31 de mayo de 2026
Juan 3, 16-18
1.- Cristo nos muestra quién es Dios. Jesús revela a Dios como Trinidad de Personas en una perfecta unidad de naturaleza. El texto de San Juan aparece en la humildad de las expresiones humanas que el Apóstol adopta: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga Vida eterna”. (Juan 3, 16) Con los términos propios de nuestro lenguaje, Cristo nos muestra quién es Dios. Qué difícil es entender que Dios, Trinidad Santísima, nos ame hasta darnos a Jesús, el Unigénito del Padre. Hoy la Liturgia de la Iglesia celebra el Misterio central de la fe: la divina Patrona del alma cristiana. Santa Isabel de la Santísima Trinidad experimentó la inhabitación de Dios, Uno y Trino, en su humilde corazón de bautizada. Su espiritualidad está basada en la convicción de que Dios – Padre, Hijo y Espíritu Santo – se aloja en el corazón de quien vive en gracia. El amor, realizado en la obediencia, convierte al cristiano en templo de Dios. Existe una relación inefable entre María embarazada de Dios y el alma en gracia. Ella es modelo de quienes contemplan a Dios alojado en su ser. Es inimaginable la actitud de María contemplando la real presencia de Hijo de Dios, encarnado en sus entrañas virginales. Su vida es una continua contemplación de Jesús, a quien ella le ofrece su carne y su sangre, y de quien ella recibe el misterioso conocimiento del Verbo eterno. De esa manera se constituye en la primera contemplativa que, como nadie, se introduce – por el amor – en el Misterio de Dios. El texto del Evangelio de San Lucas: “Mientras tanto. María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón”. (Lucas 2, 19) expresa el estado de contemplación de la Virgen Santa. Es preciso aprender de ella y guardar por la fe lo que guardaba en su corazón.
2.- La obra de Dios es el bien de los hombres. La Santísima Trinidad es Dios único, en tres Personas, que crea, redime y santifica. En su Nombre hemos sido bautizados, somos absueltos de nuestros pecado y conducidos a la santidad. Cristo nos habla de la inhabitación: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. (Juan 14, 23) Para ello será preciso la fidelidad a su palabra, como ofrenda de amor, desde nuestra indisimulable pobreza. Ser conscientes de nuestros pecados y limitaciones constituyen los frutos inmediatos de la práctica de la humildad. Experimentar nuestra pequeñez, y el dolor inevitable que conlleva, es abandonar la sobreestima que nos asedia en cada momento de nuestro exagerado protagonismo. Ser fieles a la palabra de Jesús, y obedientes a sus mandatos, no incluye un enfermizo decaimiento o baja auto apreciación. Es saber quiénes somos, y conocer nuestra incuestionable responsabilidad de responder a la acción del Artífice de nuestra identidad de criaturas e hijos. Es entonces cuando el Misterio trinitario se nos revela, sin más expresiones que las derivadas de nuestra fidelidad a Cristo. La fidelidad es un supuesto necesario. Todo es gracia – “gratuita”-pero tiene que ser merecida por quienes la reciben, mediante un, consentimiento humilde, logrado en la renuncia a sí mismo: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: el que quiera venir detrás de mí que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. (Mateo 16, 24) El camino a la santidad está impulsado por la cruz, a imitación de Quien nos precedió y conduce. La voz del Padre se hace escuchar por quienes están dispuestos a creer: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. (Mateo 17, 5) Su escucha como Palabra es inseparable del amor que debemos al Padre, manifestado en el don del Hijo a un mundo distanciado de Dios por el pecado. Este es el contenido de la Buena Noticia, que la Iglesia, mediante sus bautizados, debe comunicar al mundo. Para ello, es preciso que los cristianos comprometan sus vidas en la obra de Dios, que es el bien de los hombres. Es lo que ha hecho Jesús al padecer los dolores de la Cruz.
3.- Cristo es el “humanizador” que los hombres necesitan. Juan Bautista, en su modélica humildad, se convierte en transmisor de Dios: Uno y Trino. Al reconocer a Cristo, que revela al Padre e infunde el Espíritu, manifiesta una honestidad incomparable. Su fidelidad a la misión se expresa en la convicción de la superioridad del Hijo de María y asombroso pariente. Los términos empleados por el Bautista, y sus gestos, revelan la naturaleza de su relación con el Verbo encarnado, de quien: “Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. (Lucas 3, 16) La fe del santo Precursor, es la fe de cada uno de los bautizados. De él aprendemos la humildad, y la Verdad que nos corresponde exponer al mundo. Como el Bautista debemos hacer de nuestra vida una palabra, reflejo incuestionable de la Palabra. ¡Hay de nosotros si sepultamos la Palabra en el silencio irresponsable de nuestras cobardías y temores! En las actuales circunstancias, el ocultamiento de la Palabra es una verdadera tragedia. La recapitulación, que en Cristo se realiza, es una exigencia del mundo sin rumbo que en la actualidad integramos. Cristo es el Salvador y Rey del Universo. Fuera de Él no hay salvación, aunque los hombres intenten inútiles formas para salir de la miseria y del pecado. Sólo Cristo es el humanizador, desde su fidelidad al Padre y su presencia entre las mayores necesidades del mundo.
4.- Despertar la conciencia bautismal. La Santísima Trinidad es el seno del que hemos nacido y se constituye en nuestra Familia definitiva. La pastoral de la Iglesia está orientada a una vivencia continua de este Misterio. Si atendemos la enseñanza central del Divino Maestro no podremos ocultar su importancia. La continua contemplación de lo que Dios hace de cada uno de nosotros, cuando convierte nuestro corazón en su alojamiento, apasiona a cada bautizado en una conciencia viva del Bautismo celebrado. Al examinar la vida de quienes han sido bautizados, comprobamos, con tristeza y desilusión, que se ha producido un despropósito en la vida cristiana de muchos de ellos.
