conflictos que aquejan a nuestros contemporáneos no consiguen ser identificados cuando aparecen. Es oportuno estar alertas y no permitir que se enturbien las aguas de nuestro Bautismo con nuevos pecados. El alejamiento de la práctica religiosa causa ese estado de decaimiento de la fe, tan frecuente entre muchos bautizados. Es tiempo de la recuperación de quienes viven al margen de la fe que, mediante sus padres y padrinos – y la comunidad en la que están formalmente insertos – han profesado en el solemne rito bautismal. Se produce una deprimente sensación de incoherencia, comprobar que la ignorancia, y el abandono de toda práctica sacramental, generan un verdadero perjuicio espiritual.

4.- Obediencia al Padre o su rechazo. Es conveniente cerrar esta reflexión: sobre el hijo que promete y no cumple, y el que rechaza enfadado el pedido del padre, pero, arrepentido, obedece. El Evangelista San Mateo nos ofrece una síntesis perfecta. En el pueblo se reproduce la imagen del hijo tironeado por dos opciones: obediencia o rechazo de la voluntad de Dios. También lo es hoy. Es oportuno atender la palabra apostólica y, de esa manera, adentrarnos en el Misterio revelado por el Apóstol y Evangelista San Mateo.

Publicado enCiclo AHomilía