60 años de Ordenación Sacerdotal

4 de diciembre 1955-2015

Lema de mi Ordenación sacerdotal:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!!”. (San Francisco de Asis)

1.-   Queridos amigos: agradezco la piadosa presencia de todos ustedes. Especialmente deseo agradecer a nuestro Arzobispo Andrés por la gentil iniciativa de celebrar, acompañado por su pueblo: clero, consagradas/os y fieles cristianos, este personal aniversario. El dia de mi Ordenación sacerdotal, hace hoy sesenta años, no imaginé que el ministerio sagrado, confiado entonces, por la Madre Iglesia, a mis jóvenes 24 años, fuera tan extenso. El Buen Pastor, a Quien consagré mi vida, dispuso que llegase a esta edad avanzada con mis facultades incólumes. No es una recompensa – que no merezco – es una misión que no me exige entender sino aceptar, con el “fiat” humilde y dócil de María, por el simple hecho de venir de Dios. Era un grupo bastante numeroso – aquel año de 1955 – el que estaba listo para recibir la Ordenación sacerdotal, sacudido por graves enfrentamientos políticos y militares. Nuestro ciclo formativo concluyó en circunstancias desfavorables para la Iglesia, hasta obligarnos a disimular nuestra condición de clérigos, reemplazando la tradicional sotana por el traje civil. Eramos diez y seis jóvenes en aquel año de 1955. De ese curso, con el correr de los años, la Iglesia escogió a tres sacerdotes para el ejercicio del Ministerio episcopal. Todos ya han llegado al Cielo, menos yo. Son quince hermanos queridos que, habituados a frecuentes reuniones de curso, están esperando con amor a quien, el último, no termina de llegar. Parece una ocurrencia simpática, pero, les confieso que lo siento en mi corazón.

2.-   He procurado rezar esta reflexión. Con pocas palabras hay mucho que decir. Recuerdo exactamente el abrumador peso que sentí sobre mis hombros, en las horas previas y durante mi Ordenación. En el momento de la postración, mientras la comunidad entonaba las letanías de los Santos, sentí, muy dentro de mi ser, la invitación a no rehusar jamás lo que Dios dispusiera en lo sucesivo. No imaginé que llegaría a esta distancia de sesenta años. Tengo la mente suficientemente lúcida para recordar y, sobre todo, el corazón pronto para agradecer tantas gracias. También para pedir perdón – a Dios y a la Iglesia – por haber impedido, que, el Espíritu Santo, Artesano de la santidad, me conformara mejor al diseño que el Padre había dibujado – desde siempre – para mi. Sé que no es momento de lamentar el pasado, sino de ser más fiel en este presente concreto y en lo que me quede de futuro. Jesús, que santificó en un instante a Dimas, con un poco más de tiempo puede hacer algo bueno conmigo, con tal que yo sea humilde y honesto como aquel “buen ladrón”. Deseo hacer mías las sagradas palabras del Deuteronomio: “… el Señor, tu Dios, te conducía como un padre conduce a su hijo, a lo largo de todo el camino que recorriste hasta llegar a este lugar”. (Deuteronomio 1, 31). ¡Qué suave es la caricia del Padre, durante el camino de nuestra vida, a veces muy pedregoso y sembrado de conflictos! Desde la enorme distancia recorrida, es fácil comprobar su presencia y el ritmo de sus pasos. No tengo palabras para formular todo lo que ha hecho el Buen Dios durante los sesenta años transcurridos. En algunas ocasiones, muy difíciles, fui testigo de auténticos prodigios de su misericordia. Me propuse que prevaleciera la perseverancia en el sendero marcado desde aquel 4 de diciembre de 1955 y, cuyo misterioso diseño, ya había visualizado, con mirada de niño, cuando recibí el llamado a seguir a Jesús. Aquella inolvidable experiencia inspiró mis frecuentes consejos de Pastor a quienes debí imponer las manos y transmitir el ministerio sacerdotal: “A pesar de las dificultades, no se salgan del camino donde Jesús los puso el dia de la sagrada Ordenación. Si la debilidad los hace tropesar y caer, que sea dentro de ese camino;  tengan entonces el valor de levantarse y seguir adelante”.

3.-   Durante esta prolongada trayectoria he comprobado que la vida es un aprendizaje. Particularmente si, como en nuestro caso, existe una relación tan estrecha con el pueblo de Dios y con el mundo. No basta conocer teóricamente la verdad, es preciso aprenderla o hacerla vida. Con facilidad, y rápidamente, conceptualizamos lo que nos transmiten nuestros profesores y formadores, pero, con ritmo más lento y acompasado – a veces nunca – lo trasladamos a nuestras relaciones con Dios y con nuestros semejantes. He aprendido – estoy aún aprendiendo – que la santidad es una práctica del amor a Dios y a los hermanos. Las especulaciones no encajan con el apredizaje de esa única y fundamental verdad. El santo no es un especulador sino un testigo de la verdad, en la medida en que se empeñe en llevarla a la práctica con humildad de discípulo y obediencia de hijo. ¡Qué bien nos viene a los obispos y presbíteros! Al lograr ese aprendizaje nos ponemos en condiciones para enseñar a quienes fueron confiados a nuestra solicitud de maestros y pastores. La gracia “de la imposición de manos” nos asiste en este aprendizaje para conducir y alimentar a las ovejas del Buen Pastor.

4.-   Deseo compartir con ustedes, y de esta manera concluir esta reflexión, mi singular experiencia mariana. Creo, lo digo con temor y temblor, que Maria me ha recogido en sus brazos – de los de mi madre terrestre – en el momento de mi remoto Bautismo, en una fecha sugestiva: 2 de febrero de 1931. No lo hizo por ser yo el más lindo ni el más bueno, sino por ser el más pobre. Ella no dejó de hacerme sentir su presencia materna desde el despertar de mi vocación sacerdotal, hasta hoy. ¡Cuántas gracias me fueron otorgadas por su intermedio! Me tocó en suerte ejercer el ministerio episcopal en tres lugares desbordados por su materna presencia: Buenos Aires (Ntra. Sra. de Luján), San Nicolás (Ntra. Sra. del Rosario) y Corrientes (Ntra. Sra. de Itatí). Me siento distante de considerarme un privilegiado. La presencia maternal de María constituye un gesto entrañable de la misericordia del Padre hacia mi pobreza e insignificancia. Lo afirmo ante ustedes con absoluta sinceridad. Y termino, mis queridísimos amigos, con la oración que aprendí en mi adolescencia, al iniciar mi formación sacerdotal: “¡¡¡Soy todo tuyo, Madre mía, y todas mis cosas son tuyas!!!”