DOMINGO 15 DURANTE EL AÑO – Ciclo B

14 de julio de 2024
Marcos 6, 7-13

1.- La proximidad del Reino de Dios. Jesús envía a los Doce confiándoles parte de su poder, para que enseñen y exhorten al mundo a la conversión y a la penitencia. La proximidad del Reino de Dios respalda esa actividad misionera. Desde Pentecostés el Reino es una realidad innegable que tiene abiertas sus puertas para los humildes que buscan con sinceridad ser parte del mismo. Es tarea evangelizadora despertar el deseo de Dios, mientras el mundo se distrae en insustanciales logros. San Agustín, el genial pensador del siglo 4, hace la experiencia de la insatisfacción de los valores transitorios, hasta que descubre a Dios, el Absoluto buscado hasta con angustia. El mundo actual necesita despertar su hambre de Dios, en medio de la comida chatarra que le ofrecen algunos de sus desafortunados representantes. Son hombres y mujeres, de todas las edades, quienes deben desempeñar la misión de Cristo, no los ángeles. Por ello, Cristo que elige a quienes quiere y, si no los encuentra preparados, los prepara y consagra. Es un misterio el proceder del Señor, en el momento de seleccionar a sus más cercanos discípulos. Lo sigue siendo hoy, ocasionando una inevitable consternación en el interior de la misma institución eclesiástica. Se repite que los más grandes en el Reino no son los ministros e intelectualmente destacados, sino los santos: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino”. (Lucas 12, 32) Ya en las “bienaventuranzas” confirma Jesús su táctica selectiva: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. (Mateo 5, 3) Los pobres de espíritu son los humildes, gocen o no de recursos económicos. Numerosas son las referencias evangélicas sobre la humildad. Ciertamente – lo dice el mismo Jesús – el apego al dinero dificulta la práctica de la humildad. Quienes no disponen de fortuna, encuentran menos escollos en su sendero hacia la santidad. Cuando Jesús habla con el hombre rico, que desea poseer la Vida eterna, lo exhorta a dejarlo todo para seguirlo. Aquel hombre dispone de muchos bienes y se entristece y acobarda ante tal exhortación. ¡Qué difícil, para él, es entrar en el Reino de los Cielos!: afirma Jesús.

2.- La incredulidad del pueblo. La respuesta de Jesús, a la falta de fe de su propio pueblo, es la elección de los Apóstoles y discípulos. La misión de aquellos hombres, necesitados de la formación que su Maestro se dispone a impartirles, será preparar los corazones de quienes se califican “hijos del creyente Abraham” pero que rehúsan aceptar al Enviado del Padre: Cristo Jesús, la misma Palabra de Dios encarnada. La incredulidad que hoy nos aqueja, hasta en el mismo interior de la Iglesia, se asemeja a la que Jesús comprueba entonces en el pueblo “elegido”. Es preciso volver a escuchar la Palabra que los Apóstoles, hoy, como siempre, transmiten “con gran valor”. También, en la actualidad, sus sucesores deben aplicar con “gran valor” el Evangelio. Las exigencias de la Palabra son tan apremiantes que atraen el odio y la persecución contra sus transmisores. No obstante, es preciso no bajar los brazos y, al modo de San Juan Bautista, insistir con una predicación directa, simple y cuestionadora. Dejar de proclamar el Evangelio es dejar de ofrecer la Verdad a un mundo sumido en el error y en la corrupción. Todos los cristianos están enviados, mediante la propia vida de santidad, a ser testigos insobornables de Quien es la Palabra de Dios encarnada. El Bautismo nos identifica con Cristo y nos capacita para la misión que Él mismo recibió de su Padre. A medida que avanzamos en el conocimiento de Jesucristo, orientados por los cuatro evangelistas y las Cartas apostólicas, nuestra vida de fe se convierte en el sendero al Cielo. La revelación de este misterio, constituye un foco luminoso para nuestro peregrinaje al destino definitivo, iniciado en la tierra. La confusión y la desorientación, que hoy nos caracteriza, se disiparán de inmediato al aceptar a Cristo en la ordinariez de nuestra vida. Es cuestión de decidirlo y conformarse con sus exigencias. Es una tarea ininterrumpida, que constituye “lo único necesario”. Descuidada, con harta frecuencia, a veces desechada o menospreciada, se la considera inútil y, por lo mismo, sin interés práctico para la vida en el mundo. La fe produce un cambio sustancial de valoración. El ser humano, presentado en sociedad, excluye lo religioso, o lo minimiza, hasta volverlo invisible. Las agresiones de las ideologías contra la fe, adquieren dimensiones de una crueldad inimaginable. Quienes, como San Pablo, se empeñan en el buen combate de la fe, obtienen la victoria final, aquí y en la eternidad. La gracia desempeña su misión transformadora.

3.- Una Iglesia consciente de su misión. Tanto la predicación como la catequesis son irremplazables en el logro de esa nueva valoración. Implican mucha reflexión y más oración. Si las descuidamos, o las desplazamos del centro de nuestra atención, corremos el riesgo de restarles la gravitación que Jesús y los Apóstoles le atribuyen. Toda la Iglesia, en virtud del sagrado ministerio y de la misión conferida por Cristo, asume una responsabilidad invalorable en el cambio de mentalidad, que tanto necesita la sociedad. Cuando nos referimos a ”toda la Iglesia” entendemos a todos y a cada uno de los bautizados. Una Iglesia consciente de su misión hace sentir su presencia entre sus coetáneos. Si la fe se debilita, los cristianos pierden significación y el culto que profesan no es valorado como proyecto de vida. La santidad, cuyo testimonio el mundo necesita, para plantearse la vida de fe como alternativa válida, debe ser reconocida como llamado y posibilidad. Es entonces cuando la fe no constituye una alternativa entre otras, sino el sendero a la única Verdad. No es fanatismo religioso considerar a Cristo como único Camino que conduce a la Verdad y a la Vida. Los Apóstoles, y la Iglesia, en ellos fundada, así presentan a Jesucristo, porque así se presenta Él mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino por mi”. (Juan 14, 5) Nadie, por lo mismo, llega a la verdad sino por Él. Mal encaminados van quienes, engolosinados con sus fatuos hallazgos ideológicos, desechan el sendero que Dios les ofrece. Único, no uno más entre otros. Jesús se identifica como el Camino, que conduce a la Verdad y a la Vida, las que también lo identifican. Todas las filosofías manifiestan un deseo de verdad, con el fin de que la vida de los seres pensantes sea regida por la Verdad. Se transitan senderos que conducen a un desalentador vacío existencial. Algunos filósofos contemporáneos hacen, de ese vacío, una profesión casi religiosa. Uno de sus exponentes es Jean Paul Sartre: fallecido en 1980. Francés y, en consecuencia, influenciado por el cristianismo, no obstante, opuesto intelectualmente a la fe de su Bautismo. En estos personajes, destacados por su excepcional capacidad intelectual, todo el mundo se halla implicado. Su común denominador es el intento de búsqueda de la Verdad. Cristo es la Verdad que el mundo necesita encontrar, en medio de sus intransitables y abruptos caminos. San Agustín, exponente de esa búsqueda infatigable, afirmaba que el corazón no halla descanso sino en Dios, (en Cristo que es la “Verdad”).

4.- La fe se manifiesta en la misión evangelizadora. La fe trasciende toda expresión de culto, se manifiesta en la misión evangelizadora. No creemos de verdad, si no damos testimonio de la fe en la que creemos. San Pablo lo enseña con acierto: “Pero teniendo ese mismo espíritu de fe, del que dice la Escritura: Creí, y por eso hablé, también nosotros creemos, y por lo tanto, hablamos”. (2 Corintios 4, 13) La fe es contagiosa, y causa una visión nueva de las realidades terrestres y celestiales. De allí la necesidad del testimonio de quienes creen, si creen de verdad. Tomás no es el único incrédulo que busca la verdad, vista y tocada. Todo incrédulo lo demanda a quienes hablan porque creen. Es necesario que, como cristianos, respondamos a ese irritante reclamo del mundo contemporáneo. Toda expresión apologética necesita más la fe sincera del apologeta que su lúcida exposición doctrinal. El padre Enrique Lacordaire OP, amigo del Santo Cura de Ars, respondió a los oyentes admirados de la calidad de sus exposiciones en “Notre Dame” de París, con una humilde confesión: “Es verdad que mis oyentes se agolpan para verme y escucharme, hasta treparse en los confesonarios, pero cuando habla el Santo Cura de Ars, sus oyentes se meten en el confesionario (se convierten)”. Conmovedora confesión del prestigioso teólogo.