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Domingo 12º durante el año – Ciclo A

21 de junio de 2026
Mateo 10, 26-33

1.- Jesús revela al Padre. Jesús revela al Dios que el mundo oculta. Únicamente su presencia y su palabra abren los secretos de Dios e introducen en la intimidad de su misterio. De esa manera la Verdad se apodera de quienes escuchan a Cristo, se encarna en sus vidas y así se hace visible para quienes lo buscan. “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”. (Juan 1, 14) No existe otro sendero de acceso al Misterio de Dios, que Cristo. El Señor manifiesta una viva conciencia de su identificación con el Padre, a quienes lo atienden con humilde sumisión intelectual. Sus discípulos son sus oyentes sin prejuicios. Lo aman y lo escuchan. Él los ama y les enseña. Jesús revela los misterios del Padre y del Espíritu en la medida de las necesidades de quienes lo acompañan. Manifiesta su intención de revelar lo oculto y de dar a conocer lo que, hasta entonces, estaba escondido: “No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido”. (Mateo 10, 26) Cristo vino a revelar, no a ocultar. En Él, – el Padre – Dios quiere ser conocido y amado. No es la curiosidad, la motivación que Cristo pone en perspectiva a quienes lo siguen y escuchan. Es la auténtica revelación del Padre, y la transmisión del Espíritu, la misión que se le ha encomendado en el mundo. La desempeña a la perfección, “contra viento y marea”. La respuesta al Apóstol que le demanda conocer al Padre, responde sin vacilación: “Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta. Jesús le respondió: Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre”. (Juan14, 8-9) La conciencia de su identificación con el Padre inspira su enseñanza.

2.- En Cristo se cumplen las profecías. Es así como desarrolla su ministerio e imparte su enseñanza. En medio de un pueblo empecinado en rechazarlo, se mueve con seguridad y lo conquista. Presenta, en su persona, el cumplimiento de las profecías, y de las promesas de Dios a Moisés y a los patriarcas. San Juan, en el prólogo de su Evangelio, hace una descripción precisa de la misión del Hijo, y del peligro de rechazarlo, por parte del pueblo y de los hombres a quienes está dirigida la Palabra: “La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron”. (Juan 1, 9-11) No obstante, muchos la recibieron: “Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios”. (Juan 1, 12) Es vital recibir a Jesús como la Palabra ofrecida por el Padre. Dios nos hace hijos suyos cuando nos disponemos a recibirla con fe, y hacemos su Nombre el centro referencial de nuestras vidas. Para ello, nuestro empeño cotidiano consiste en escuchar y meditar la Palabra en la lectura de la Escritura, en la predicación de la Iglesia y en el testimonio de los santos. El descuido de la misma acarrea graves inconvenientes para la práctica de la fe. El Santo Cura de Ars decía a sus feligreses: “Si ustedes no tuvieran quien les predicara la Palabra, acabarían adorando a las bestias”. La predicación incluye el testimonio de santidad de los cristianos. Existe una asombrosa relación entre el ministerio de la predicación y la santidad de quienes responden a ella por la fe. De todos modos, aun con una débil predicación, Dios interviene – mediante la acción de su Espíritu – para santificar a los cristianos. De la Palabra depende la santificación de los bautizados: “La fe, por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo”. (Romanos 10, 17) Más aun, la Palabra pronunciada en público y en la intimidad de las conciencias, reclama un consentimiento, que la gracia – de ella dimanada – hace posible. Nada resiste a su influjo transformador, aunque encuentre una fuerte resistencia en algunas personas, especialmente condicionadas por la concupiscencia de la carne y la soberbia del espíritu.

3.- La gracia de la Palabra. La transparencia reclamada por Jesús, a quienes lo siguen, incluye confianza absoluta en la asistencia de su gracia: “No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo”. (Mateo 10, 31-32) Seguir a Jesús, mediante la práctica de la fe, consiste en meditar su palabra y en estar dispuestos a obedecerla. Para ello es conveniente meditar el Evangelio, como ejercicio habitual. No se entiende como exclusivo estudio exegético sino como fidelidad a la oración y al recuerdo constante de la enseñanza del Divino Maestro. Se recuerda que Santo Domingo de Guzmán llevaba siempre consigo – cuando aún no se disponía de ediciones de la Escritura al alcance de la mano – los textos del Evangelio de San Mateo y las Cartas del Apóstol San Pablo. De tanto meditarlas en oración, las retenía en su memoria a la perfección. Como consecuencia, aprendía a Cristo, como Verdad, y lo acercaba a quienes lo escuchaban. Lo mismo se decía del Santo Cura de Ars. Necesitamos predicadores santos como los antes mencionados. Necesitamos predicadores testigos de lo que predican, demostrando que creen en lo que proclaman. El mundo, tan distanciado de la fe, necesita revertir su situación. Lo solicita angustiosamente a los cristianos. Por ello, es preciso que los bautizados recuperen – u obtengan – una viva conciencia de su identidad sacramental. Todo sacramento, desde el Bautismo a la Eucaristía, constituye un proyecto de vida a realizar. Su celebración reclama encarnarse en la vida de quienes lo celebran. Cuando así no ocurre se observa la más cruel de las dicotomías. Una intelectual argentina ha confesado: “Estoy bautizada pero no soy creyente”. Hoy es la condición de muchos bautizados. Constituye un gran desafío para la actual pastoral de la Iglesia.

4.- Reconocer a Cristo atrae la atención del Padre. Reconocer a Cristo ante el mundo es adherirse a la Palabra, en las diversas situaciones en las que se encuentren los hombres. La fe responde a la Palabra y, por lo mismo, no tolera apariencias y descompromisos. Desatenderla atrae una triste despersonalización que hace – a los culpables – invisibles ante Dios. El mundo decidirá levantar monumentos y ruidosos recordatorios, pero si el Padre desconoce a los homenajeados serán los más olvidados de los hombres. Reconocer a Cristo, obedeciendo sus mandatos, otorga una identidad inolvidable.

Publicado enCiclo AHomilía