DOMINGO 14 DURANTE EL AÑO – Ciclo B

7 de julio de 2024
Marcos 6, 1-6ª

1.- El Magisterio de Jesús. Jesús es el Maestro y no puede dejar de enseñar. Lo hace en toda ocasión y lugar. En este caso: en el día sábado y en la sinagoga de su pueblo. Allí están sus familiares y vecinos. Es escuchado con admiración y enorme sorpresa: “¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? (Marcos 6, 3) Jesús es constituido en Maestro cuando, en ocasión de la Transfiguración, el Padre identifica a su Hijo y nos exhorta a escucharlo: “Este es mi Hijo, el Elegido, ¡escúchenlo!” (Lucas 9, 35) Él es la Palabra y la Sabiduría de Dios, que se acerca al mundo en carne mortal, y se ofrece a resolver las necesidades de cada persona. Para ello, será preciso predisponernos a darle cabida en nuestra vida. Tarea simple y, no obstante, difícil y dolorosa. El empeño que apliquemos en ella es imprescindible, aunque no es lo principal. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, afirmaba San Agustín. En el Universo creado, Dios estableció que el hombre fuera su colaborador. En el Universo redimido ocurre lo mismo. Creándonos, Dios realiza lo más importante, ocurre lo mismo redimiéndonos. Somos sus subalternos y nos hacemos cargo de lo que nos encomienda. Jesús es el Hombre nuevo, modelo y paradigma del hombre que debe regir el mundo nuevo. Es inútil que perdamos el tiempo en la fabricación de modernos ídolos. El gran desafío que debieron enfrentar los Apóstoles y la primitiva Iglesia consistió hacer que los gentiles pasaran de los ídolos a Dios. Con una versión actual de los ídolos, adueñados también del mundo cristiano, se tendrá que ejecutar otro proceso de conversión de los ídolos al Dios verdadero. Es el propósito de la evangelización. Es necesario crear conciencia de esa situación que invade nuestro presente y amenaza nuestro futuro. La Palabra de Dios, que proclamamos y celebramos, iluminará nuestra conciencia de bautizados. Por eso acudimos a Ella de la mano de la Iglesia, y del magisterio de los Apóstoles que la rige.

2.- La santidad de Cristo frente a un mundo incrédulo y sorprendido. La sabiduría de Cristo es transmitida a su Iglesia Santa. En sus Pastores y en sus santos se vuelve a presentar a un mundo incrédulo y sorprendido. Los méritos personales de los ministros no son los que garantizan la eficacia de la acción evangelizadora, sino Cristo, la Palabra eterna. Pero, para que Cristo pueda realizar la salvación, reclama, además de la santidad de los medios sacramentales – de los que ha proveído a la Institución – también la santidad de sus miembros. Cuánto más santos son los bautizados, mayor es el flujo de gracia que actúa – aun trabajosamente – en quienes se relacionan con ellos. La experiencia de los siglos confirma esta aseveración. Nos conmueve la presencia de los santos, con diversos carismas, todos ellos al servicio de la identidad y misión de la Iglesia. La ausencia de la santidad de los cristianos conspira contra el éxito de la evangelización. La tarea educativa de Jesús – en el interior del Colegio apostólico – desempeña un rol imprescindible en la formación de sus discípulos. Es el Maestro, a través del cual, el Santo Espíritu ilustra y santifica a quienes serán los herederos de su Ministerio: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes”. (Juan 20, 21) Así los prepara, no importan las condiciones intelectuales y morales en las que se encuentren. Allí está el joven puro Juan, el atropellado Pedro y el ladrón Judas; si atienden a su ejemplo y a su enseñanza serán, con Él, los pilares del Reino. Conocemos que lo logra en once de ellos. No en Judas Iscariote, que lleva su incalificable ambición a la traición. Hoy, como entonces, es Cristo el Maestro y santificador de los santos. La intención de la predicación apostólica es que, los llamados a la Escuela de santidad del Divino Maestro, convivan con Él. Es imprescindible esa convivencia, la fecundidad del ministerio sagrado depende de ella. Así lo entendió Pedro, en diálogo con Jesús resucitado, a orillas del mar de Galilea. El ministerio de Pedro depende de su amor incondicional a Cristo. También lo será para quienes comparten su misión pastoral. Hoy, como entonces, necesitamos que esa convivencia con Cristo se consolide y crezca. De ella depende que el mundo reciba la Palabra y se conforme con ella. Que la Iglesia de Cristo se afiance, sobre los cimientos que el Señor le proporciona: los Apóstoles y los Profetas. Equivalen al ministerio y a los carismas.

3.- La iglesia fundada en los Apóstoles y Profetas. La Iglesia, como bien lo expresa San Pablo, se apoya en ellos: “Ustedes están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo“. (Efesios 2, 20) Es preciso actualizar constantemente la memoria de ese evangélico fundamento. De esa manera no perderemos nuestra ubicación y podremos corregir los errores, y recuperar nuestra orientación en medio de tanta confusión. Es lamentable y muy triste lo que acaba de ocurrir en un Monasterio de Clarisas de la Arquidiócesis de Burgos (España). Han puesto en cuestión la legitimidad del Papa Francisco, mal asesoradas por un sacerdote previamente excomulgado. Ciertamente se ha producido, en personas que dedican sus vidas a la contemplación, una grave deformación de la fe produce la lamentable e incomprensible rebelión que afecta a hijas de San Francisco y de Santa Clara. Desafiada la fe, es preciso desarrollar su contenido, superando las más graves y actuales tentaciones. La gracia de Cristo sostiene la fidelidad de sus discípulos. Mientras mantengan la comunión con Él, mediante un amor intenso e incondicional, la adhesión a la Iglesia no correrá peligro. De otra manera se producirán dolorosas manifestaciones cismáticas que escandalizan al mundo aún no creyente. La historia de la Iglesia es una verdadera experiencia de vida que trasciende todas las épocas. El mundo no creyente la observa sin conocerla, por ello la confunde y menosprecia. Aunque seamos reiterativos, debemos reconocer que los buenos cristianos – los santos – son quienes muestran, con absoluta autenticidad, la identidad de la Iglesia. Hasta los más incrédulos, recibiendo el impacto de la santidad de los cristianos, replantean su inveterada carencia de fe. Es la humilde misión de los Pastores, promover la santidad entre los bautizados. Únicamente los santos, son quienes alientan a la santidad a sus hermanos. Ser santo es la voluntad de Dios y una necesaria misión al servicio de la Iglesia y del mundo. Por lo mismo, no constituye un privilegio social, destinado a encumbrar a seres de excepcional virtud. Los santos son hermanos cristianos que ya están, con Cristo, “a la diestra del Padre”. Allí nos esperan, con Jesús, para alcanzar la perfección del Padre (el amor). Nacen aquí, entre imperfecciones y fallas, en las mismas entrañas del mundo. Es la gracia de Cristo, la que santifica a quienes deciden, por la conversión y la penitencia, practicar la fe, la esperanza y la caridad.

4.- La práctica heroica de las virtudes cristianas. La vida cristiana se destaca por la vivencia de esas virtudes llamadas “teologales”. Los miembros de la Iglesia deben llevarlas a la heroicidad. Así lo entendieron los santos y se dedicaron a practicarlas sin pausa – en el transcurso de sus vidas – a partir de la conversión. Sus biografías son apasionantes y generadoras de nuevas inspiraciones a la santidad. San Ignacio de Loyola decidió su propio camino de santidad al remplazar sus novelones de caballería por la lectura de las historias de los santos. La comunión fraterna crea un clima propicio para que los hombres y mujeres creyentes se alienten mutuamente a la santidad