29 de marzo de 2026
La Pasión: Mateo 27, 1-2. 11-54
1.- No quise saber nada fuera de Cristo crucificado. De la mano de San Mateo iniciamos la Semana Mayor con la lectura de la Pasión del Señor. A pocos días de la celebración del triduo pascual, la Liturgia nos conduce a la proclamación y meditación de la Pasión. Es preciso que enternezcamos nuestros corazones en la contemplación de los padecimientos indecibles de Jesús crucificado. Así los vivían los santos, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. La Cruz del Señor, como entendía San Pablo Apóstol, era la vertiente de la ciencia y de la santidad: “Por mi parte, hermanos, cuando los visité para anunciarles el testimonio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado”. (1 Corintios 2, 1-2) El relato de la Pasión, como lo transmite el Apóstol, es la ocasión de enternecer nuestros corazones, endurecidos por el pecado. Lo importante es hacerlo objeto de nuestra humilde contemplación. Para ello es conveniente dedicarle mucho de nuestro tiempo útil. Gastarlo generosamente, hasta renunciar a todo otro quehacer que no sea ofrecerle nuestro más profundo silencio. A estar con Él, ilustrados por la piadosa lectura del texto sagrado, nos orienta a la Adoración ante el Santísimo Sacramento. Dios santifica rápidamente a los contemplativos. Les enseña su Verdad y los introduce en su Vida. Es preciso no distraerse frívolamente en entretenimientos que, aunque inocentes o inocuos, son distracciones de lo necesario. Así lo experimentó San Ignacio de Loyola, entre sus lecturas apasionadas de los novelones de caballería. Fácilmente cedemos ante la tentación de lo que llamamos “comprensibles distracciones” y momentos para el descanso o el esparcimiento. La lectura y meditación de la Pasión nos ofrece la oportunidad de sumergirnos en el Misterio de la Pasión y Muerte de Jesús.
2.- Compadecerse con María. Es el momento de compadecerse con María al pie de la Cruz de su Hijo y ver, con sus ojos maternos, las escenas dolorosas de la Pasión. No hay allí resentimientos, y menos odio contra quienes son los ejecutores de la muerte de su Divino Hijo. Sus sentimientos, ahora nuestros, abre un sendero de contemplación que conduce a la verdad y a la santidad. La causa de los mismos es el amor sin medida. Ante la Cruz aprendemos, con María, cuál es la medida del amor. La Pasión humillante y dolorosa es el extremo del amor que Dios profesa a los hombres: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga Vida eterna”. (Juan 3, 16) No podemos pensar en la dolorosa Pasión sin considerarla como expresión de amor divino. De la mano de San Mateo recorremos las diversas y sangrientas escenas, quizás sin involucrarnos en ellas, como debiéramos. Esa involucración significa tiempo y silencio, amor hecho obediencia y oración. Constituye una actividad virtuosa, que reclama dedicación generosa y humilde. La actividad humana, como se proyecta y ejecuta hoy, descarta – como inútil – el tiempo dedicado a la contemplación. Pero es lo “necesario”, elegido por María de Betania. Consiste en la escucha contemplativa del Maestro – es el Bien y la Verdad – que imparte su enseñanza en la intimidad. La meditación de la Pasión es un acto de “compasión”, compartido con María, Juan, la Magdalena y las piadosas mujeres. Su consecuencia es un verdadero cambio interior que conduce a la santidad. Ante tanto sufrimiento padecido por amor – a los más desamables – nuestro corazón llega a la ternura. Es preciso que nos dejemos invadir por esa ternura y, de esa manera, dedicar lo mejor de nuestro tiempo a la meditación, y a la contemplación de lo meditado. La Semana Santa, que ya iniciamos, es la ocasión propicia para celebrar la Palabra que se nos anuncia y celebramos. El relato estremecedor de la Pasión del Señor es presentado en dos ocasiones durante esta Semana. Es preciso no desaprovecharlas.
3.- Disposición humilde a dejarse hacer por Dios. Ante esa impresionante manifestación de amor divino, guardada en el corazón, como lo hacía la Virgen María, el Espíritu logra la más profunda transformación moral. Lo humanamente imposible, por la gracia de Dios es posible, y produce el tránsito seguro del pecado a la santidad. En la extensa historia de la gracia, hallamos muchos ejemplos de conversiones extraordinarias: San Pablo, San Agustín, San Carlos de Foucauld etc. En todos ellos, se halla una disposición humilde a dejar hacer a Dios. Es entonces cuando Dios obra, por el Espíritu: los pecadores, los más desahuciados por los hombres, se convierten en santos. Lo podemos verificar continuamente. Las transformaciones que la gracia de Dios produce son rápidas y, en algunos casos, prodigiosas e inmediatas. Dios, supuesto el deseo sincero de la persona, aquejada por el pecado, obra sin dilación alguna. El ministerio evangelizador de la Iglesia está al servicio de esa necesaria preparación. Cristo, modelo de amor al Padre y a los hombres, se presenta como motivador de la santidad de sus hermanos. Hacerlo conocer – objeto de contemplación – es el propósito de la Iglesia, mediante la predicación apostólica y la Eucaristía. De esa manera, Palabra y Sacramento se conjugan necesariamente. Durante estos días, de una sacralidad única, se nos dan los elementos, para la meditación y celebración, opuestos al vacío que produce el mundo con sus propuestas irresponsables. La inmersión sobre el silencio de Dios, por el desconocimiento del Misterio de Cristo, causa verdaderos estragos en la población, tanto de creyentes como de incrédulos. La Iglesia tiene la misión de despertar el conocimiento del misterio de Dios, cumplido en la dolorosa Pasión de Cristo. No puede renunciar irresponsablemente a esa misión. Su incumplimiento clausura la via de acceso de los hombres a la Verdad, personalizada en el Hijo de Dios encarnado. Sin Cristo, como la Verdad, los hombres están expuestos a la intemperie, ocasionada por el materialismo y la incredulidad.
4.- Reconocer al Salvador, ofreciendo los sufrimientos cotidianos. Enternecerse, ante la ofrenda de la vida del Cordero inocente, no responde a una actitud puramente emotiva. Es reconocer al Salvador, identificándose con Él, y ofreciendo los sufrimientos cotidianos con la misma actitud de amor al Padre y a todos los hombres. La vida cristiana se expresa en el amor inmolado al Padre y a los hermanos. La Semana Santa es un espacio en el que nuestra identificación con Cristo es posible y obligatoria. La humilde confesión de los pecados, incluye la conversión y un proyecto de vida semejante al de Cristo.
