DOMINGO 6 DE PASCUA – Ciclo C

22 de mayo de 2022

Juan 14, 23-29

1.-      El amor está garantizado por la fidelidad.   ¡Qué clara es la identificación entre el amor y la fidelidad! Debemos comenzar por la fidelidad para llegar al amor perfecto. No existe otro sendero. Cualquier otro desemboca en la catástrofe del odio y de la destrucción. La fidelidad distingue a quien retiene la iniciativa y, por ello, se anticipa sin esperar ser amado. Únicamente a Dios le corresponde tal actitud. Cuando Jesús propone el “nuevo mandamiento” incluye esta acepción del amor – excluida por el mundo – como legítima perspectiva de vida. Nadie parece dudar, aún quienes discursean sobre sus diversos  y contradictorios significados. O mejor dicho, nadie conoce con exactitud qué quiere decir cuando intenta expresarse sobre el amor: poetas, psicólogos, filósofos etc… Cristo es quien, desde la Palabra, asegura: “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. (1 Juan 4, 8) La autoridad de Cristo, la Palabra encarnada, es única e irreemplazable al respecto.

2.-   Cristo es la Verdad.   Cuando la Iglesia se refiere al tema, desde la Palabra que expone al mundo, no vierte una opinión más, entre otras, como si fueran todas igualmente válidas. Es la Palabra de Dios, que se hace hombre para que los seres humanos la entiendan y reciban. Desecharla constituye una traición a la Verdad, que Cristo es: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. (Juan 14, 6) Las expresiones del Maestro divino son claras e inconfundibles. Tener fe es atenerse estrictamente a lo que Cristo revela como de Dios. En el mundo actual, que pretende autoconstruirse emancipándose de Dios, no cae bien la expresión pronunciada por Jesús. Sin embargo es la Verdad, acreditada por el Padre en el monte de la transfiguración. Tener fe es aceptarla, y conformar la vida con sus inspiraciones y exigencias. Los Mandamientos de Dios, dictados a Moisés, constituyen la exclusiva forma de vida creyente; también las Bienaventuranzas. Pero, sin dudas, el rechazo frontal que nuestro mundo opone a la Verdad revelada es la triste consecuencia de la falta de fe en Dios. La incredulidad contemporánea, teórica y práctica, constituye esa trágica ausencia, ya advertida y pronosticada por el mismo Señor: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lucas 18, 8)

3.-    La conversión pastoral y continua revisión.   Está en nuestras manos evitarle a Jesús esa dolorosa sorpresa. Nuestro empeño evangelizador consiste en comunicar la Palabra que hemos recibido. Es obvio que antes de transmitir la Palabra debemos aceptarla en nuestra mente, como rectora de nuestra conducta. Ese testimonio recorre un proceso: escucha, comprensión y plena adopción. ¡Buena tarea de fe nos espera al confesarnos cristianos! Toda la pastoral de la Iglesia – la Liturgia, la catequesis y la predicación – recalca su necesidad y urgencia. Es preciso revisar continuamente sus ítems, para adecuarlos a las actuales exigencias de la Palabra – de Cristo – y a las necesidades del mundo. El Padre, que continúa dándonos a su Unigénito, no se mueve un ápice de su decisión de salvarnos, mediante la vigencia y celebración del Misterio Pascual. Lo hace por mediación de su Iglesia, de la que somos miembros y responsables de su misión. El Concilio Vaticano II lo afirma con suma claridad: “…la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano…” (LG n° 1) Toda ella es presencia viva y visible de Cristo, el Salvador del mundo.

4.-   El Reino está, será preciso convertirse.   Al reconocimiento de Cristo como Salvador sigue la fidelidad a su Palabra. De esa manera se producirá un encuentro anticipado y definitivo con Dios: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. (Juan 14, 23) La vida humana tiene ese destino de comunión con Cristo y con el Padre. Para que se produzca requerirá que cada ser humano emprenda ese sendero de fidelidad. Responde a la exhortación a la conversión con la que Jesús comienza su ministerio: “A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. (Mateo 4, 17) Nuestra vida cristiana debe prolongar el llamado a la conversión, que Cristo, por su “como sacramento”, sigue formulando para que el mundo crea y se salve.