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Quinto Domingo de Pascua – Ciclo A

3 de mayo de 2026

Juan 14, 1-12

1.- El Evangelio vivido por los Santos. Este luminoso texto del Evangelio de Juan es tan claro que cualquier interpretación intelectual no hace más que oscurecerlo. El Beato Eduardo Poppe afirmaba que su propósito era vivir el Evangelio “sine glosa”; sin adjuntar comentarios de caprichosa trama. Eso no excluye el estudio exegético que corresponda al texto revelado. Los místicos, como San Francisco de Asís, muestran un singular conocimiento de la Palabra. El protagonista del magisterio, que genera toda inspiración, es el Divino Espíritu. La acción reveladora del mismo, supone, por parte del beneficiado, la oración contemplativa. Su intensidad y perseverancia inspiran y alientan un ejercicio infatigable. Los escritos del Apóstol San Juan se caracterizan por su profundidad teológica y mística. Sus expresiones literarias no toleran a nadie, fuera de Cristo. Son claras desde sus orígenes. Es así cómo deben ser entendidas y oportunamente aprendidas. El texto que corresponde a este domingo constituye una sucesión luminosa de verdades. Es preciso meditarlas una tras otra, como Juan las presenta. Jesús se identifica como el Hijo igual al Padre: “Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”. (Juan 14, 7) Ante la inquietud razonable de Felipe la declaración del Maestro es definitiva y corrobora su enseñanza: “Felipe le dijo: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le respondió: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre”. (Juan 14, 8-9)

2.- Dios: el Padre y el Hijo y el Divino Espíritu. Su igualdad al Padre lo hace Dios, como el Padre. Por ello, perdona los pecados y resucita a los muertos. Como Dios merece nuestro amor absoluto, hecho obediencia incondicional. De esa forma, es posible lograr una provechosa lectura de su Palabra, transmitida por sus hagiógrafos autorizados. Leer el Evangelio nos acerca a su fuente inspiradora: el Espíritu Santo. Con la disposición de un creyente, no con la curiosidad de un científico. Es así como nuestra “Lectio divina” se constituye en el medio para conocer a Dios. La lectura nos conduce a la contemplación, y ésta constituye el amor que nos une a Dios, y a su conocimiento. Jamás nos cansamos de prestar nuestra atención a la Palabra de Dios, que Jesús personifica ampliamente. Como Felipe interrogamos y suplicamos a Cristo que nos muestre al Padre. No obstante, todo en Él, nos habla de la paternidad de Dios. La respuesta del Maestro constituye una perfecta revelación de la identidad de Dios: “El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?” (Juan 14, 8-9) Su unidad con el Padre es más que un acuerdo familiar exitoso. Participa de la misma naturaleza divina que el Padre posee, como Padre. De tal modo que es uno con el Padre y el Espíritu, y viene a otorgar la Vida al mundo y a absolver el pecado, único impedimento que se interpone y contradice la Verdad y la Vida. La convicción de que Cristo es el Camino que conduce a Él mismo como Verdad y Vida, alienta toda obra misionera. El amor a Cristo sostiene la difícil y gravosa obra evangelizadora. La amistad es la condición para el desempeño de la responsabilidad apostólica que Cristo encomienda a Pedro. Así se instala en adelante – en nuestra vida – como indispensable condición. No es la ciencia y el poder político, sino el amor que Cristo reclama a Pedro para ser constituido en “Piedra”: “Pedro, ¿me amas?” Sólo el amor al Maestro divino, capacita al Apóstol para apacentar sus ovejas.

3.- Amar a Cristo es conocer a Dios. La carencia del amor a Cristo, vuelve estéril la acción pastoral de quienes no saben responder como Pedro: “Tú sabes que te amo”. Los criterios del mundo no son los de Cristo. Es de lamentar que, tanto en la formación de los futuros sacerdotes, como en la selección de sus Pastores, no predomine el criterio de Cristo al confirmar a Pedro en su supremo ministerio. En muchos seminarios se intenta promover a quienes, según el criterio del mundo, resplandecen por sus dotes intelectuales y de conducción, y se excluyen a los más desprovistos de esas cualidades. En la historia de la santidad hallamos ejemplos impactantes: el Santo Cura de Ars y San José de Cupertino. Dios elige a los humildes, se destaquen o no por sus naturales condiciones. Con ellos realiza su Obra entre los hombres, ilustrándolos y santificándolos. La recuperación del sendero que conduce al conocimiento del Padre, se logra en el encuentro con Cristo – Camino, Verdad y Vida – como lo confirma Pedro y lo descubre Pablo, en su camino hacia Damasco Los Santos Apóstoles, en sus encuentros con Cristo resucitado, recorren un camino de fe, por el que conducirán a las Iglesias, en ellos fundadas. La Palabra, hecha palabra apostólica, pondrá el fundamento firme a la Iglesia de Cristo. La comunión con ella garantiza la autenticidad de su procedencia divina. Hoy, las diversas Sedes Apostólicas, se concentran en la de Pedro. Romper con ella constituye el abandono de la comunión con el mismo Cristo. Se han producido auto excomuniones en el transcurso de la historia. Una prueba innegable es la ocasionada por Enrique VIII, dando origen al anglicanismo.

4.- Restauración de la unidad. La restauración de la unidad se logra en el regreso a la comunión, desgarrada en Inglaterra por un monarca corrupto. Las diversas conversiones a la unidad original han sido protagonizadas por eminentes hombres, como San Juan Newman. De todos modos subsiste allí el propósito, a modo de semillas de verdad y santidad, en personas y comunidades que, de buena fe, aún hoy las personalizan e integran.

Publicado enCiclo AHomilía