DOMINGO 17 DURANTE EL AÑO – Ciclo C

24 de julio de 2022

Lucas 11, 1-13

1.-   Cristo, Maestro de vida.   Jesús es el Maestro, que nos enseña lo que necesitamos aprender en cada momento de nuestra vida temporal. Hoy urge que aprendamos a rezar de verdad. El recurso a la oración no responde a cierto sentimiento de desamparo humano sino al amor que suscita Dios. Rezar no es una obligación sino la consecuencia de un encuentro con el Señor presente en lo cotidiano que, por activa y por pasiva, reclama nuestra atención. ¡Qué lejos estamos de que sea así nuestra oración, cuando rezamos o intentamos hacerlo, salpicando de superstición nuestros gestos “religiosos”! Cristo se ofrece como único Camino al Padre, y como término del mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14, 6) Es un error prescindir de su presencia y palabra, si deseamos encontrarnos realmente con Dios y rezarle. Nuestro mundo se empecina  en crearse una religión a su manera, agrediendo a la Iglesia, cuya misión principal es ser, precisamente, acceso a Cristo y, por ende, al Dios verdadero.

2.-   El Padre Nuestro.   Es este el momento de meditar la enseñanza que procede de los labios del mismo Señor Jesús. Es cuando crea la preciosa y popular oración del “Padre Nuestro”. Existe en ella una exhaustiva revelación del Dios verdadero, que es el Padre de todos. Está en el cielo y, por su Hijo encarnado, está entre nosotros, más íntimo de nosotros, que nuestro propio espíritu. La primera petición no está orientada a que se cumplan nuestros deseos, incluso los más nobles y puros, sino a que su divina voluntad se realice. Porque su voluntad, y no la nuestra, retorcida por el pecado, expresa y realiza todo bien y toda verdad. Los santos, comenzando por María y José, testimonian que la oración del Señor – “dominical” – conduce a la santidad. Como consecuencia de esa petición vienen los demás dones: “danos nuestro pan de cada día y perdona nuestros pecados”. El Pan cotidiano  es Cristo mismo y, con él, sobreviene infaltablemente el perdón. Pero, comprende saludablemente, por parte del peticionante, un compromiso personal que se transforma en ineludible para que la misericordia divina actúe: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”.

3. –       Para ser escuchados y perdonados, debemos escuchar y perdonar.   La lección de Cristo es simple, accesible y necesariamente condicionada por un compromiso de vida. ¿Así lo entendemos cuando rezamos, quizás mecánicamente? El “Padre Nuestro” es la oración más escuchada por el Padre, si obedece sus propias reglas. Para ser atendidos por Dios, debemos atender a nuestros más humildes hermanos; para ser perdonados debemos “obligadamente” perdonar a quienes nos hayan ofendido. Como Jesús mismo – por ello es nuestro único modelo de vida – más que una implacable justicia vindicativa debemos reclamar, para nuestros peores enemigos, el perdón y la misericordia del Padre: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23. 34) Es difícil ser cristiano, únicamente la gracia de Dios lo hace posible, casi sin esfuerzo de nuestra parte. Seguir a Jesús exige dejarlo todo. Hoy, más que nunca, el mundo necesita, de los cristianos, “el testimonio de la santidad” (San Juan Pablo II). Por lo tanto una presencia tangible de Cristo en quienes se profesan cristianos. Nos entristece que muchos se auto titulen “cristianos y católicos” viviendo y pensando de espaldas a las enseñanzas y a la persona de Cristo. 4.-    Insistencia y segura respuesta.   El texto evangélico proclamado concluye con dos acentuaciones inseparables: la insistencia y la respuesta segura. Somos desconfiados como perros apaleados y, al mismo tiempo, muy proclives a creer en toda promesa mágica. La Verdad, sin posibilidad de engaño, es la Palabra de Dios, encarnada en Cristo y expresada, como enseñanza, en sus labios humanos y en su Iglesia. Es preciso insistir en su actual presentación, con el fin de llamar – a todos – a la conversión y a la santidad. Meta aparentemente inasible, pero de urgente cumplimiento. El hombre debe volver a Dios, por el único Camino de regreso: Jesucristo. Cada persona humana deberá hacer de su fe una decisión libre. No hay fe sin libertad. Recordando el concepto de San Pablo a los cristianos de Galacia: “Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad…” Gálatas 5, 13).