Saltar al contenido

Domingo 15º durante el año – Ciclo A

12 de julio de 2026
Mateo 13, 1-23

1.- Cristo, el sembrador y semilla. La parábola del sembrador es un estilo literario de enseñanza que Jesús emplea para sus discípulos y para la multitud que lo sigue. El sembrador es Él, constituyéndose, al mismo tiempo, en la semilla que busca fructificar en el campo del mundo. Pero no toda tierra está en condiciones de recibirla. Hasta llegar a la tierra buena el Señor ofrece una dramática descripción: las semillas que el Sembrador esparce, ofrecidas a todos, encuentra graves oposiciones: “el borde del camino y los pájaros las comieron “, “otras en terreno pedregoso que, con poca tierra, mueren quemadas por el sol”, “otras entre espinas, que las ahogan “. El campo del mundo, y sus diversas condiciones para acoger la Palabra, se ofrece a la siembra. Los Apóstoles han recibido la misión de sembrar y recoger las gavillas. Lo hacen hoy a través de sus sucesores y así lo seguirán haciendo hasta el fin de los tiempos. Las condiciones en las que se encuentran los hombres, también en el interior de la Iglesia, reclaman un período de preparación, que convierta los obstáculos en posibilidades. Es la misión inalienable de la Iglesia, confiada por Jesús a los Apóstoles. Si se observan las directivas, dimanadas del Señor, la misión evangelizadora de la Iglesia contemporánea logrará su cumplimiento. Necesitamos obedecer esas directivas con exactitud. Para ello, debemos escucharlas o leerlas sin interrupción. La vida de la Iglesia se vale de un continuo examen de conciencia, bajo la guía de la “lectio divina”. Es lamentable que se hayan descuidado la energía y la centralidad de la Palabra de Dios, que necesariamente conduce a la Eucaristía. La Liturgia de la Iglesia, durante la celebración de la Santa Misa, mantiene el vínculo entre la Liturgia de la Palabra, en la que Cristo enseña y exhorta, y la Liturgia de la Eucaristía, en la que Él mismo se hace corporalmente presente y se ofrece como alimento.

2.- Jesús se vale de parábolas para que todos puedan entender. El lenguaje de las parábolas conserva, con su admirable sencillez, la capacidad de transmitir la Verdad revelada. Por ello, Jesús se vale continuamente de las parábolas, para que el pueblo entienda. Los mismos Apóstoles reclaman su recta interpretación: “Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen”. (Mateo 13, 16) La parábola del sembrador agota la intelección de la enseñanza del Maestro. Su palabra es semilla, diseminada profusamente sobre el campo del mundo; Él mismo es Semilla que remueve y fertiliza ese campo. Para ello, se dispone a morir en el surco y, así, convertirse en fruto de Vida. La tipología, que el texto del Evangelio de San Mateo tiene en cuenta, abarca la compleja predisposición del mundo ante la semilla de la Palabra depositada en él: los caminos invadidos por los voraces pájaros; y la enmarañada presencia de las espinas, que impide la vida y el desarrollo de la semilla. La versión contemporánea de la parábola, muestra una tipología más amplia. Guiados por el Espíritu, que Jesús dispensa a quienes lo escuchan, podremos identificar nuevas dificultades que impiden la acción de la Palabra de Dios. Entre las mayores dificultades, está el desconocimiento de su contenido y, en consecuencia, la trágica aparición de la incredulidad. Jesús, luego los Apóstoles y el Ministerio confiado a la Iglesia, manifiestan un celo particular al dispensar la Palabra, mediante la predicación y la catequesis. Todo converge en la adhesión a la persona de Cristo, llegada a su plenitud en la Eucaristía. Todo, en la Iglesia, encuentra la Verdad en la Eucaristía, ya que Cristo, presente en ella – con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad – se constituye en el Verbo pronunciado eternamente por el Padre, con la dinámica participación de su Espíritu. La sinigual devoción a la Eucaristía, mediante su celebración y adoración, manifiesta la fe de la Iglesia en la Presencia real de Jesús en el Sacramento. Sobre ese reconocimiento, los Apóstoles y la Iglesia apoyan toda su actividad pastoral.

3.- Una oportuna preparación para recibir la semilla. El tiempo de siembra y cosecha, conforma un espacio en el que Cristo, lleva, “su actividad salvadora” al límite de todo lo imaginado. Ese “Tiempo” es la Iglesia, presente en el siglo XXI, desafiada a ser ella misma, en el ejercicio de su misión. Personaliza al Sembrador, que hace desbordar, de su saco de semillas, una vigorosa vitalidad sobrenatural. Como previa a la siembra de la Palabra, debe promoverse una oportuna preparación, que incluye la remoción de toda oposición, hoy caracterizada en algunas manifestaciones, que afectan la ciencia y la cultura. La Constitución conciliar “Gaudium et Spes” apunta a las relaciones armónicas entre la Iglesia y el mundo. Se producen las denominadas “semillas del Verbo” en las que aparecen valores no ajenos al Evangelio, aunque, quizás, sin explícita relación con la profesión del credo que recita la Iglesia. Todo es obra del Espíritu de Pentecostés que actúa en la Iglesia y en el mundo, iniciando y llevando a término la obra que el Padre encomienda a su Hijo. La misión de los cristianos consiste en ser testigos de Cristo, testimoniando su adhesión personal a los valores evangélicos, encarnándolos en consonancia con el mismo Señor Jesús. Este empeño toma toda la vida, la hace carne nueva en cada circunstancia y en cada momento de la historia. Ser cristiano es el esfuerzo cotidiano de no abandonar el surco, en el que cada creyente esté sombrado a partir del Bautismo. Hablamos de un empeño ininterrumpido por el que cada cristiano esté dispuesto a morir para que se produzca la nueva Vida. La santidad es el producto final de la muerte al pecado y de una nueva perspectiva de vida personal, familiar y social. Los santos, muchos de ellos comprometidos en la laicidad, se empeñan, al rendirse al poder de la gracia divina, llevar las virtudes cristianas a la heroicidad. La Iglesia no cesa de incorporar a numerosos laicos en el catálogo de los santos. De diversas edades y condiciones de vida, desde niños como Francisco y Jacinta de Fátima, hasta San Dimas, el convertido en la hora final de su vida delictuosa.

4.- Jesús explica la parábola. Jesús se detiene y explica a sus discípulos qué significa la parábola. Lo hace cara a cara; hoy también, ilustra a los corazones humildes, de manera íntima y silenciosa. Aprovecha la oración y la disposición de quienes, conscientes de su pobreza, todo lo esperan de Dios. Es preciso, para ello, abandonar la pretensión auto referente y decidir depender de la bondad misericordiosa de Dios. No es fácil: como dependencia, requiere confiar en el Todo Otro que Cristo personifica. Su exhortación conduce a la verdadera dignidad humana, y no a su disminución. Se apoya en la verdad de ser creaturas e hijos. Aquellos hombres, discípulos del Señor, saben que solo el Maestro puede explicarles el sentido auténtico de la parábola. Así lo hace, como suele hacerlo, inspirándoles la adopción prudente y sabia de un aprendiz que reconoce la autoridad de su Maestro. La Palabra de Dios forma sabios y prudentes.

Publicado enCiclo AHomilía