10 de mayo de 2026
Juan 14, 15-21 (o 17, 1-11)
1.- La obediencia al mandamiento de Dios es inseparable del amor. El contenido de este texto evangélico responde al estilo del Apóstol amado. La obediencia al mandamiento de Dios es inseparable del amor personal a Cristo. Los mandamientos son impracticables sin el amor. Es preciso asegurar el amor para ser fieles a Dios. Algunas incoherencias morales se explican por la carencia del amor a Jesucristo. La fidelidad a los mandamientos, supone el amor a Dios. Sin la práctica constante del amor a Dios – en la persona de Jesús – es imposible agradarlo y, de esa manera, mantener una rectitud moral que corresponda a su divina voluntad: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. (Juan 14, 23) La inhabitación de Dios en el alma en gracia, depende exclusivamente del amor a Dios, expresado en el propósito de cumplir su voluntad. Pero ese amor a Dios, responde al amor infinito que Él nos profesa, a pesar de nuestros incalificables desamores. El amor se vive en la contemplación y se formula con los labios. Toda tentación es superada si, ante ella, oponemos nuestra sincera profesión de amor a Dios, en Cristo. La jaculatoria de Santo Tomás, al reconocer que su Maestro ha resucitado, puede ayudarnos a expresar nuestro amor a Dios: “¡Señor mío y Dios mío!” Es urgente que la repitamos, con la intensidad de nuestro sincero deseo de amarlo, siempre, en todo momento y en todo lugar. Es entonces cuando los halagos del pecado pierden su capacidad de dominarnos y seducir nuestra débil voluntad. San Juan es el Apóstol que permanece fiel a su Señor – con María Madre y María Magdalena – su fidelidad se destaca por el coraje.
2.- La acción protagónica del Espíritu Santo. Jesús habla del Espíritu Santo, como protagonista en la conducción de su Iglesia. Es el Don del Padre a los creyentes y respuesta a la plegaria del Hijo: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce”. (Juan 14, 16-17) El mundo no está capacitado para actuar subordinado al Espíritu, porque no lo conoce. Una Iglesia que ama a Cristo, cumpliendo su voluntad, es la que ve y conoce al Espíritu, revelador de toda verdad. Desde Él se mueve entre los hombres, agitando las aguas de la historia. El culto al Espíritu distingue su quehacer evangelizador, en medio de la inestabilidad de los esfuerzos humanos por lograr una verdad, que – únicamente – se identifica y alcanza en Cristo. La misión de la Iglesia es ofrecer a Cristo como Camino hacia Él: la Verdad y la Vida. El Padre es el garante, en su Hijo, de la acción del Espíritu de ambos. El Paráclito es abogado, protector y consolador, de quienes son ungidos por Él. Los Apóstoles insisten en la necesidad de que el Espíritu Santo descienda sobre quienes hagan caso a la Palabra que les anuncian. La obra de salvación no concluye mientras el Espíritu Santo no ponga lo suyo: “El Padre les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes…” (Juan 14, 16) La vida cristiana está inflamada por la presencia e inspiración del Espíritu Santo. La desatención de esa presencia, desencadena una sucesión de carencias espirituales que debilitan la acción santificadora del Espíritu. En la Liturgia católica mantiene su centralidad la invocación al Espíritu Santo. En momentos de particular relieve, la Iglesia lo invoca con mayor fervor y solemnidad. A partir del Concilio Vaticano Segundo se popularizó la devoción al Espíritu Santo y obtuvo un particular predominio entre los fieles.
3.- La acción del Espíritu es silenciosa. Es preciso dar su lugar a la tercera Persona de la Trinidad en la vida de la Iglesia. De esa manera se produce un equilibrio singular en la vivencia de las virtudes cristianas hasta alcanzar la santidad que admiramos en los santos. La acción del Espíritu es silenciosa; la percibimos cuando observamos su protagonismo en el silencio de nuestra actividad contemplativa. Nuestra respuesta es el esfuerzo que nos corresponde, pero, la gracia es la obra exclusiva de Dios. Es preciso mantener un corazón pobre y humilde para que la gracia actúe con absoluta libertad en nuestra vida, tironeada por el mundo, y tentada sin piedad por la concupiscencia de la carne y la soberbia del espíritu. El Señor nos alienta a abandonarnos a su acción misericordiosa. De esa manera el Espíritu Santo cumple su obra artesanal y multiplica los santos, excluyendo en ellos todo tipo de clonación. La obra de Dios es irrepetible: cada persona es una novedad, que escapa a los moldes fabricados por los hombres. De esa manera, el mundo puede conocer y glorificar a Dios: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”. (Mateo 5, 16) El mundo, como se presenta en la actualidad, reclama autenticidad – aun no siendo plenamente consciente de ello – y rechaza el engaño calificado como farisaico. Jesús, los Apóstoles y los santos, manifiestan una transparencia virtuosa que atrae la adhesión o el rechazo en quienes los observan. Así ocurría con las primeras comunidades cristianas. Contagiaban su fe y la práctica de la caridad, como testigos inigualables de la Verdad: “Los Apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima”. (Hechos 4, 33) Ciertamente la palabra y la caridad constituyen el verdadero argumento de fe para la conversión.
4.- Cristo: Verdad y Ciencia. Cerremos esta reflexión homilética con las sentenciosas palabras de San Juan: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”. (Juan 14, 21) Esa manifestación de Cristo, a quienes lo aman cumpliendo sus mandamientos, constituye la ciencia que autoriza a enseñar, a un mundo que está hambriento del conocimiento de la Verdad. El tironeo ideológico que se produce en los medios más sofisticados de la cultura contemporánea alcanza límites de vértigo. Basta estar atentos a lo que se dice para convencernos de la necesidad de Cristo, Palabra y Verdad, cuya consistencia contrasta con la inestabilidad del pensamiento mejor formulado. El más indocto que conoce a Cristo supera cualitativamente a los intelectuales más calificados que desconocen a Cristo.
