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Segundo Domingo de Pascua – Ciclo A

12 de abril de 2026

Juan 20, 19-31

1.- La Pascua y la Divina Misericordia. Durante la octava de Pascua, la Iglesia propone la memoria de la Divina Misericordia. Coinciden las celebraciones: una genera a la otra. La Divina Misericordia y la Pascua de Resurrección son expresiones del mismo Misterio divino. El texto evangélico que las ilustra incluye esas expresiones y las ofrece a nuestra simple y humilde contemplación. Jesús resucitado se aparece a una comunidad oculta y atemorizada: “Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. (Juan 20, 19) La condescendencia del Señor encuentra una via de acceso en la exhibición de las llagas. Su ademán, al mostrar su cuerpo llagado, logra hacer entender que, habiendo pasado por la crucifixión, ha sido glorificado por el Padre. Es así cómo se constituye en causa de Salvación para quienes se disponen a establecer con Él una relación creyente. Nosotros también, como aquellos discípulos, hemos vivido una fuerte experiencia de fe, durante la Semana Santa. Es preciso que desarrollemos, en lo sucesivo, los mismos sentimientos que llevaron a los Apóstoles a la intimidad con su Señor y Maestro. Me refiero al dolor de la Pasión y al gozo de la Resurrección. Orientados por la Liturgia pascual nuestra vida cristiana percibirá el poder de la gracia y su proyección en los detalles de nuestra historia. El mundo necesita ser envuelto en la gracia que Jesús resucitado genera y que prevalece en la sociedad de la que somos parte. Nos corresponde poner lo mejor de nuestro compromiso personal y social, para que todos nuestros contemporáneos, al contemplar nuestras buenas obras, “glorifiquen al Padre que está en los cielos” (Mateo 5, 16).

2.- El Espíritu Santo es infundido por Cristo resucitado. La misión de los Apóstoles se cumple al ser liberadora de los pecados que abruman hoy a los hombres. Jesús resucitado, y en esta misteriosa aparición, confiere a sus amigos lo que el Padre le confió: que los pecados sean absueltos: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. (Juan 20, 22-23) El Espíritu Santo, que ocupa su sitio protagónico en la salvación de los hombres, es infundido por Cristo resucitado en quienes se dejan alcanzar por su particular infusión. El ademán de soplar indica que Cristo glorificado lo administra – de espíritu a espíritu – para quienes creen en Él. El perdón de los pecados es el fruto inmediato de la Pascua. La impenitencia, pecado imperdonable contra el Espíritu Santo, desaparece con la conversión que, a su vez, se afianza con la penitencia. Es importante que la vida cristiana sea un estado continuo de conversión, iniciada y alimentada por la Palabra, coronada por la Eucaristía. Muy lejos de todo frío formalismo, el fervor recalentará cada plegaria y animará la práctica de la caridad. La tibieza, que caracteriza la vida de innumerables cristianos, necesita el calor espiritual de una renovada conversión. Para ello, es preciso renovar la adhesión a la Palabra, que es la persona de Cristo. El Ministerio apostólico que la Iglesia no deja de actualizar, con absoluta fidelidad, cuenta con el fervor de sus ministros. También padece la tediosa frialdad de muchos ministros que han recibido la responsabilidad de hacer resonar la Palabra de Dios, mediante la predicación y la celebración de la Eucaristía. En “el Evangelio y la Eucaristía” se manifiesta el valor salvífico del sacerdocio ministerial, ejercido por los Obispos y presbíteros. Los santos obispos y presbíteros han manifestado vivencialmente esa capacidad de transmisión de la fe. La “carne” de su palabra confirma la economía del Misterio encarnado en Jesucristo. Es cierto que la eficacia de gracia, que viene a través del Ministerio, no halla su capacidad de salvación en las personas de los ministros sagrados, cuenta, no obstante, con la encarnación que ellos le proporcionan.

3.- La conversión del Apóstol Tomás. En el texto evangélico de Juan, aparece un ejemplo de conversión a la fe. Es el del Apóstol Santo Tomás. Comprendemos su vacilación y la pretensión de ver y tocar para creer. Jesús enseña – a Tomas – a creer apoyados en el testimonio de quienes lo vieron: María Magdalena y sus hermanos apóstoles. Nuestra fe se funda, aleccionados por Tomás, en la palabra que la Iglesia nos transmite. En aquel momento, a Tomás le faltó la humildad que lo habilitara para aceptar el testimonio de sus hermanos. Finalmente se rindió ante el mismo Señor resucitado, dando lugar a su enseñanza: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Juan 20, 29) No se trata de creer a ciegas sino de fundar la propia seguridad en la Palabra de Dios. Para ello debemos acudir hoy al testimonio apostólico: con la humildad del discípulo y la generosa disponibilidad del hijo dócil. La jaculatoria conmovedora de Tomás, es adaptable a todo tiempo y situación. El Señor no echa mano a una aparición, como lo necesitó Tomás, sino que convierte en bienaventuranza la ausencia de dichas apariciones. Es nuestro caso: creemos sin ver y sin entender – como evidencia – el Misterio Revelado. La fe, que debía poseer el incrédulo Tomás, requiere una gran pobreza de corazón, con el fin de poseer el reino de los cielos. Tomás entendió que debía ver y tocar para asegurar la posesión de la Verdad. Jesús le indica que el camino cierto hacia su Resurrección es creer a quienes Él ha encomendado la misión de ser sus testigos: la Iglesia, en el ejercicio de su Ministerio. Como consecuencia, la vida del creyente se orienta al ritmo de la obediencia a la Palabra: predicada y celebrada por la Iglesia. Los Tiempos fuertes, signados por la Liturgia, contribuyen al incremento de la fe y a su auténtica proyección en el mundo. La presencia cristiana es generadora de una cultura propia, que implica enfoques y comportamientos personales y sociales capaces de abrir una nueva perspectiva histórica. La sociedad actual contrapone elementos “culturales” – de cargas antievangélicas – e intenta hacerlos prevalecer.

4.- Los Apóstoles, testigos de la Resurrección. Tomás, empecinado en no creer, si no ve y toca las llagas del Señor, aprende lo que debe enseñar. Jesús lo reprende y, de esa manera, le revela cómo deben creer quienes se adhieran por la fe a su persona. Los Apóstoles han recibido el mandato de ser testigos de la Resurrección y, mediante su anuncio, suscitar la fe en quienes se disponen a escucharlos. Recordemos que cuando debieron buscar un reemplazante de Judas Iscariote, el criterio para la designación será algún discípulo que haya sido testigo de la Resurrección: “Es necesario que uno de los que han estado en nuestra compañía durante todo el tiempo que el Señor Jesús permaneció con nosotros, desde el bautismo de Juan hasta el día de la Ascensión, sea constituido junto con nosotros testigo de su Resurrección”. (Hechos 1, 21-22) De esta forma, Matías fue agregado al grupo de los Apóstoles. El santo Apóstol reemplazante de Judas Iscariote, resultó de un sorteo. Matías inició así su ministerio, e integró el grupo de los Doce.

Publicado enCiclo AHomilía