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Domingo 13º durante el año – Ciclo A

28 de junio de 2026
Mateo 10, 37-42

1.- Cristo es la Verdad necesaria. La extraordinaria pobreza de Cristo, y su honestidad, convierten sus expresiones en un excepcional marco de autenticidad. El mundo lo necesita, también nosotros, aunque hayamos avanzado mucho en el camino de la perfección cristiana. Tener los mismos sentimientos de Cristo es el fundamento de todas las virtudes: la humildad o pobreza de corazón. “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”. (Mateo 11, 29-30) La radicalidad de sus expresiones coincide con el reconocimiento público de su divinidad. Si la humildad es la verdad, al manifestarse merecedor del amor absoluto de los hombres, el Señor revela que, con el Padre y el Espíritu Santo, es Dios. El seguimiento de Jesús incluye la carga de la propia cruz, cotizada sobrenaturalmente por la Cruz de Quien la ha padecido por cada hombre. Ser digno de Jesús consiste en no rehusar la propia cruz, destinada a ser dignificada por la Suya. Es así como convierte la muerte en “hermana”, como lo hizo San Francisco de Asís: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierde su vida por mí, la encontrará”. (Mateo 10, 39) La vida “encontrada” consiste en una vida guardada para provecho exclusivamente personal. Cristo recibe la vida para darla, sin reservas, a quienes carecen de ella por causa del pecado. Su condición de Pastor, hace de su Vida un don para sus ovejas. Así lo declara y ejecuta con sinigual generosidad. Los parámetros que regulan su admirable don escapan al mismo y se constituyen en modelo del amor entre los hombres. Cuando Jesús formula el principal mandamiento, expresa así su alcance: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros”. (Juan 13, 34)

2.- El que recibe a Cristo-Palabra, recibe toda la Verdad. Jesús se identifica con sus discípulos, por causa de la fidelidad que le manifiestan. Quienes los reciben, a Él reciben. Por lo mismo recibirán los premios que corresponden a quienes son recibidos en su Nombre: “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo”. (Mateo 10, 40-41) Así lo entienden quienes identifican a los pobres, enfermos y prisioneros con Jesús. Difícil ejercicio de fe, pero su práctica y su crecimiento resultan imprescindibles. Quienes de esa manera practican la fe, son santificados por Dios. Los santos adquieren la capacidad de identificar a Cristo con los más necesitados: corporal y espiritualmente. Especial empeño es el referido a los pecadores. Es fácil amar a los buenos pero, es particularmente virtuoso amar a los inamables. El precepto de Jesús es inconfundible: “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo…” (Mateo 5, 43-45) La preceptiva evangélica es exigente, y con el socorro de la gracia, posible su cumplimiento. Del Misterio de la Cruz emerge, como de su fuente, el vigor sobrenatural requerido para cumplir a la perfección lo que la Palabra inspira. La santidad es fruto espontáneo del Misterio Pascual. La palabra evangélica, que leemos cada domingo, actúa de inspiradora de la vida de quienes son los conciudadanos actuales del siglo XXI. Auxilia a los creyentes, para que no equivoquen el rumbo trazado por la Palabra. Su asidua lectura y celebración, constituyen una práctica insustituible, que contribuye a la vida y a las diversas expresiones de su contemporaneidad. La misión que Jesús recibió de su Padre es encomendada a la Iglesia que Él fundó. Todos los bautizados son corresponsables en el desempeño de la misión que el mismo Señor transmitió a los Apóstoles el día de la Ascensión: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. (Juan 20, 21).

3.- El amor a Dios y la aceptación de la cruz. Regresamos al comienzo del texto de San Mateo para ilustrar nuestra reflexión y llegar a la esencia de la enseñanza del Señor. El amor a Dios y la aceptación de la cruz cotidiana convergen en la espiritualidad cristiana. Esa coincidencia configura la auténtica santidad. El santo ama a Dios y acepta con humildad la cruz, cualquiera sea su específica manifestación. El camino al cielo es un inevitable sendero de cruz. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, refiriéndose a San Juan de la Cruz, deja un opúsculo póstumo de enorme sabiduría teológica: “Ciencia de la Cruz”. Ciertamente San Pablo Apóstol es su principal inspirador. La Cruz es el sendero a la perfección Cristiana: la santidad. Es importante aprender esa ciencia y dejar que se apodere de nuestra mente y de nuestro corazón. Existe un secreto en ella que convierte a quienes la aprenden en sus fieles transmisores. El maestro está acreditado si vive lo que enseña. Cristo es la Verdad, por ello su palabra tiene tanta autoridad y es irrebatible. El verdadero maestro se identifica con lo que enseña. Lección que deben a prender quienes han recibido la misión de enseñar. La han aprendido de Jesús los Apóstoles, los auténticos misioneros y los predicadores. La santidad de Santo Domingo de Guzmán y de sus hermanos los acredita para hacer resonar, en el mundo, la Palabra de Vida. La Palabra es gracia que objetivamente realiza su obra de salvación en quienes se disponen a recibirla. Ardua tarea de preparación, milagrosa y directa, de la que Dios se ocupa personalmente. El culto a la Palabra es conexión con quien es la Palabra, encarnada en el seno virginal de María. De Cristo proviene la gracia de la reconciliación y de la paz. Mientras dependamos de Él, mediante una escucha obediente de la Palabra, el poder de su gracia actuará, en los momentos más críticos y desafiantes de nuestra vida.

4.- Aceptar a Cristo por la fe es llegar al conocimiento de la Verdad. La Iglesia necesita aprender de Cristo, como los Apóstoles. El mundo necesita aprender de la Iglesia, lo que aprendieron aquellos hombres. La continuidad en la fe, sostenida por el Magisterio, no deja márgenes para el libre arbitrio de las personas. El Espíritu Santo custodia esa continuidad y garantiza su transparencia doctrinal. El libre pensamiento, que seduce a ciertos intelectuales contemporáneos, cierra las puertas a la verdad, ya que se opone a la Verdad que Cristo personifica. Quien acepta a Cristo como la Verdad no es un torpe dogmatista sino un auténtico cultor de la Verdad.

Publicado enCiclo AHomilía