DOMINGO 23 DURANTE EL AÑO – Ciclo C

4 de septiembre de 2022

Lucas 14, 25-33

1.-   Sólo Dios merece ser amado sobre todo y todos.   Cristo es Dios y debe ser amado sobre todo y todos. Sus palabras corresponden a la conciencia que tiene de ser igual al Padre, partícipe de la divinidad del Padre y del Espíritu. Así podemos entender sus expresiones: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo”. (Lucas 14, 26) El velo de su humanidad, que oculta su divinidad, hace que sus palabras no sean siempre interpretadas correctamente.  Recordemos que el argumento esgrimido, por la casta sacerdotal de su pueblo, para condenarlo a muerte, es haberse declarado Hijo de Dios. Por lo tanto: Dios como el Padre. Para que nosotros lleguemos a este reconocimiento decisivo se necesita el don de la fe. Cristo reclama la fe a sus seguidores, más aún, pondera las expresiones de fe, de parte de algunos extranjeros, y desaprueba la incredulidad de sus conciudadanos.

2.-   El amor que distingue a los discípulos.   Hemos descuidado nuestro amor personal a Dios. Amar a nuestros hermanos se vuelve difícil cuando nuestro amor a Dios está ausente o permanece en una tediosa formalidad. La exhortación a amar a los semejantes, incluso a quienes son responsables – como en Nicaragua – de una inexplicable persecución contra la Iglesia Católica. Amor que constituye la identidad de los auténticos discípulos del Señor: “En esto todos reconocerán que son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”. (Juan 13, 35) El amor es generoso servicio a quienes nos necesitan. ¿Es así como se entiende hoy? El servicio, que sea amor, no es una mera asistencia social, aunque también la incluya. Los santos muestran las virtudes evangélicas, en su genuina versión, revelando así el sentido de la caridad que Jesús otorga a su exhortación. Recordemos a la emblemática Santa Teresa de Calcuta, ¡cómo compromete su conmovedora ternura de mujer en las calles de los barrios más pobres y míseros de la India y del mundo!  Es la misma ternura del amor del Padre Dios la que se revela y testimonia en tales gestos. Constituye el complemento necesario de la predicación del Evangelio. Ante tal testimonio, queda invalidada toda excusa para quienes intentan negarlo o desprestigiarlo.

3.-   La Palabra de Dios en la palabra del Apóstol.   El amor siempre construye. Es el pensamiento del Apóstol Pablo: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. (1 Corintios 13, 4-7) Es la Palabra de Dios, que se expresa en la humilde palabra del Apóstol. Es preciso que así sea considerada y, por ello, sea aplicable en la vida de los creyentes. La palabra apostólica tiene hoy su legítima expresión en la palabra de la Iglesia. Es imprescindible escucharla y que resuene valiéndose de los medios modernos de la comunicación. Así lo entendieron Santos de la envergadura de San Francisco de Sales y del Beato Santiago Alberione. No existe otra manera de conocer a Cristo que el testimonio apostólico, hoy claramente visualizado en el ministerio que desempeña la Iglesia. Recordemos el pronóstico formulado por el mismo Jesús: “Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también lo serán a la de ustedes”. (Juan 15, 20)

4.-   La incredulidad responde a la ausencia de testigos.   Es preciso renovar la confianza en la promesa de Cristo. La fe debe conducir al santo abandono y, el amor, a la confianza. Es así como la acción pastoral hará de cada cristiano un auténtico testigo del Señor resucitado y promotor de la fe. La incredulidad del mundo actual responde a la ausencia de los testigos que, en aquellos primeros discípulos, Cristo encomienda hoy a la Iglesia. Únicamente los Santos manifiestan haber aceptado el reto divino y, sin aparatosidad, muestran en sus vidas virtuosas la eficacia de la gracia. Sin duda el Evangelio encuentra  en los Santos – o en quienes intentan sinceramente serlo – una auténtica encarnación, y convence a los destinatarios del mismo, hasta suscitar su conversión.