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Domingo 11º durante el año – Ciclo A

14 de junio de 2026
Mateo 9, 35 – 10, 8

1.- Es un misionero ambulante. Cristo es un misionero ambulante, que recorre caminos y enfrenta situaciones angustiosas, entre quienes padecen desorientación y enfermedades. El Evangelista San Mateo describe, de manera magistral, la incursión de Dios en la vida del mundo. Cristo ejecuta esa incursión. El texto de Mateo nos habilita para introducirnos en el misterio del Verbo Encarnado. Es necesario dejarnos conducir por Él. Alertas a sus inspiraciones y fieles a sus mandatos. La vida cristiana recorre esos andariveles, y se orienta a la santidad. De esa manera asume su responsabilidad evangelizadora, se compromete en la sociedad ofreciendo los valores del Evangelio, de esa manera los cristianos acompañan las principales transformaciones del mundo. Jesús, en su acción misionera, se hace cargo de los cambios, que las diversas épocas adoptan, como incuestionables desafíos. Quienes asumen la principal responsabilidad evangelizadora saben que la eficacia del ministerio apostólico depende de que, los legítimos Pastores, se asemejen a su Señor y Maestro. Jesús compartirá su vida con los Doce para garantizar – en ellos – el éxito de su misión: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. (Juan 20, 21) El estilo misionero del Señor refleja su capacidad de revelar a Dios Padre, en búsqueda de los pecadores. Lo hará incansablemente. Sus principales discípulos, entonces y ahora, aseguran el éxito de la evangelización cuando imitan a Cristo pobre y obediente al Padre. Lo hemos podido verificar a través de la historia: los grandes misioneros han sido pobres y dispuestos al martirio.

2.- La declaración de amor de Dios. Jesús se conmueve ante una multitud errante. Manifiesta una compasión incomparable y transmite a los discípulos sus mismos sentimientos: “Jesús recorría todas las ciudades y pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor”. (Mateo 9, 35-36) Esas ovejas tienen Pastor, es Cristo mismo. Él lo declarará oportunamente, como Buen Pastor que “da su vida por sus ovejas”. Hoy recibimos la impronta de su entrañable dádiva de amor. El mundo, informado incansablemente por sus discípulos, es amado por el Padre, hasta la Cruz de su Hijo muy amado. La Buena Nueva, que predican Cristo y sus Apóstoles, es una declaración de amor. No la entendemos de otra manera. Su sentido original se manifiesta en la Cruz; el amor del Padre obtiene su máxima expresión en la crucifixión de su Hijo. El mundo necesita, con urgencia, de una fuerte presencia evangelizadora de la Iglesia. Negársela es grave irresponsabilidad de quienes, por el Bautismo, poseen la indelegable misión de transparentar a Cristo en sus vidas. Estamos muy lejos de lograrlo. Encuestas especializadas indican una merma alarmante de católicos profesos. Un porcentaje considerable de bautizados se manifiestan agnósticos: al margen de la adhesión a la Iglesia y a su práctica sacramental. Debemos volver al Espíritu que anima la evangelización: acceso a la comunión con Él, empobrecimiento de los corazones y predisposición para el combate de la fe. Así lo entendieron los santos misioneros. El ejemplo proverbial es el de San Pablo: misionero en la gentilidad o “Apóstol de los gentiles”. La defensa de su peculiar ministerio lo pone a nivel de Pedro y de los Doce. El Papa San Pablo VI, en su Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”, dedica un capítulo al Espíritu de la evangelización. Imprescindible para entender, y desarrollar el tema de la Exhortación. El Santo Pontífice destaca su importancia.

3.- El mejor evangelizador es el santo. La teología mística que lo asiste explicará su proyección práctica en la pastoral de la Iglesia. Olvidarlo es producto del desconocimiento de la misma naturaleza de la evangelización. La debilidad actual en la acción evangelizadora responde al desconocimiento de su naturaleza. Sin la adopción práctica de su espiritualidad, toda empresa evangelizadora pierde su capacidad y habilidad. Así lo entendió San Pablo VI: “Conservemos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas”. (EN n. 80) Los santos constituyen modelos de auténticos evangelizadores. Podemos afirmar que el mejor evangelizador es el santo, sea laico, ministro o consagrado. Dios se vale de los santos para llegar a los corazones más distanciados de Él. Cristo se transparenta en los santos y, con ellos, va al encuentro de los pecadores. Así va al encuentro del mundo, amado hasta el extremo de la Cruz. Es preciso meditar las palabras de Jesús, transmitidas por su discípulo amado, el Apóstol y evangelista San Juan. Nos asegura que Dios ama al mundo hasta darle a su Hijo hecho hombre, ofreciéndose en Él. Cristo es todo lo que tiene el Padre para nosotros y, en Él, lo da todo: es el tesoro que guarda en su inmenso Corazón para obsequiarlo a quienes ama. Urgidos por el amor que nos manifiesta – en la infusión del Espíritu Santo – nos corresponde responderle con la pobreza de nuestro amor. En esa pobre respuesta nuestra consiste la felicidad. Amándolo aprendemos a amar a quienes debemos nuestro amor: familiares y amigos. Jesús nos presenta al Padre como modelo de perfección: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”. (Mateo 5, 48) La perfección de Dios es el amor. El hombre logra su perfección en el amor, si se asemeja al de Dios. ¡Qué mal orientados estamos cuando intentamos una práctica del amor ajena a ese modelo! Se abre un nuevo sendero que orienta a la Verdad y a la Vida. Cristo es el Camino que habilita nuestro paso hacia la Vida eterna. Así lo declara a Marta ante el doloroso acontecimiento de la muerte de Lázaro: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14, 6)

4.- La compasión del Buen Pastor. La actitud de Jesús ante la muchedumbre que lo sigue es la compasión. No es conmiseración, es amor sin límites, que enternece el Corazón de Cristo, hasta aproximarlo a las situaciones de mayor conflicto entre los hombres. Nada le da asco y hunde sus manos en las llagas purulentas de las personas, a quienes fue enviado. Vino para los pecadores, no para los justos, para ser el perdón y el sendero a la santidad, incluso de los más extraviados. Requiere la humildad del pobre publicano y desacredita la soberbia del fariseo. El hombre necesita abandonar la actitud arrogante del fariseo y adoptar el arrepentimiento del publicano. Los gestos de compasión de Jesús recuperan para la justificación al publicano y denuncian la insensata auto-justificación del fariseo, que, siendo pecador, se considera superior al pobre y arrepentido publicano. Como siempre, las parábolas de Jesús no necesitan mayor comentario.

Publicado enCiclo AHomilía