26 de abril de 2026
Juan 10, 1-10
1.- Cristo es el Buen Pastor. Cristo es el Pastor de las ovejas, imagen visible del Padre que retiene su pastoreo sobre todos los hombres. Es conmovedora la descripción que hace Jesús de su acción de Pastor, que trasciende el título y da su vida por sus ovejas extraviadas. La historia de su Pasión expone la dimensión de su pastoreo. Hasta el extremo de la Cruz: “El buen Pastor da su vida por las ovejas”. (Juan 10, 11) En la lectura desgarradora de la Pasión, hemos experimentado su dolorosa situación de Pastor. En ella se revela cuánto Dios ama a los hombres. La inaplicabilidad humana del amor divino, encuentra su exacta expresión en la crucificación y muerte de su Hijo. La imagen del buen Pastor, que Jesús adopta sin tibias interpretaciones, impacta por su realismo. Es Pastor porque da su vida por sus ovejas. Ante su Padre, y ante el mundo, su muerte en Cruz obtiene una insuperable capacidad de mostrar el amor de Dios, por los más inamables de los hombres. Su exposición, mediante la predicación y la celebración eucarística, lleva a la perfección la obra de salvación que el Espíritu protagoniza. Es la misma obra que el Padre encomienda al Hijo y que éste participa a la Iglesia: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. (Juan 20, 21) El tiempo pascual constituye el ámbito temporal en el que Cristo desempeña su divina misión. Quienes creen en Él, dan testimonio y retransmiten el Misterio Pascual, por el que el mundo está destinado a la salvación. Cristo se constituye en Pastor, y Puerta de acceso por la que las ovejas se introducen en el corral. Esta magnífica comparación indica que Cristo es el Camino que conduce a la Casa del Padre, y que, al mismo tiempo, asegura la defensa y protección de sus ovejas. Lo conocen, y se sienten interpeladas cuando Él las llama por su nombre.
2.- Ama a sus ovejas hasta dar su vida por ellas. El buen Pastor es Cristo, que ama a sus ovejas hasta dar la vida por ellas. Es el mismo Padre Dios, en el Hijo: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. (Juan 3, 16) No hay amor más grande que ese amor. Cristo es la expresión humana del amor que el Padre profesa al mundo, expresado en la dádiva de la vida del Hijo en la Cruz. El amor del Padre – en su Hijo único – es el que deben tener los hombres, unos por otros: “Así como yo los he amado, ámense también ustedes…” (Juan 13, 34) ¡Qué distancia existe entre el “hacer el amor” novelesco, y el que Cristo nos tiene, siendo el único modelo que orienta la práctica auténtica del amor, que nos debemos mutuamente! Jesús nos ama dándonos su vida, sin reclamar la nuestra. ¡Qué difícil es estar con Él en Getsemaní, agonizando por amor! Para participar de su Resurrección debemos pasar por la cruz, la que debemos cargar en su seguimiento. La Pascua que celebramos está precedida por la muerte en Cruz. Nuestra pascua, como la suya, para alcanzar la resurrección, debe pasar – pascua es “paso” – por la muerte en cruz. Huimos de los padecimientos de la vida y, fácilmente, caemos en el desconsuelo y la desesperación. Unidos a Cristo resucitado nuestra muerte será un tránsito gozoso a la eternidad: el verdadero “umbral” de la Casa paterna. No está mal, o inconveniente, que lo recordemos continuamente, como lo hacían los santos. Ante el misterio de la muerte temporal colisionan dos interpretaciones antagónicas: la cristiana y la mundana. La segunda es pesimista y desesperanzadora, la primera está iluminada por la Resurrección de Cristo y la bienaventuranza eterna de quienes están en el Cielo. Quienes más amamos: Jesús, María y los santos, esperan festivamente nuestro arribo junto a ellos. No es este un pensamiento-consuelo sino la verdad, que debemos aprender. Es preciso disponernos a recibir lo no merecido, por la misericordia de Dios, y recibir la bienaventuranza como pura gracia. La soberbia se erige como oposición a todo lo humano y, por lo mismo, incapacidad para recibir el perdón del pecado “imperdonable” contra el Espíritu. Es alarmante el predominio de la soberbia en el mundo.
3.- La base de toda espiritualidad. La humildad es la virtud – imprescindible – para recibir el perdón y disponer el alma para la santidad. Jesús no se cansa de proponerla como base de la espiritualidad evangélica. Para avanzar por el camino de la perfección cristiana se impone la humildad como configuración del pobre bienaventurado. El Reino de los Cielos tiene un principal propietario: el pobre de espíritu. Los grandes, en el transcurso de la historia, son quienes se hacen como niños. Cuanto más humildes, más grandes. Los más grandes – al estilo de Moisés y los profetas – logran su perfección en el mismo Cristo. El Señor no disimula su verdadera identidad espiritual, presentándose como modelo de sus discípulos: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”. (Mateo 11, 29) Esta es la actitud que conduce a la santidad. Jesús lleva su pobreza al extremo de la Cruz. Los santos, como diría Pablo, están crucificados para el mundo: “Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”. (Gálatas 2, 19-20) Ciertamente San Pablo es un modelo excepcional de seguidor de Jesús. La intimidad con el Maestro y Señor, capacita para recorrer el sendero de la cruz. Pablo se convierte en un Apóstol, adiestrado personalmente por el mismo Jesús. En el Señor crucificado, el antiguo perseguidor encuentra la Verdad, y la ciencia para comunicarla. Por ello no quiso saber más que a Cristo crucificado. La celebración de la Pascua nos introduce en toda su Verdad, y nos compromete para anunciarla y celebrarla en la vida, entre nuestros hermanos. El signo de la auténtica evangelización es el amor a Cristo del evangelizador. Lo confirma Cristo en su diálogo con Pedro. La condición para el cumplimiento de la misión apostólica es el amor personal, plasmado en el encuentro con quien no ofrece más que una participación en su amor crucificado. Así lo entienden los Santos Apóstoles, al ejercer la misión que los conduce inexorablemente al martirio.
4.- Las ovejas que distinguen su voz y acuden a Él. Jesús lo es todo para sus discípulos: el Pastor y la puerta de las ovejas. Los que han aparecido antes que Él, atribuyéndose prerrogativas mesiánicas, “son ladrones y asaltantes”. Pero, tarde o temprano, son ignorados por las ovejas, y desatendidos sus requerimientos El timbre de voz de Cristo es único e inconfundible. Sus verdaderas ovejas lo distinguen y se dejan guiar por su llamado. Únicamente los pobres de corazón sabrán identificar el sonido de su voz y comprender su mensaje. Ser humilde es ponerse al nivel adoptado por el mismo Verbo de Dios, al hacerse hombre. Como Él, en su estilo inconfundible y portador de la Verdad.
