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Tercer Domingo de Pascua – Ciclo A

19 de abril de 2026

Lucas 24, 13-35

1.- Rumbo a Emaús. Los afligidos discípulos, rumbo a Emaús, sufren la ausencia de su Maestro y Señor. No habían salido aún de una sensación de fracaso, que los puso situación de auto exilio. El Señor interrumpe su peregrinaje e insta a que – aquellos discípulos – recorran el camino de la fe. Por ello, se manifiesta a ellos de manera progresiva. Este es uno de los textos, referidos a la Resurrección, más ricos y explícitos. Ponernos en lugar de aquellos discípulos crea un clima pascual de enorme actualidad. No existe otra forma, es adoptada por el mismo Señor glorificado. Es preciso que nos sintamos interpelados en este fatigoso sendero de la vida en el mundo. Gracias a la Palabra, expuesta en la predicación y celebrada por la Iglesia, el Espíritu nos hace andar el camino hacia Emaús. De esa manera Jesús nos permite interpretar acertadamente los hechos dolorosos de la Pasión. La Eucaristía, producto de las palabras de la consagración y destinada a fraccionarse para ser el alimento de la comunidad, siempre será el momento culminante del proceso de la fe. Sin ella la fe no hallará su plenitud sacramental. Es Cristo mismo quien se constituye en el destino final de la vida creyente. Se dan aproximaciones pero no alcanzan para que la vida cristiana sea lo que Cristo pidió que fuera: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Juan 6, 51) El descuido en la participación del Pan eucarístico, es la causa del enfriamiento en la vivencia de la fe. Cuando predomina la tibieza en la práctica religiosa es preciso buscar su causa en el abandono de la comunión eucarística y de su Adoración. Cuando comprobamos aumento en la devoción eucarística, particularmente entre los jóvenes, debemos considerarlo como una recuperación del fervor de la fe.

2.- Les cuesta creer. La Pascua, que acabamos de celebrar, debe ser un nuevo incentivo para la santidad y para la evangelización del mundo. Es así como la Iglesia crece y se desarrolla, enfrentando las objeciones del mal, en las sofisticadas maneras de las relaciones entre las personas y sus circunstancias. Es la Vida, que causa Cristo resucitado en quienes creen en Él. Los discípulos de Emaús manifiestan cierta frustración al no recibir aún la noticia cierta de la Resurrección. Jesús, caminante con ellos, interpreta los hechos angustiosos de su Pasión y muerte. Lo hace acudiendo a la autoridad de las Escrituras. Lo que aconteció no podía evitarse: “Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él”. (Lucas 24, 25-27) En la Carta a los hebreos se lee: “Además, según prescribe la Ley, casi todas las purificaciones deben hacerse con sangre, ya que no hay remisión de pecados sin derramamiento de sangre”. (Hebreos 9, 22) Aquellos discípulos retenían la idea de que el Mesías venía a liberar al Pueblo de Israel, sojuzgado por los implacables romanos. Un concepto mesiánico de naturaleza exclusivamente política. Tan ajeno al Mesías, como lo formulan los profetas y el mismo Jesús. Los criterios que respaldan la vida y comportamiento de Jesús y de la Iglesia, mantienen su vigencia. No podemos politizar lo sagrado. Sin negar los valores que el mundo sostiene, en sus honestas búsquedas temporales, Cristo se empeña en jerarquizarlos para que no se entiendan una negación de los que proceden del Evangelio: “Den al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. (Mateo 22, 21) Para que se ofrezca al Cesar lo que es suyo, es preciso dar a Dios lo que es de Dios. La confusión, predominante en el mundo actual, origina una sucesión de errores que conforma la mente de nuestros contemporáneos y rige sus posturas ideológicas.

3.- Al fraccionar el Pan, Jesús se da a conocer. La fracción del Pan va más allá del signo y realiza su contenido en el Cuerpo y la Sangre del Señor, que alimenta la vida cristiana. No hay Vida cristiana plena sin Eucaristía. En ella todo proceso de fe alcanza su cumplimiento. Negarla es condenar todo el proceso de la fe a una lamentable frustración. De allí el celo catequístico de la Iglesia por señalar su principal sitio en la vida de los cristianos. La actividad pastoral halla en la Eucaristía su rumbo cierto, tanto en la práctica litúrgica como en la enseñanza teológica. En la cena de Emaús, al fraccionar el Pan, Jesús se hace conocer por sus discípulos. Hoy también, sin manifestaciones extraordinarias, Cristo se revela como el vencedor del pecado y de la muerte. La fe nos permite reconocer su presencia y la acción regeneradora de su Espíritu. Lo importante es la docilidad a esa acción suya, que perdona y santifica. El alimento nutritivo de esa “docilidad” está horneado por el fuego del Santo Espíritu, encendido por la Palabra y los Sacramentos. Así entendida la auténtica práctica sacramental se define como ajena a todo sacramentalismo farisaico. Los Sacramentos son parte inseparable de la vida de todo creyente. La Eucaristía es culminación de todos ellos, a partir del Bautismo. El fervor eucarístico, destacado en la Liturgia católica, predomina entre los piadosos adoradores y requiere ser constantemente aumentado por las prácticas, ya populares entre los jóvenes y los ancianos. Celebrar la Pascua es celebrar la Eucaristía. Cristo resucitado se manifiesta, realmente presente, en la Eucaristía celebrada cada día. Cuando un buen cristiano muere – sacerdote o laico – hace propia la Pascua de Cristo. El santo fraile San Pascual Bailón se levitaba ante la Hostia consagrada. Finalmente Jesús y el santo fraile formaban un estado de comunión que los identificaba para la Iglesia. La debilidad en la fe, en su adorable Presencia eucarística, impide que la contemplemos tal cual es hoy para nosotros. Por lo tanto, garantiza nuestra fe en su amor entrañable: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos, que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin”. (Juan 13, 1)

4.- Cristo es la Luz en aquel atardecer. La insistencia de aquellos hombres, de que el Señor no prosiguiera su camino y permaneciera con ellos, les devolvió la esperanza, entonces en estado crítico. El anochecer histórico constituye el máximo motivo para suplicar que la Luz – Cristo – se encienda en la tenebrosa oscuridad del pecado y de la muerte.

Publicado enCiclo AHomilía