JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA

1.- Núcleo de la espiritualidad cristiana. El Papa Francisco expresa así su intención de celebrar un Año de la Misericordia: “Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes”. (Misericordiae Vultus n. 3) Como tema se constituye en núcleo principal de la espiritualidad cristiana. La Encarnación del Hijo de Dios responde al Amor divino, en busca del hombre como persona infinitamente amada. El amor es la razón del abajamiento de Dios, en el Misterio de Cristo, como reacción paterna ante el pecado (y los pecados) del mundo. El mismo Papa señala el rasgo conmovedor de ternura revelado en ese acercamiento sin precedentes. El 8 de diciembre de 2015 se abrió la Puerta Santa “una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entre podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza”. (Ídem) La intención pastoral de la celebración de este Jubileo de la Misericordia resulta de la orientación que el Papa quiso imprimir a su Pontificado. Su Magisterio, desarrollado en Encíclicas, catequesis de los miércoles y numerosas homilías reviste la intención expresa de acercarse al mundo, amado por Dios hasta el extremo de “darle a su Hijo único” (San Juan). La misericordia es exigencia espontánea del amor. La Encarnación, Muerte y Resurrección de Jesús, constituyen el gesto perfecto del amor misericordioso de Dios a los hombres.

2.- Dios nos expresa su amor. Si, por la Misericordia, Dios nos expresa su infinito amor. ¿Cómo dudar del perdón de nuestros pecados si su iniciativa se manifiesta de esa manera? Su Amor no es una romántica declaración, es Él mismo que se ofrece a nosotros, en su Hijo encarnado y crucificado. Conmovedor e inexplicable gesto suyo. San Pablo vivía arrobado ante el Misterio de Cristo en el que se realiza la redención humana. Nos amó antes, cuando el pecado había hecho de nosotros seres monstruosos e inamables. Con un amor tan dadivoso de su propia Vida, hasta el extremo de hacernos partícipes de ella, eliminar nuestros pecados y llevarnos a la santidad. Todos los Santos han alimentado su amor a Cristo en la contemplación de su Encarnación y de su muerte en Cruz. Voy comprendiendo la devoción a la Cruz del Señor. Expresa el amor, sin límites ni fronteras, con el que Dios ama al mundo. Hasta ese extremo!!! Sin duda, a nadie – que no fuera Dios – podría ocurrírsele tal sendero de Redención. Es preciso haber adquirido la pureza de amor, exclusiva de Dios, para elegir ese modo, esa misteriosa “economía”. Es la forma que Dios elige para manifestarse intramundanamente, sobre todo cuando se trata de redimir al hombre de su estado de pecado. La distancia que existe entre la creación de Dios y la facultad creativa del hombre es infinita; desborda la imaginación del más genial científico. Lo importante es lo que Dios hace, no la forma que elija para hacerlo. Nos sorprende San Pablo, destacando la pobreza extrema de los medios elegidos para revelarse personalmente a quienes deben ser enternecidos para la conversión al Dios que los ama hasta “darles a su Unigénito”. Todo como perdón y definitiva reinserción en la Casa paterna abandonada.

3.- El pecado ha deshecho la capacidad de amar. El cambio que la conversión exige, requiere el conocimiento, y el consecuente encuentro, con Quien lo promueve inicialmente. El mal – el pecado – ha causado en la persona humana una pérdida total de sensibilidad para la cercanía y la amistad. El hombre es un malherido en su capacidad de amar y, por lo mismo, de obrar con libertad y de construir una convivencia armónica como la que existe en el interior de la Trinidad. No obstante, su vocación es ser la imagen de Dios: perfecta libertad, amor pleno y ejemplar relación entre las Personas. En esa “insensibilidad” se produce el germen de enemistad con Dios y con los semejantes. La ausencia total de reacción se parece a la muerte. No hay otro que Dios para volver al hombre a la vida y, de esa manera, restaurar la capacidad original de responder a su entrañable amor de Padre. La predicación de Jesús se refiere a este misterio de Misericordia. Para eso vino, lo repetirá sin cesar, para que el mundo sepa que Dios lo ama y que ha elegido, para expresárselo, el drama de la Cruz. ¿No disponía de otro modo para expresar cuánto amaba a su criatura que ese humillante e inhumano suplicio? Es inútil imaginar cualquier otro “modo”, no sería verdadero ya que la verdad es lo que Él hace. Únicamente al hombre se le ocurriría imaginar otra cosa y fingir que existe lo que no existe.

4.- Dios ama a los hombres hasta el extremo de la Cruz. Dios elige la cruz para expresar al hombre cuánto lo ama. Santos, como Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, se conmueven ante el Señor desangrado y muerto. No es la inclemencia del drama – esas heridas abiertas y ese cuerpo deshecho – lo que finalmente estremece la sensibilidad humana. Es su misteriosa capacidad expresiva del amor sin medida. Dios elige lo humanamente inexplicable, lo que nadie en su sano juicio hubiera elegido para decirnos que nos ama. El mismo Jesús afirma: “Nadie tiene amor más grande que quien da su vida por sus amigos”, pero, ¡de esa dolorosa manera! Más sorprende, hasta el estupor, cuando quien da su vida es Dios. ¡¡Es el mismo Creador y Señor, con el Padre y el Espíritu Santo, Dios Eterno y Omnipotente!! El que dispone del derecho a castigar al pecador no quiere otra cosa que perdonarlo y devolverle la vida. La insistencia de la Escritura en definir a Dios como Misericordia, indica su eterno propósito de perdonar y santificar al hombre. La espiritualidad cristiana nace y se perfecciona al ritmo de una creciente confianza en el Amor misericordioso de Dios. Los santos, que emprendieron todos los caminos a la santidad, dedicaron sus esfuerzos a ejercitarse en la confianza y en el abandono. Para ello debieron prescindir de sus seguridades humanas y constituir a Dios en su exclusiva seguridad.

5.- Rendirse a la Misericordia de Dios. La consecuencia del abandono a la acción misericordiosa de Dios es la santidad, obra exclusiva del Espíritu. Rendirse a la Misericordia es el gesto de humildad más profundo y abarcativo. Consiste en abandonar, por completo, todo intento de ser dueño del propio proyecto de vida. “Hacer la voluntad del Padre” no es más que abandonar generosamente todo propósito de protagonizar la individual historia sin contar con Dios. Cuando consentimos con que Dios haga lo que tiene pensado hacer, como María el día asombroso de la Anunciación, se cumple la voluntad misericordiosa y santificadora de Dios. Así los pecadores son perdonados y se convierten en santos. No existe otro sendero. Los santos no son más que “hijos pródigos” estrechados en los brazos tiernos del Padre, exultante de gozo. No son más que Dimas, rendido a la misericordia de Cristo agonizante, en el último instante de la pena merecida y saludablemente aceptada.

6.- La humillación del pecado. La humildad es fruto de la humillación, causada por el propio pecado, en una conciencia que no se miente a sí misma. No puedo enorgullecerme de mis pecados. Si soy honesto debo entristecerme por ellos, hasta observar una dolorosa parálisis, causada por su instalación en mi existencia. Es el momento en el que Cristo me revela la bondad del Padre, dejándose matar por mí. Cristo me manifiesta la solicitud de Dios Padre, que viene a mi encuentro y me declara su firme voluntad de perdonarme y de reintegrarme a la casa familiar. La fiesta que organiza revela el gozo indescriptible causado por mi esperado regreso. Toda la Escritura y, particularmente, el Nuevo Testamento es una amplia exposición de la identidad misericordiosa de Dios. Jesús responde a la crítica farisaica, durante la comida en casa de Mateo, con la parábola más bella de su magistral invención. Me refiero a la del hijo pródigo o “Padre bueno”. Una imagen inmortalizada por el genial pintor holandés y ofrecida contemporáneamente en las diversas reflexiones sobre el tema del Año Jubilar. Nunca más actual esta referencia, destinada a repasar nuestra espiritualidad cristiana y orientarnos a la santidad. ¡Tantos años perdidos! Hemos escuchado a cuantos intentaron hacer una lectura propia de los datos revelados. Los santos, con mayor autoridad que quienes no lo son, vuelven al Evangelio y deciden depender exclusivamente de Jesús y de su Espíritu.

7.- Nadie conoce a Dios sino Cristo. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios; solo él ha visto al Padre”. (Juan 6, 46) Es Cristo quien puede revelarnos la verdadera identidad de Dios, y lo hace mostrándose a Sí mismo como su perfecta transparencia: “El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió”. (Juan 12, 44-45) La respuesta a Felipe reitera el mismo concepto: “El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?” (Juan 14, 9-10). Jesús es la perfecta imagen humana de Dios, Padre misericordioso. Para llegar a la ternura que causa el amor puro de todo egoísmo nos es preciso contemplar a Jesús “entre los hombres”, en todos los momento de su vida temporal: Encarnación, Navidad, vida en Nazaret, vida misionera, muerte en la Cruz y Resurrección. La lectura serena y continua de los Evangelios proporciona el marco adecuado para la contemplación de Dios tal cual es. Santa Teresita del Niño Jesús afirmaba que aún los mejores libros, de los que era asidua lectora, le producían dolores de cabeza, excepto el Evangelio. Su mente, simplificada por la contemplación, no soportaba más que la exposición simple de la Verdad.

8.- Se conoce a Dios en la intimidad con Jesús. Necesitamos llegar a donde los santos llegaron. A la intimidad con Jesús. Es allí donde ven a Dios, Padre todo Misericordia, que no le da asco el más pecador con tal que lo reconozca y vuelva a Él, con la carga humillante de sus pecados, pero, con la esperanza del retorno a casa. Humillado pero no desesperado – habiendo padecido la nostalgia del Padre – puesto en camino sin pretender cambiar sus andrajos para adecentar su imagen empobrecida antes del encuentro deseado y temido. Sabe que su Padre conoce más que él la profundidad de su miseria. Corresponde presentarse como se encuentra – en el momento del encuentro – con la seguridad más afianzada en la misericordia y el perdón del Padre. Ser tratado misericordiosamente genera un verdadero deseo de fidelidad. La respuesta al Dios, que se desvive por perdonar a su hijo, es el propósito firme de no volver a pecar, o de no alejarse jamás de su trato familiar. Con seguridad, el hijo perdido de la parábola, no volvería nunca más a alejarse de su padre, al contrario, su amor filial sería más humilde y desinteresado.

9.- El hermano mayor de la parábola. No ocurre lo mismo con el hermano mayor. Éste se ha instalado como dueño de la casa familiar y proyecta su estilo de vida exigiéndolo todo – a todos – sin arriesgar lo que por legado hereditario le correspondía. No podemos decir que no amara a su padre pero, sí podemos afirmar, que todo lo sacrificaba a su provecho, incluso el amor que le debía. El signo más claro, de su desamor, es la indignación que la recuperación de su hermano menor causó en su ánimo. Por lo contrario, su hermano descarriado manifestó, al regresar a su casa arrepentido, que el amor de su padre lo redimía de su pecado y lo reinsertaba en la añorada vida familiar. De esa manera, queda de manifiesto en qué consiste la verdadera filialidad y la fraternidad. No precisamente en el cómodo alojamiento en la casa paterna, muy alejado de ser recinto para celebrar el amor auténtico. En una lectura más espiritual de la parábola advertimos la presencia de un tercer Hermano, no mencionado en la narración, que es depositario del amor paterno y ejemplar respuesta al mismo. Es el Hijo, modelo de los hijos, que ama a su Padre hasta ir en busca de su hermano perdido. Lo hace mediante la Encarnación y lo recupera para su Padre, llevando su amor fraterno hasta la humillación de la Cruz.

10.- El tercer Hermano. Hay mucho que decir sobre esta magnífica parábola, pero, acudiremos a ella cuando la ilustración del tema lo requiera. Existe en ella la figura central del Padre, con su carga impresionante de ternura y paciencia. Está el tercer Hermano, que es el relator genial de la parábola, cuya misión es reproducir, con exactitud humana, la cercanía e inédita condescendencia del Padre Bueno. El mayor es la antítesis del tercer Hermano. La misericordia es la transmisión del rasgo paterno. Cristo lo manifiesta al mezclarse cordialmente con los pecadores, en una comida organizada por uno de ellos, el publicano Mateo, que será uno de los Doce. Es en esa elección que Jesús manifiesta su libertad y la indiscriminalidad de sus criterios de elección. Conoce el interior de los corazones y juzga en base a ese conocimiento, no a las apariencias. No importa la historia anterior al llamado, será suficiente el encuentro honesto, desprovisto de todo simulacro. Mateo es un publicano que amasó su fortuna trabajando, en connivencia con el opresor, como lo entendían los principales de su pueblo. La Mirada de Jesús trasciende el maquillaje social, como ocurre con Pedro, Juan, Santiago y los otros, y prevé la fidelidad de aquellos hombres hasta el martirio. Mateo, recaudador de impuestos, abandona su próspero negocio, para seguir al pobre carpintero de Nazaret.

11.- El clima adecuado. La relación de Jesús con sus discípulos – el conocimiento mutuo – crea el clima adecuado para que la Verdad, que venía a transmitirles, llegue a su total transparencia. Jesús vino a mostrarles el rostro de su Padre, y el Padre de todos. Mencionamos la parábola del Padre Bueno, como la más expresiva de esa Verdad. El pecado ha confundido la imagen verdadera de Dios, pero, no ha suprimido el hambre congénita de Dios. Su consecuencia es el sentimiento de orfandad que atenacea el corazón de toda persona humana. Se hizo proverbial la frase de San Agustín en sus “confesiones”: “Nuestro corazón está ansioso hasta que no descansa en Dios”. Es la “nostalgia” que inspira la búsqueda insaciable de sustitutos. De allí la fabricación de ídolos. La misericordia inspira a Dios el propósito de revelarse tal cual es para el hombre y toda la creación. Los hombres no hubieran llegado a su conocimiento íntimo sin esa decisión misericordiosa. Santo Tomás de Aquino desarrolla vías que conducen racionalmente al conocimiento de la existencia de Dios. Únicamente Dios podrá manifestar su identidad íntima, humanamente inaccesible. Lo hace en dosificaciones respetuosas del desarrollo humano y de las ocasionales limitaciones, causadas por el pecado.

12.- La Biblia, Revelación de Dios. La Historia de la Salvación es la ejecutora de esa auto manifestación divina. La Sagrada Escritura la expresa asumiendo el tiempo y el lenguaje de los hombres. Desde esa perspectiva podemos leer provechosamente la Santa Biblia hasta culminar esa divina Revelación en Cristo y, entonces, entenderla correctamente desde Él. Vale decir: conocer y amar a Dios, desde Quien lo revela en carne mortal. Iniciar el conocimiento de Cristo, mediante la escucha atenta de sus auténticos testigos, es una urgencia absoluta. El amor de Dios a los hombres le obliga a hacerse conocer asumiendo su lenguaje y su carne. No es una mera condescendencia del Creador con sus criaturas, es fruto de su entrañable amor a sus hijos, creados por Él. Dios no nos hace objeto de su tolerancia sino de su amor. No puede ser de otra manera – se negaría a Sí mismo – porque “Dios es amor” (San Juan Apóstol y evangelista). En ese marco se encuentra la explicación del Misterio Pascual. Ahora entendemos, y nos conmueve entenderlo, el amor expresado en la Encarnación del Verbo, en su Muerte en Cruz y en su Resurrección.

13.- Cristo, Maestro y encarnación de la Verdad. Para llegar al conocimiento del Dios verdadero necesitamos establecer con Cristo – Dios hecho hombre – una relación que nos permita el acceso al mismo, como Maestro y Señor. La promueve Él, acercándose – a nosotros – por el sendero misterioso de su Encarnación. La manera de ponerse en contacto con los primeros discípulos manifiesta que así será siempre, con todos aquellos de quienes el Padre le hizo Maestro y Pastor, especialmente los pecadores, enfermos y sufrientes. En la naturaleza de su singular misión se expresa el por qué y el para qué de su presencia en el mundo. El estado de pecado, en el que se encuentran los hombres, tanto el original como el personal, demanda una excepcional intervención divina. Dios mismo se hace cargo de su recuperación, produciendo un cambio cualitativo. El hombre necesita, él mismo, recuperar la imagen del Padre Bueno, que Jesús proyecta en la parábola homónima. No basta la elocuente exposición de la doctrina. Cristo no es Maestro porque instituya una atractiva cátedra sino porque constituye, de manera viva, la Verdad que viene a revelar a sus hermanos. Él es la imagen humana de Dios Padre Bueno y Misericordioso. De allí su preferencia por los pecadores y espiritualmente enfermos, que ama hasta reconciliarlos con Él. Elige una manera insólita: la Encarnación de su Hijo divino, que llega hasta el más impresionante anonadamiento. “Él que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz”. (Filipenses 2, 6-8) Dios nos ama hasta ese extremo racionalmente impensable.

14.- Pablo, modelo de discípulo. Para llegar a leer correctamente la enseñanza de Pablo se requiere emplear su método de oración. La intimidad discipular de Pablo con Cristo se realiza en la oración: constante, simple e intensa – como la recomienda a sus propios discípulos; que abarca toda su jornada y la sumerge en el silencio contemplativo que la califica. Es allí donde se dan las condiciones para un conocimiento de la Verdad que Jesús transparenta a quienes lo siguen. Quien lo mira ve al Padre Misericordioso. Recibe, por ello, la imagen verdadera de Dios. Según la respuesta a Felipe no basta disponer de mucho tiempo: “Hace tanto tiempo que estoy con ustedes y no me conocen?”. Entonces para conocerlo ¿qué se necesita? Sintonizar con su entrañable amor, amándolo. Puede ser en poco tiempo, casi en un instante. Dejarse amar con la humildad de la Magdalena y la brevedad cronológica del “buen ladrón” y responder con amor desde la ausencia de virtudes propias. Es el camino a la santidad. Es decidirse a renunciar a todo, a sí mismo. Ya no suena tan extraña la exhortación de Jesús a quienes quieran seguirlo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. (Marcos 8, 34) Esa renuncia es la decisión de vivir en el amor, eliminando el personal estado de pecado.

15.- Necesidad de la oración. Nos hemos referido a la necesidad de hacer de la oración una forma de intimidad “discipular” con el divino Maestro. Es allí donde conocemos a Dios tal cual es: Padre misericordioso. No quiere que se lo confunda. Los dioses mitológicos constituyen una mezcolanza de mezquindades y miserias humanas con mágicas expresiones de poderes supra terrenos. Las enseñanzas de Jesús sobre la oración proceden de su personal experiencia. Él ora mucho. Lo observamos retirarse a la soledad del desierto o del monte y pasarse allí mucho tiempo, noches y días íntegros. Desborda esos espacios con una relación afectuosa con su Padre Dios. Las expresiones de la Escritura son simples y claras: “Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo”. (Mateo 14, 23). Es una soledad colmada de la presencia de su Padre. Por ello no lo acobarda estar mucho tiempo allí, solo. El amor a Dios no genera aburrimiento, al contrario, la relación de amor con la persona amada causa una auténtica felicidad; mientras solo cuente la persona amada. ¿Necesitaba orar Jesús? Ciertamente, por causa de su condición humana. Acudía a su Padre porque lo necesitaba y, en esas condiciones: suplicaba, desahogaba su corazón apenado, dejaba al descubierto la fragilidad de la carne, librando – como en Getsemaní – su dolorosa lucha por la fidelidad al Padre. Es preciso considerarlo como auténtico modelo para todo hombre y aprender de Él a orar como es debido. Mucho tiempo, lo mejor del mismo, excluyendo toda otra intención que no sea estar con Dios. Se requiere abandonar la pretensión de sosegar la psiquis, de lograr el favor divino para resolver conflictos y recalar en un bienestar casi beatífico. Es entonces cuando advierte que “solo Dios basta”.

16.- Sólo Dios basta. Para Jesús basta su Padre. Así lo intuye Felipe cuando le solicita: “Muéstranos al Padre y eso nos basta”. Dios es todo para cada uno de nosotros. Habitualmente pasamos de expectativa a expectativa. Es la irrefrenable búsqueda de plenitud y perennidad, solo lograda en Dios. Es el misterio del hombre que únicamente es revelado en el misterio de Cristo. En Él se halla la plenitud humana que todo hombre persigue, a veces sin ser consciente de ello. Con el transcurso de los años se advierte la transitoriedad del tiempo y se despierta el deseo de lo definitivo. Lamentablemente un clima extraño a lo espiritual satura la vida de la mayoría de los hombres. Ello no favorece la comprensión de esta verdad y su conveniente contemplación. Aun remando contra corriente, debe imponerse la Palabra de Dios e intervenir oportunamente en los acontecimientos más adversos a sus exigencias. La humanidad tiene que emerger del abismo y reencontrar la luz perdida. Tiene que poner lo suyo, pero, sin la gracia del Redentor le será imposible. La gracia está al alcance de todos. Nicodemo, cuando habla con Jesús, reconoce su sabiduría divina. Nadie enseña como Él porque nadie sabe lo que Él sabe. Para llegar a su conocimiento se requiere el silencio de la noche y la intimidad del diálogo con Él.

17.- Cristo modelo de oración. Dedicaremos este espacio a lo que hace posible el encuentro con el Dios misericordioso. Me refiero a la escucha orante de la Palabra de Dios. El ámbito propio para ello se abre mediante la práctica de la ORACIÓN. Jesús es modelo del orante. Los encuentros cara a cara con su Padre le permiten contemplar, desde nuestra humana naturaleza – asumida por Él – el rostro misericordioso de Dios. De esa manera sabrá comunicarlo a quienes escuchen su enseñanza. La bellísima parábola del “hijo pródigo” es la revelación del Dios Padre misericordioso. Es lo que ve Jesús en los prolongados encuentros con el Padre. Su doctrina es lo que aprende en esa admirable relación paterno-filial. Lo dice expresamente a sus discípulos. Su comportamiento orante es el camino abierto para orientar la práctica religiosa de quienes lo siguen. Sin relación personal con Él es Imposible conocerlo. Se deja conocer tal cual es para los hombres, sus hijos que lo han traicionado y olvidado. Pero Él es absolutamente fiel y, en su Hijo encarnado, va en busca de sus hijos dispersos. Cristo produce el encuentro con el Padre y enseña cómo comportarse durante el mismo. Su personal comportamiento constituye la más perfecta enseñanza. Cristo orante es el modelo inigualado. Debemos aprender de Él, adoptando sus actitudes e intentando sus gestos de cercanía amorosa. Para ello necesitamos invertir mucho tiempo en su silenciosa compañía.

18. – El Sacramento de la Misericordia. La Reconciliación sacramental expresa, de forma viva, la misericordia de Dios. La “significa” eficazmente, mientras se observen las condiciones establecidas por la Iglesia. Su autor es Cristo resucitado que la encomienda a sus discípulos: “Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: `Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y les serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. (Juan 20, 22-23) Es el mismo Cristo quien, creando ministros de sus Misterios, pronuncia su palabra divinamente eficaz: perdona, preside toda Eucaristía, bautiza, confirma, ordena ministros sagrados – obispos, presbíteros y diáconos – suscita la fe por la predicación, reconforta a los enfermos y consagra el amor de los esposos, como “gran sacramento del amor que Él tiene por su Iglesia”. El perdón, “por el ministerio de la Iglesia”, reconcilia al pecador con Dios y con sus hermanos. Nace de la armonía trinitaria, Pacifica a quienes viven en el conflicto y los convierte en artífices de la Paz del mundo. Cristo encarna el perdón de Dios, otorgado amorosamente a los hombres que no se opongan a recibirlo. San Juan Bautista, cuando decide presentar a Jesús ante sus penitentes y el mundo, no encuentra otra expresión que lo defina: “Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: ‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’”. (Juan 1, 29) Jesús personifica todos los valores y las virtudes. Así lo entiende el Apóstol Pablo: nuestra seguridad es Cristo, es nuestra Paz, es nuestro Perdón. Cuando nos preparamos para confesarnos, mediante el examen de conciencia y el arrepentimiento de nuestros pecados, nos disponemos al gozoso encuentro personal con Jesús. Grave es la responsabilidad del confesor que debe concretar ese encuentro con Cristo – transparencia fiel del Padre bueno – que nos espera para “abrazarnos y besarnos” con inefable ternura.

19.- Pueblo penitente. La Iglesia es un pueblo penitente. Celebra a Cristo como perdón “del pecado del mundo”, en virtud del Bautismo de sus hijos, como el Amor llegado al perdón, acordado amorosamente por el Padre Misericordioso. Hace muchos años leí un artículo de un benedictino belga apellidado Mertens. Transcurría el Concilio Vaticano II y la Constitución sobre la Sagrada Liturgia ocupaba un lugar muy destacado entre los documentos conciliares. Recuerdo la sustancia de aquel artículo. El padre Mertens partía de la idea de que el bautizado se constituía en un verdadero celebrante, desde su participación del sacerdocio común de los fieles. De esa manera el reconocimiento de su condición de pecador, confesando humildemente los propios pecados, le otorgaba la facultad de celebrar el perdón y la misericordia de Dios ante el mundo. Lo equiparaba al diácono que proclama el Evangelio del perdón y de la ternura indescriptible de Dios. En alguna de sus frases, el benedictino afirmaba que “el penitente no es un mero beneficiario de la Iglesia sino y – con toda ella – partícipe necesario en la liturgia del perdón y de la misericordia”. Su testimonio, al modo apostólico, afirmaba públicamente, que el perdón misericordioso de Dios había cumplido en él su divina obra de reconciliación. El mundo necesita que los cristianos se hagan voz penitencial de verdaderas multitudes, que no saben suplicar humildemente el perdón de Dios. De esa manera siguen dispersas, sin asumir la nueva condición de peregrinos, orientados oportunamente por Jesucristo, verdadero y único Camino hacia el Padre.

20.- Pérdida del sentido del pecado. Hace algunas décadas el Venerable Papa Pio XII afirmó que el mundo ha perdido el sentido del pecado. Su consecuencia inmediata es la banalización del tema y la pérdida de conciencia de la necesidad del perdón. De todos modos está el dolor, como su derivación espontánea, con o sin conciencia de su causa: el pecado. Para llegar a la necesidad del perdón, se requiere conocer a Dios, como se revela en su Hijo encarnado, el único que puede perdonar el pecado y suprimirlo en su calificación de muerte eterna. La venida de Cristo obedece al plan salvador de Dios. El hombre comete el pecado y Dios reacciona ofreciéndole el perdón. Ejecuta su plan enviando a su Hijo divino y cumpliendo un proceso pedagógico insólito. Me refiero a la Encarnación de su Hijo, que se comporta como uno más – sin contaminarse con el pecado – y acepta, en un gesto de increíble bondad, la muerte en cruz por amor a los pecadores y a sus mismos ejecutores. Sus gestos, reveladores de la ternura misericordiosa del Padre, adoptan el extremo del amor, que – por ser divino – es más extremo aún y humanamente inexplicable. En este momento de nuestra reflexión debemos recordar la respuesta del Señor a Felipe, ante el pedido ferviente de que le revelara al Padre: “Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta. Jesús le respondió: Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes. ¿Y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre”. (Juan 14. 8-9) El mundo, inconsciente de su pecado, necesita ver el rostro de Cristo para identificar la cara tierna y misericordiosa del Padre y, de esa manera, enternecerse hasta decidir su sincera conversión. El ministro del sacramento del perdón debe mostrar, en sus gestos y palabras, al mismo Jesucristo, revelador de la misericordia del Padre.

21.- Jesús, Modelo del ministro de la reconciliación. Dios Padre no quiere otra forma de comunicarse con los seres humanos que su Hijo encarnado. No pretende más que expresarles su amor infinito, deseoso de perdonar a quienes se han distanciado de Él, malbaratando los dones heredados, con la consecuente depresión de un errante y desesperanzado ser. Jesús describe al Padre y lo representa con sus gestos de misericordia, su compasión, su paciencia humilde y su no repugnancia ante los pecados más graves y deformantes. Cristo es el modelo perfecto de quien debe ejercer el ministerio de la Reconciliación en su Nombre. El empeño de que todos vean al Padre en Él, responde a su exclusiva misión de perdonar los pecados. El rostro misericordioso del Padre Dios suscita un amor entrañable en quien necesita su perdón. El recuerdo de la pecadora perdonada ofrece el mejor ejemplo: “Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Después dijo a la mujer: Tus pecados te son perdonados. Los invitados pensaron: ¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados? Pero Jesús dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz”. (Lucas 7, 47-50) Al comprobar su condición humana, no supieron – aquellos invitados escandalizados – reconocer su divinidad. Al extender su misión de perdonar los pecados, a los Apóstoles y a la Iglesia, instituye el sacramento de la Reconciliación. Es Cristo quien perdona, porque es “verdadero Dios”. Al sacerdote le corresponde pronunciar eficazmente sus palabras de misericordia y de perdón. Es importante que en sus gestos y palabras exprese la comprensión y la ternura del Padre.

22.- La Eucaristía: don misericordioso de Cristo al pecador que decide volver.- La promesa y la institución de la Eucaristía presentan a Cristo como Don al hombre, necesitado de su misericordia. Para lograr el perdón y la santidad, los hombres tendrán que llegar a Cristo, único dador de la Vida, perdida por causa del pecado. El Maestro expone esta verdad adoptando la imagen del pan. Él es el Pan, que se ofrece para ser comido y devolver la Vida a quienes lo comen. En referencia a su inmolación sangrienta presenta su Cuerpo y su Sangre como comida y bebida. San Juan recoge el impresionante discurso del Pan de Vida; lo hace de manera tan real que escandaliza a sus oyentes y a muchos de sus discípulos, que “dejan de acompañarlo”: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Juan 6, 51) Sus Apóstoles, a pesar de la dureza del discurso, permanecen junto a Él, porque nadie, sino Él “tiene palabras de Vida eterna”. El jueves previo a su crucifixión y muerte, captarán el sentido exacto de aquella misteriosa revelación. Dará a comer su Carne y a beber su Sangre. Desde entonces será el Pan bajado del cielo. Su Cuerpo y Sangre serán la comida por la que los creyentes obtendrán la Vida eterna: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. (Juan 6, 54) Si el amor misericordioso de Dios llega al extremo de la Encarnación, crucifixión y muerte de su Hijo, la Eucaristía perpetúa ese extremo, “hasta el fin de los tiempos”. Con el ministerio apostólico, sus amigos más íntimos, reciben la potestad y mandato de perpetuar la Eucaristía, para que jamás falte a los creyentes ese Pan del cielo que da la Vida eterna. Me conmueve el pensamiento de haber recibido la capacidad sacramental de pronunciar esas palabras sagradas – que son de Cristo, no mías – que realizan el prodigio de transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

23.- Dios viene a recuperar la amistad de sus hijos. Mediante la Encarnación el amor de Dios por la humanidad manifiesta su compromiso misericordioso. Cristo es Dios que viene a recuperar la amistad de sus hijos, revelándoles su inagotable paciencia: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin”. (Juan 13, 1) El “fin” es el extremo, después no hay más. La Eucaristía constituye ese amor sin fronteras y, por su peculiar identidad sacramental, es proyectada a las diversas épocas de la historia humana, concretando así las últimas palabras que Jesús pronunció al despedirse: “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mateo 28, 20) Por la Eucaristía Cristo resucitado está presente hoy entre los hombres, que, por el don de su Espíritu, perdona y santifica a quienes abren sus corazones – por la fe – a su acción redentora. Lo hace siempre, con el mismo realismo e intensidad. Su presencia sacramental lo acerca a quienes lo celebran adecuadamente y, en su sagrada Reserva, se expone a la contemplación de los creyentes. De allí se origina la práctica personal y comunitaria de la adoración, promoviendo las vocaciones al ministerio sagrado, a la Vida Consagrada y al apostolado de los laicos. La práctica de la adoración personal y comunitaria contribuye a la evangelización del mundo, superando los graves obstáculos interpuestos hoy por el error y la incredulidad.

24.- Como viático. En la Eucaristía se hace presente realmente el amor y la misericordia de Dios. Por ello se la considera el alimento necesario para quienes transitan el camino de la fe. Al entenderla como el extremo, ya realizado “de una vez para siempre” en la Cruz, trasciende el momento histórico para perpetuarse en el tiempo, mediante la celebración sacramental. Es Cristo mismo, que está hoy reclamando el regreso del hijo perdido, a los brazos del Padre que espera. Es allí donde se produce la reconciliación con Dios. Cristo, inmolado en la Cruz y resucitado, actualiza su mediación, mediante la Eucaristía, y reconcilia a los penitentes con Dios y entre ellos. La Eucaristía es auxilio, es socorro para los pecadores arrepentidos que deciden volver de la dispersión. De errantes se convierten en peregrinos. El errante es un extraviado, el peregrino deja de serlo para orientar su marcha hacia la casa familiar. Cristo es quien conduce el peregrinaje y, por su Iglesia, encabeza el itinerario de la historia hasta que la humanidad arribe a la casa paterna. La fe ofrece la visión de que Jesucristo, en el Misterio eucarístico, es el Señor de la historia. El culto a la Eucaristía, aunque tenga su vértice en la Misa, es trascendido en la adoración privada y en la administración de la Sagrada Comunión a quienes, por motivos justificados, no pueden participar de su celebración. El ejercicio del ministerio extraordinario de la comunión ha favorecido el acceso frecuente a su recepción, especialmente para quienes, por enfermedad o extrema ancianidad, no pueden movilizarse de su domicilio. El sacerdote no está eximido de hacer frecuentes visitas a los enfermos y ancianos, ya que ni el diácono ni el ministro extraordinario podrán ofrecerles los sacramentos de la Unción y de la Reconciliación.

25. – María, Madre de la Misericordia. No es forzada la introducción de este tema en la reflexión sobre la misericordia. En relación con lo que venimos meditando, el título de María Madre de la Misericordia encaja exactamente. Cristo es la Misericordia divina encarnada y María es su Madre. Lo es por exigencia de su maternidad divina y, en el desempeño de su misión de Madre, lo es de todos los hombres. A lo largo de la historia de la Iglesia se comprueba un crecimiento excepcional de la devoción mariana. Responde a la breve y dolorosa escena relatada por el evangelista y Apóstol San Juan (Juan 19, 25-27). En ella Jesús agonizante encomienda a su Madre que lo sea de Juan y – a éste – que sea hijo de su propia Madre. Juan representa a todos los redimidos, sin excepción. María es la mujer que muestra, con un rasgo femenino y maternal, la Misericordia divina en su expresión más tierna y conmovedora. Es apropiado pensarla en nuestra vida, conduciéndonos al Padre, perfectamente transparentado en el rostro manso y humilde de su divino Hijo. El Cristo crucificado, que contemplaban Pablo y los Santos, permite ver el amor reconciliador de Dios, en un gesto impensable de condescendencia y ternura.

26. – Maria nos enseña a creer. La continua contemplación de Jesús le permitió, más que a nadie, ver al Padre Misericordioso en los rasgos incomparables de su Hijo. Desde la Anunciación, hasta estrechar el cuerpo muerto del Señor entre sus brazos, aprendió a reconocer el rostro del Padre en aquel rostro tan suyo, ahora exánime. No necesitó como Felipe la suave amonestación: “El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: Muéstranos al Padre? ¿No cr ees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mi.?” (Juan 14, 9-10) María siempre ha visto, en su Hijo, al Padre que dio vida a su maternidad virginal, por acción del Espíritu Santo. Como mujer creyente – y maestra de fe – se empeñó en trascender la carne de su Hijo que veía, para hallar al Dios que no veía. Imaginémosla pendiente de ese Ser, salido de ella, creciendo, hasta la adultez, junto a ella. A los creyentes, en un aprendizaje semejante al suyo, se nos da la ocasión de dedicar nuestra vida a trascender los signos de la fe para hallarnos con el Misterio significado. Se produce al celebrar cada sacramento. De manera particular en los momentos – hasta horas – dedicados a la adoración de Jesús en la Hostia consagrada (detrás de las especies del pan y el vino, que vemos, está el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que no vemos). María, en su constante contemplación del Verbo encarnado, nos educa para hacer de nuestra vida cristiana, especialmente de nuestro ministerio, una continua y gozosa contemplación.