La Fraternidad

LA FRATERNIDAD

Tema expuesto

En el Encuentro Anual

del Instituto Secular “Fraternidad Franciscana”

Córdoba, febrero de 2018

Mons. Domingo S. Castagna

Arzobispo emérito de Corrientes

1.- Fraternidad y convivencia. Antes de iniciar nuestra reflexión es oportuno que distingamos la fraternidad de la mera convivencia bajo un mismo techo. Vivir juntos no significa necesariamente ser fraternos. Debiera serlo, porque ése es el propósito de la “vida en común”. La contaminación causada por el egoísmo anula la capacidad de relacionarse como hermanos en un ámbito geográfico común. Existen ejemplos escandalosos de convivientes que se odian o, sin llegar al odio, crean entre ellos un clima de fría indiferencia. La fraternidad supone relación, interés del uno por el otro, amor. Se puede dar a la distancia, con esporádicos encuentros y frecuente comunicación, telefónica o por algún medio de la moderna informática. Debe darse, sin duda, mediante la oración. Durante estos pocos días procuraremos determinar la naturaleza de la fraternidad, como se manifiesta en las relaciones de Jesús con los Doce y con la muchedumbre que acude a Él.

2.- La antisociabilidad del pecado. El pecado, que Jesús – Cordero de Dios – viene a eliminar (o a “quitar”) del mundo, rompe la comunión y aísla a quienes están originariamente destinados a ella. El aislamiento es producto del pecado, que pone a unos al margen de los otros, llegando a la enemistad y al consecuente caos social. Se experimenta a diario, tanto en el interior de cada uno, como en las relaciones con otras personas. El ermitaño auténtico no es un ser aislado; su comunión – desde Dios – se profundiza en la silenciosa relación con los demás. Requiere un esfuerzo personal generoso, que Jesús califica: “renuncia”. El compromiso consiste en hacerse cargo de las propias contradicciones y profundas falencias – cargar la cruz personal – y no salirse del camino trazado por Él: “Después dijo a todos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Lucas 9, 23). La virtud que hace posible esa renuncia y seguimiento de Jesús es la humildad. La soberbia, en sus diversas formas, entorpece todo esfuerzo de comunión. Hace intransitable el sendero que conduce en pos de Él. Por ello, el don de la pobreza de corazón debe ser humildemente suplicado; fruto de la operación de la gracia divina y muy superior a toda “autoconstrucción” psicológica de la personalidad.

3.- La intimidad con el Maestro. La relación personal con Jesús logra una fiel semejanza con Él: “manso y humilde de corazón” (Mateo 11, 29). Cuanto más intensa y frecuente sea esa relación, mayor será la semejanza. Por lo mismo, no es programable como meta humana a conseguir. La conversión, como encuentro e inicio de amistad con Jesucristo, lleva consigo la práctica espontánea del olvido de sí. Los ejemplos de todos los santos demuestran la validez de esta conclusión. A quienes inician una amistad con Jesús, Él mismo les otorga el Espíritu, que constituye con Él y con el Padre, un solo Dios. Al Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, se le atribuye la acción artesanal que hace santos, diversos e irrepetibles. Es el que se ocupa de imprimir en cada persona la imagen ejemplar de Cristo – “el Hombre perfecto” – en quién todo hombre, varón-mujer, encuentra su perfección. El Bautismo es el sacramento que cristifica al que cree: “Partícipe de su muerte y resurrección” (Romanos 6, 5). Todo ser humano está destinado a esa “cristificación”, explícita o anónima.

4.- Cristo es el Camino a la fraternidad. El sendero, que conduce a la fraternidad, está debidamente despejado. Cristo se identifica con él (“Yo soy el Camino”), con el fin de que lo recorramos, en la impregnación de sus virtudes de pobreza y humildad. La única forma de “andarlo” es recibir de Él el Espíritu, como devolución a nuestra permanencia en Él y a la decisión de atender dócilmente su enseñanza. En ese “estar” corremos el riesgo de desalentarnos y creer que no hacemos nada útil. Es entonces cuando debemos acudir al acopio secreto de nuestra pobreza interior. “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”, decía San Pablo (2 Corintios 12, 10). La causa de esa fortaleza, en la debilidad, es la acción de Dios, que se manifiesta mucho más libre cuando no interferimos con nuestra pretensión de disponer de una inexistente fortaleza propia. Como siempre, únicamente los humildes otorgan a Dios la libertad para realizar, en ellos, su exclusiva obra de santificación.

5.- Porque Dios es nuestro Padre, nosotros somos hermanos. La fraternidad es don de Dios, como la vida. Supone el logro de un estado de comunión en el que únicamente Dios posee la iniciativa. Nuestra fraternidad se entiende gracias a su paternidad. Porque Dios es nuestro Padre – “el Padre de nuestra vida” (Beato Pablo VI) – nosotros somos hermanos. La ausencia de fraternidad en nuestro mundo violento indica hasta qué grado Dios ha sido expulsado del mismo. El pecado constituye la diabólica decisión de desalojar a Dios de la sociedad: de su organización política, de su justicia, de las relaciones primarias entre las personas, comenzando por la familia. Hasta que Dios no sea devuelto al lugar que le corresponde, no se logrará restablecer el equilibrio perdido por causa del pecado. La fraternidad, a la que nos referimos, es espacio familiar, reedificado amorosamente por Jesús, para ser la indestructible Casa común de los hijos de Dios. En ella se anudan los lazos fraternales más fuertes y definitivos.

6.- Profetismo de la Fraternidad. La Vida Consagrada es profética y sacerdotal: anuncia y celebra el restablecimiento del amor filial y fraterno, gravemente herido por el pecado. Jesús vino para lograr esa urgente rehabilitación. Lo hace suscitando formas de vida que actúan de fermento transformador y que se introducen en la historia para reorientar a los hombres a Dios. Es la misión evangelizadora de la Vida Consagrada, expresión “elocuente” de la Vida bautismal. Es como debemos considerar nuestro estado de vida en la Iglesia: Ministerio sacerdotal, Vida Consagrada y Vida laical (en las diversas y variadas manifestaciones de su temporalidad). Todas ellas están enlazadas por la exigencia de la práctica de las virtudes cristianas, que conducen a la santidad. No importa por qué sendero, mientras el camino oriente a Dios, Artífice de la santidad de los devenidos pobres y humildes de corazón. La Vida Consagrada está inspirada por Dios, a quienes son elegidos para hacerla propia, entre los desafíos provocados por alternativas diversas, hasta contradictorias, de la temporalidad.

7.- El mundo desafía a los cristianos (y a la VC). El gran desafiante es el mundo, como teatro de la historia humana, constituido en espacio donde debe jugarse el destino de las personas, fruto final de sus opciones libres. ¿Es así como lo entienden habitualmente los hombres y mujeres de nuestro tiempo? Estimo, con alarma, que no. Observo que, sin auto exámenes oportunos, mucha gente vive sumergida en la trivialidad, sin idea de trascendencia y, en consecuencia, sin la mínima referencia a Dios y a su absoluta necesidad. Es un mundo que necesita ser notificado del acontecimiento pascual, causado por la Encarnación del Hijo de Dios, y coronado por la Resurrección. Mientras rehúya atenderlo respetuosamente seguirá dando tumbos y no acertará con el sendero adecuado. En la base de esa inocultable desatención existe un estado de ignorancia e insensibilidad, sólo superado por el testimonio de quienes “viven de la fe” y, por ello, son justos. Son los testigos del acontecimiento, herederos de sus originales testigos: los Apóstoles. Esa línea de transmisión garantiza su autenticidad.

8.- La fraternidad es fruto y expresión de la Iglesia. Nuestra fraternidad debe constituirse en paradigma de la que nuestros conciudadanos intentan. Está destinada a ser expresión inequívoca de la Iglesia. Ésta lo es universalizando su mensaje y haciendo sentir la eficacia de la gracia en las situaciones más conflictivas del mundo actual. Signo e instrumento de concordia y unidad, eso es la Iglesia en la mente de su divino Creador. Al ser la Fraternidad su fruto inmediato y expresión, se puede dimensionar, con bastante exactitud, su trascendencia misionera. Desde la inteligencia que Jesús infunde, a sus más cercanos discípulos, es posible aproximarse a ella. Para ello es preciso introducirse en su escuela – de la que es único Maestro – y aplicarse como observantes discípulos. La Iglesia es el ámbito de su escuela, ya que en ella, el Señor ofrece el texto íntegro de las Santas Escrituras y el don del Espíritu. Leer la Palabra y recibir su Espíritu es la tarea a la que debe dedicar todo su esfuerzo el discípulo. De esa manera se produce en él una verdadera conformación con su Maestro: Hijo del Padre y Hermano entrañable de los hombres.

9.- Nuestro amor a Dios se prueba en la fraternidad. La experiencia de fraternidad revela el grado de la fidelidad a Cristo. El amor, parámetro con el que todos serán juzgados, exige expresarse en la vivencia de la fraternidad. La causa de dicha fraternidad es el amor a Cristo, quien se declara identificado personalmente con cada hombre: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. (Mateo 25, 40). La Fraternidad Franciscana se afirma, como carisma alentado por el “poverello” de Asís, para que “el mundo crea” y la fraternidad se proponga y establezca como ideal social. Hemos escuchado discursos de dirigentes políticos y gremiales que ponderan la excelencia de la “fraternidad”, en proyectos bien discurseados, hasta con una cierta tonalidad romántica. No obstante, en el mundo se agrava la división y se espesa el clima del odio. Únicamente la gracia de Cristo puede revertir esa situación. De otro modo el mundo seguirá de mal en peor. Para recibir el beneficio de su gracia es preciso conocerlo e iniciar con Él una auténtica amistad.

10.- Excluye la soberbia y el egoísmo. La fraternidad que intentamos de nuestro Instituto Secular se funda en el amor verdadero y, como consecuencia, excluye la soberbia y el egoísmo. Sólo es posible mediante el conocimiento de Jesús y su amistad. Supone haber recibido la Buena Nueva acerca del Misterio de Cristo, por el ministerio apostólico, que la Iglesia ha heredado de su Maestro resucitado, en el lejano día de la Ascensión. Ese ministerio es inseparable del testimonio y de la predicación que los sucesores de los Apóstoles – con sus comunidades de bautizados – deben actualizar sin interrupción. Recordemos que para los Doce y San Pablo la predicación del Misterio de Cristo Resucitado constituye la razón de ser de la presencia misionera de la Iglesia en el mundo: “Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión”. (1 Corintios 9, 16-17). Existimos como Iglesia para predicar y testimoniar – por una vida santa – lo predicado.

11.- Ejemplo de San Francisco. Me permito ahondar en el misterio de esa necesaria relación con Jesucristo. San Francisco de Asís la cultiva, sustrayéndola a toda distracción. Gracias a ella aprende a ser hermano de todos (universal), especialmente de los marginados por causa de la pobreza y de la enfermedad (los leprosos). No necesita erigir una cátedra, le basta empeñarse en ser como Jesús: pobre y fraterno. De esa manera se inscribe entre quienes comprenden que la evangelización se transmite, exclusivamente, a través del testimonio de una vida santa. Para el Santo consiste en dar aquel silencioso testimonio. En una ocasión, recorre las calles de Asís, con el propósito explícito de predicar, sin decir una palabra. Es obvio preguntarse: ¿De dónde procede su poder de convicción? De la gracia de Cristo, sorbida en el manantial de la contemplación simple y penitente. Es entonces cuando el Espíritu Santo cumple su obra artesanal de santidad. “Por la gracia de Dios soy lo que soy” afirma humildemente San Pablo. La gracia realiza la obra de transformación en quienes se disponen dócilmente a recibirla.

12.- Los medios oportunos. Existen medios que oportunamente deben ser aplicados: la lectura piadosa de la Escritura Santa, la celebración de los sacramentos – particularmente de la Eucaristía – y la oración. A través de ellos, en virtud del ministerio de la Iglesia, se abre el acceso al conocimiento de Cristo, y a la espontánea relación de amor con Él. La teología y la catequesis no dejan de ser una ciencia y un método pedagógico, que intentan la difícil formulación doctrinal del Misterio de Dios encarnado. No logran el bien sobrenatural que intentan mientras no confluyan en una relación de amor personal con Él. Para ello será preciso cultivar la oración mental. Así llamada, como forma de contemplación y quietud, donde el amor profesado silenciosamente constituye la principal actividad. No basta la oración vocal y la Liturgia cuidadosamente ejecutada. Jesús invita a sus curiosos interlocutores a estar con Él, a saber cuál es el recinto de su divina intimidad: “Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían (dos discípulos del Bautista), les preguntó: ‘¿Qué quieren?’. Ellos le respondieron: ‘Rabbí – que traducido significa Maestro, – ¿dónde vives?’. ‘Vengan y lo verán’, les dijo. Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él ese día. Eran alrededor de las cuatro de la tarde”. (Juan 1, 38-39)

13.- El secreto: preferirlo sobre todo y todos. El despojo, o renuncia a sí mismo, es el paso necesario para iniciar esa necesaria relación. No se puede entrar en su intimidad sin el esfuerzo generoso de despojarse de todo lo propio. Mientras persista el comportamiento egoísta – idolátrica postración ante el propio yo – el mismo hombre se constituye en el principal obstáculo a la amistad con Dios. En la práctica de la oración mental – o contemplación – se logra transformar “el corazón de piedra en un corazón de carne”, sensible a los movimientos de la gracia, hasta la perfecta conformación con Él: “manso y humilde de corazón” (Mateo 11, 29). El secreto está en preferirlo a Él sobre todos y todo: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. (Mateo 10, 37-39). En otras ocasiones el mismo Señor afirma que es deber de sus seguidores el amor mutuo, incluso a los enemigos y perseguidores, “como Él los ama”. Preferirlo, a todos y a todo, es el cumplimiento estricto del primer mandamiento.

14.- La necesidad de la gracia de Cristo. No se puede adoptar el estilo de vida, que Jesús inaugura, sin la gracia dimanada de su heroica relación con el Padre y con los hombres. Únicamente se logra en la oración, como relación de amor. Es cuando otorga el Espíritu: Artífice de la santidad de sus seguidores. La fraternidad surge como fruto de la gracia. La reiterada promesa del don del Espíritu responde a la necesidad de la gracia, que crea todas las cosas y a la que se atribuye la misión divina de perdonar y santificar a quienes han pecado. San Francisco franquea su interior a la gracia, descubierta en el encuentro e intimidad con su Maestro y Señor. La fraternidad que el Santo pone en práctica no procede de su natural bueno o de la delicada educación que recibió de Doña Pica, su madre. Es don del Cristo pobre y obediente al Padre que se le manifiesta, no como espectáculo extraordinario sino como un toque íntimo y simple. Experimenta un cambio interior que lo aleja del egoísmo de sus desvaríos juveniles y lo proyecta, a ejemplo de su amado Maestro, al servicio humilde de los más pobres y marginados de Asís, su ciudad natal: presumida y orgullosa de sus riquezas y nobleza.

15.- La oración crea un ámbito para que actúe la gracia. El tema referido a la necesidad de la gracia ofrece a la reflexión un suministro inagotable de luz. También se comprueba que la gracia no es una conquista personal, sino un don absolutamente gratuito de Jesús. Así lo entienden los Apóstoles y los santos de todas las épocas. Me referiré ahora a la urgencia de crear el ámbito adecuado para que la gracia sea eficaz en la vida de cada uno. Es la oración, por la que se establece una relación de amor con el Señor. El encuentro con Dios es inseparable de la oración. De otra manera consistiría en un acuerdo intelectual con la mediación de un buen profesor de teología, sin mayor trascendencia en la vida personal y social. Dedicar prolongados tiempos a la oración silenciosa – a estar con Él, – se constituye en una necesidad para lograr testimoniarlo al mundo: “Después subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él, y Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar…(Marcos 3, 13-14). “Dejarlo hacer a Dios” es consentir en la operación de su gracia. Sin duda, la gracia procede del Misterio Pascual o de Cristo resucitado. El esmero apostólico por anunciar la Resurrección de Jesús responde a la necesidad que tienen los hombres de su gracia redentora: “porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo”. (Juan 1, 17)

16.- La fraternidad a distancia. La modelación que causa el Espíritu-Artífice no se sale de su espacio propio: la oración contemplativa. Al examinar el comportamiento de los santos, se advierte cómo procede Dios en ellos. Son grandes orantes. Incluso aquellos cuya misión les exige una actividad caritativa excepcional. Recuerdo las historias de algunos de ellos: San Vicente de Paúl, San Juan Bosco, Santa Teresa de Calcuta y San Luis Orione. Todos ellos extraen, de la intimidad constante con Jesús, la luz y la fortaleza para desarrollar la actividad sobrehumana que caracteriza y define su peculiar forma de santidad. El Señor reclama su derecho de autor en la santificación de estos heroicos testigos de la fe. Él hace lo suyo, que nadie – personas o instituciones – puede lograr fuera de Él. La vivencia de la fraternidad es fruto exclusivo de su gracia divina. Por ello, necesita un gran espacio de oración contemplativa. La fraternidad, concretada en la convivencia, aún a la distancia, expresa el grado de la oración de quienes la integran. Se da al revés, cuando la fraternidad se desdibuja, en claras expresiones de enemistad o de indiferencia. Es motivo para un profundo examen de conciencia, personal y comunitario.

17.- Fraternidad y soledad. La peculiaridad de la Vida Consagrada en la secularidad aborda un desafío ineludible: la soledad. Las hermanas de la Fraternidad Franciscana – en su mayoría – viven solas o en un entorno familiar ajeno a su consagración. Aunque sea imposible la vida en común, en un mismo espacio geográfico, su vocación les exige que establezcan lazos fraternos con sus hermanas de consagración. ¿Cómo lograrlo? He ahí un reclamo urgente a la creatividad. Lo importante es que ninguna se sienta sola. Sé de los esfuerzos que hacen para lograr una real cercanía de unas con otras. El carisma franciscano se caracteriza por su capacidad de entablar esas fraternas relaciones. Pero, su vitalidad y eficacia proceden de la intimidad con Jesús pobre, obediente y casto. Su gracia realiza lo humanamente irrealizable, porque “quita el pecado (el egoísmo)” y hace que cada una viva para las otras, olvidadas de sí. Cuanto más intimidad con el Señor, mayor y más perfecta será la existencia fraterna de las consagradas.

18.- La fraternidad se abre al mundo. La ancianidad y la enfermedad constituyen ocasiones obligadas para el ejercicio de la fraternidad. También lo son, de manera habitual, los inconvenientes y múltiples tribulaciones que aparecen en los acontecimientos que jalonan la vida cotidiana de cada hermana y de otros, del propio entorno, aunque no sean parte del mismo credo y de la misma forma de vida. La fraternidad, de inspiración evangélica y franciscana, se abre al mundo, pero, desde una intensa vivencia “familiar”. Me refiero al testimonio que debe ofrecer la Iglesia – y esta familia de consagradas – a un mundo sumido en el odio y en la violencia fratricida. Su misión es iluminar las mentes de los más equivocados y conducirlos a ser discípulos de Cristo: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos…” (Mateo 28, 19). En ese mandato misionero Jesús expresa la necesidad y la urgencia de la misión apostólica, que se extenderá a quienes por la fe y el bautismo participan del mismo Misterio cristiano. Toda la Iglesia, en consecuencia, está investida de la misión de evangelizar la entera realidad, en la que los hombres juegan su destino y orientan su historia.

19.- Jesucristo, modelo máximo. Hemos presentado un modelo cercano, que testimonia la importancia de la contemplación como relación e intimidad con el Maestro divino: San Francisco de Asís. A él podemos agregar muchos otros – sin salirnos del ámbito franciscano – particularmente a Santa Clara. Sin embargo deseo concentrarme en Quien es nuestro máximo Modelo: Jesucristo. Pocas veces nos detenemos en el método de oración de Jesús; en la piadosa razón que lo asiste durante tantas horas de soledad en el desierto y en el monte. Su auténtica naturaleza humana lo presenta aprendiendo y creciendo, con la única y obvia excepción de la ausencia de todo pecado. Es en continuidad con lo afirmado por el evangelista Lucas, en la etapa de su adolescencia: “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres”. (Lucas 2, 52) No es posible imaginar el “cómo” de ese crecimiento, pero sí que se produce. Por ello es Modelo inigualado de todos los seres humanos: varones y mujeres; niños y jóvenes, promediando la edad y ancianos. Algunos de esos momentos han expresado, como ningún otro, su dramaticidad humana; me refiero a la dolorosísima oración de Getsemaní, en vísperas de su Pasión, que llega a su cumbre en la expiración final de la Cruz. Es allí donde se constituye en Hermano universal y autor de la reconciliación con Dios y entre los hombres.

20.- La Virgen María. La más cercana a Jesús es su Madre Santísima. Imaginemos, a partir de la Anunciación, su estado inefable de contemplación del Dios encarnado en sus entrañas virginales. Es imposible formarnos una idea de aquella relación materno-filial; o la que mantiene aquella sublime criatura con su Creador. Nos queda aceptar en la fe lo que escapa a nuestra imaginación – Mirar lo que no vemos, y aceptar con gozo lo que nuestra mente no logra comprender – la vida cristiana depende de la fe. La Vida consagrada, como forma legítima de la vida bautismal, depende absolutamente de la fe. María es modelo de todo creyente, porque ella lo es en grado eminente. (En otra oportunidad nos hemos referido a la ejemplaridad de la fe de María). Interesa el fruto inmediato de la fe: la relación de amor con Dios, mediante el Hijo divino, que lo revela visiblemente. El amor fraterno, que encarna Jesús, expresado magistralmente por el Apóstol Juan, es fruto bendito de la vivencia del amor a Dios: “El que dice: “Amo a Dios”, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? Este es el mandamiento que hemos recibido de él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano”. (1 Juan 4, 20-21)

21.- El hermano da la vida por su hermano. La utilización del término “hermano” indica en qué grado de la relación personal – con los semejantes – el amor filial (a Dios) se constituye en inspirador del amor fraterno. Inseparables, sin otra forma alternativa de expresión. ¿Es verdad lo que se dice cuando, al referirse al amigo, al colega, al vecino y al familiar, se utiliza el fácil apelativo de “hermano”? Cristo es el Hermano, porque da su vida por aquellos a quienes llama “hermanos”. Así lo entienden los Apóstoles y los santos. Allí está el ideal de la fraternidad a lograr, en seguimiento de Jesús pobre y obediente al Padre. Nos parece natural en Francisco y en los santos. Lo es porque constituye la obra directa y libre de la gracia. Cuando se intenta armar un proyecto, de exclusiva propiedad – aunque bien intencionado – nunca se llega a término. Ocurre al concluir unos Ejercicios Espirituales o en un encuentro de particular intensidad espiritual. Muchos se lamentan de no haber cumplido los buenos propósitos formulados allí. La perseverancia en el consentimiento a la gracia es el consabido “dejar hacer a Dios”. Requiere, de parte del hombre, un esfuerzo ascético irremplazable aunque su logro no depende de él.

22.- La intimidad de Jesús con su Padre. Jesús se sumerge en la soledad del monte o del desierto, dejando la compañía de sus discípulos y el clamoroso trajinar de la muchedumbre. Sabe elegir. El encuentro con su Padre – aun siendo el Hijo en el seno trinitario – le era necesario en su condición humana. Así lo enseña a la sorprendida Marta, saliendo en defensa de María: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por mucha cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”. (Lucas 10, 41-42) Una lección imperecedera, que interpela a todos los creyentes. También a quienes se declaran no serlo. La naturaleza, común a todos los seres humanos – creyentes y ateos – reclama una necesaria referencia a Dios. Muchos hombres y mujeres llegaron del ateísmo a la fe cuando, al experimentar una verdadera “nostalgia de Dios”, emprendieron resueltamente su búsqueda. Muchos de ellos han sido canonizados o beatificados por la Iglesia Católica: Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) y el Beato Carlos de Foucauld. Muchos contemporáneos incrédulos padecen una nostalgia de Dios indescriptible, que se empeñan en ocultar o negar.

23.- Ser hermano, única forma de cerrar la “grieta”. Nuestra misión se cumple dando testimonio de la eficacia de la gracia. En el núcleo esencial de ese testimonio está la vivencia de la fraternidad. Al ser hermanos, al comportarse día a día como tales, se produce la curación de la herida mortal causada por el odio violento, llamada hoy “grieta”, y se abre el camino para construir una sociedad auténticamente “justa y fraterna”. Trascendente la misión de esta forma de “vida consagrada” denominada: “Fraternidad Franciscana”. No puede hoy quedarse al margen de la vida social, aunque muchos políticos, gremialistas y dirigentes sociales quieran ignorar o tergiversar su mensaje. No es preciso acumular recursos que, habitualmente, otorgan poder a los principales señores de la sociedad. El ejemplo de pobreza de Jesús, y de sus seguidores, como Francisco de Asís, excluye la búsqueda compulsiva del dinero y del poder. La seguridad está depositada en el silencioso poder de la gracia, bien definida por San Pablo: como “poder de Dios” (Carta a los Romanos). Cuando el Papa Francisco sueña con una Iglesia “pobre y para los pobres”, no hace más que formular – para la actualidad – la misma palabra y opción de Jesús. Es, en esa verdad formulada por la misma Palabra encarnada, donde hallamos lo que necesitamos para construir un mundo sólidamente fundado en la Verdad. Fuera de ella se produce la incertidumbre y el error, que conducen al caos y al despiste trágico.

24.- La “fraternidad” es el aporte de la Iglesia a la paz. Es oportuno cerrar ahora esta extensa reflexión. La Iglesia necesita fraternidades vivas para cumplir eficazmente su misión evangelizadora en esta convulsionada sociedad. Es preciso observar lo que hemos meditado. Cristo pobre es hoy, como para Francisco en su tiempo, el dador del Espíritu, vale decir, de la gracia que modela el ser fraterno de cada miembro de la Fraternidad (y de la sociedad). Su centralidad se vuelve imprescindible en las situaciones críticas de una población tan infiltrada por sistemas y corrientes ideológicamente contradictorias. La Iglesia necesita cobrar conciencia de su responsabilidad ante el mundo actual. Ha despertado, hace más de cincuenta años, al celebrar el Concilio Vaticano Segundo. Se fue afianzando, en el transcurso de casi veinte siglos, al ser portadora de la Buena Nueva, reclamada por los acontecimientos dramáticos que reclamaron su invalorable presencia. Su misión no siempre fue correctamente interpretada – tampoco hoy – suscitando diversas reacciones, anunciadas por el mismo Jesús. La más grave, ciertamente no fue la persecución sangrienta sino el intento de enmudecerla y convertirla en una entidad extraña a sus principales acontecimientos. Dios, como lo suele hacer, interviene para hacerla sentir viviente en un gran número de testigos del poder de su gracia, que son bien calificados “santos”.

25.- La necesidad de la fe. Aunque hemos reflexionado, en diversas oportunidades, sobre la importancia de la fe, es conveniente volver a ella. La fraternidad no es comprensible sin una referencia a Cristo, particularmente en las actuales circunstancias. Jesús expresa, en un tono dolorido y preocupado: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lucas 18, 8) ¡Qué actualidad obtienen estas palabras! La relación con Cristo, necesaria para el suministro de la gracia, supone la vivencia de la fe en su divinidad y la certeza que proporciona su presencia activa. La fe consiste en creer en Dios y en Él: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí”. (Juan 14, 1) La fe requiere el ejercicio de la renuncia a comprender lo que no se ve o a ver lo que no se comprende. El creyente no ve a Cristo pero, sabe que está presente y adopta signos sensiblemente asequibles para que los hombres accedan a Él. “Signos” que pone la Iglesia en el desempeño de su universal misión: la Palabra, expuesta mediante la predicación y celebrada por los sacramentos.

26.- Creer para enseñar a creer. Estar con Jesús, cumpliendo su deseo, es pensar constantemente en Él y repetir la expresión espontánea del Apóstol Tomás, vuelto a la humildad de la fe: “¡Señor mío y Dios mío!” Aquel incrédulo convertido enseña a creer a los incrédulos. Su misión, como Apóstol, será enseñar a los hombres a creer. Sólo quien aprende a creer – quizás tan dolorosamente como él – puede señalar a los otros el sendero de la fe. Los santos ejercen ese magisterio, porque su práctica de la fe es intensa y perseverante. Los Apóstoles transmiten la Palabra y, como santos, la practican, testimonian y enseñan. La amonestación continua de Jesús sigue siempre ese sendero: “Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Mateo 12, 49-50). La gracia de Cristo capacita a quienes creen y fortalece sus voluntades. Moverse en la fe significa mantenerla como referencia principal o no dejar nada de lo cotidiano fuera de su luz. No es fácil cumplir con este propósito cuando lo común es la prescindencia total de la misma fe en la adopción de las decisiones de mayor trascendencia. Por “respeto humano”, o por evitar ser considerado mojigatos, se niega u oculta el contenido del propio credo religioso – mientras Cristo es nuevamente condenado a muerte por el mundo – como lo ha hecho el acobardado Pedro y los dispersos discípulos, en vísperas de la Pasión.

27.- Transparencia y coherencia. Es muy provechoso examinar, a la luz de la fe en Cristo, los criterios y decisiones que se adoptan en cada momento. ¿Corresponde o no a la fe que se profesa formalmente? Se comprueba que, con frecuencia, aparecen contradicciones devaluantes de la verdad religiosa, que muchos dicen profesar como propia. Una de las exigencias mayores del Evangelio es la transparencia. La severidad con que Jesús objeta la hipocresía de los fariseos se vuelve sentenciosa y proverbial. Finalmente, confabulados con los sacerdotes y escribas, logran llevarlo a un calumnioso juicio y a la muerte en cruz. La enseñanza que imparte el Señor obtiene su definitiva confirmación con la Resurrección. Sus actuales creyentes viven de la fe en Él y, por lo mismo, de la seguridad inspirada por la palabra apostólica y por el testimonio de santidad de la Iglesia. La Vida Consagrada se constituye en “testimonio de santidad” y, como consecuencia, en condición “sine qua non” (sin la cual no) para que la acción evangelizadora ofrezca al mundo garantía de autenticidad. Su ausencia, aunque no invalide el protagonismo del Espíritu, lo opaca hasta volverlo irreconocible. ¡Qué daño produce en los más débiles!

28.- Vivir de la fe es permanecer en su amor. Vivir de la fe es permanecer en el amor a Cristo. Requiere perseverancia en la serena y dulce contemplación. María es modelo, lo es también José, convirtiendo el espacio de Nazaret en el ámbito ideal para la contemplación. No puedo dejar de mencionar la espiritualidad del Beato Carlos de Foucauld. Es allí donde el santo sacerdote y ermitaño vivió la experiencia singular de su carisma. Estar con Jesús, bajo la mirada materna de María y el silencio acogedor de José, constituye el propósito ejemplar del Beato Carlos. Me colma de admiración la familiaridad espiritual que asiste a Francisco de Asís y a Carlos de Foucauld. No se confunden. Se identifican al Modelo común: Cristo pobre y contemplativo del Padre. Es oportuno imitarlos, sin mimetizarlos. Vale la pena dedicar todo el tiempo posible a esta singular actividad personal. Es allí, y en el transcurso de la misma, cuando se aprende “lo único necesario”. Como corolario de nuestra extensa reflexión es conveniente un propósito, único y simple: dejar que la gracia modele el ser fraterno de cada miembro consagrado de nuestro Instituto, a imitación de Jesús y de San Francisco.