DOMINGO 15 DURANTE EL AÑO – Ciclo A

16 de julio de 2023

Mateo 13, 1-23

 

1.-    El lenguaje de las parábolas.   El lenguaje de las parábolas mantiene expectantes a los simples de corazón y suscita reacciones adversas a quienes pretender saberlo todo. Jesús va en busca del pecador para asegurarle que su pecado, por más grave que sea, podrá ser perdonado por el Padre. Él mismo garantiza ese perdón, aceptando la Cruz: “¡Padre, perdónalos!”. Su lenguaje, con su apariencia discriminadora, no hace más que destacar cómo debe ser aceptada la Palabra, y con ella el perdón: “Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden”. (Mateo 13, 13) ¿Quiénes no ven ni escuchan? Quienes mantienen el corazón cerrado a todo cambio de vida. La soberbia, causada por el pecado, incapacita para conocer y entender a Dios. Su Palabra debe ser recibida con humildad y sincera disposición a la renuncia y al cambio. De otra manera no será comprendida ni obedecida. Existe  la necesidad de una actividad pre evangelizadora, que prepara el corazón para el anuncio de la Palabra.

 

2.-   El Sembrador de la Palabra.   La parábola del sembrador ofrece una visión realista, no sujeta a condiciones ideológicas, del auténtico proceso evangelizador: “El sembrador salió a sembrar”. (Mateo 13, 3) La semilla es buena, pero varía la calidad del terreno. El sembrador esparce la semilla buena sobre todo el terreno. La clasificación, descrita magistralmente por Jesús, señala la mala o buena disposición del corazón humano para recibir la semilla de la Palabra. Así lo explica a los discípulos: “Los discípulos se acercaron y le dijeron: ¿Por qué les hablas por medio de parábolas?…” (Mateo 13, 10) Con claridad y paciencia, Jesús les explica la parábola. Aquellos corazones han cambiado en contacto con Él. Se han convertido en tierra fecunda, dispuesta para que la semilla fructifique en santidad: “produce, ya sea el cien, ya sesenta, y ya el treinta por uno”. (Mateo 13, 23) El mundo es un muestreo del campo descrito en la parábola. A veces parece prevalecer la tipología del terreno mal dispuesto. Basta una mirada franca para cerciorarnos de que el pecado está peligrosamente activo en la sociedad que componemos. ¡Tanta maldad provocada por el “hombre viejo”! La necesidad, del “Hombre nuevo”, que personifica Cristo, se hace urgente e insistente.

 

3.-   Remover el terreno, para que la semilla fructifique.   Es preciso remover la tierra y lograr que sea fértil, y la semilla fructifique, esparcida sobre quienes quieran recibirla. La remoción del terreno encuentra una enorme resistencia en nuestra conflictiva actualidad. Corregir errores, abandonar malos hábitos y decidir un cambio que extirpe las formas más sofisticadas del egoísmo, es remover la tierra contaminada por las espinas y malezas. Pasar del símbolo a lo simbolizado requiere una abnegación a toda prueba. Jesús no deja de abrir el panorama de la abnegación como camino para seguirlo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. (Mateo 16, 24) Que nadie rechace su propia cruz, más bien que la abrace como Jesús abrazó la suya. Cruz de las personales limitaciones, de la renuncia al pecado, de los olvidos y de la soledad. Se produce una forma “cultural” en la que la abnegación y el sacrificio no encuentran lugar. Consiste en la búsqueda desenfrenada del placer por el placer. El facilismo se constituye en norma para adquirir fortuna y poder. Un veneno idolátrico, capaz de regir la conducta personal y social. Es la hora de aplicar el único antídoto: la gracia de Cristo.

 

4.-   El trabajo de remover la tierra.   La tarea evangelizadora de la Iglesia comprende esa previa remoción del terreno en los corazones, incluso en los más endurecidos por el pecado. Es el empeño modelado por San Juan Bautista, preparando la llegada de la Palabra. Hace algunas semanas recordábamos el nacimiento del Precursor; admirable voz de la Palabra. ¿No es lo que debemos ser los cristianos, desde la unidad de la Iglesia? ¿Lo somos? Esa preparación o remoción es ineludible si nos proponemos revitalizar la misión evangelizadora de la Iglesia. Las circunstancias históricas, que nos afligen, constituyen un desafío de Dios y del mundo. Se impone que respondamos a él, humilde y laboriosamente.