DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

17 de abril de 2022

Juan 20, 1-9

1.-   No tener fe produce angustia.   La Iglesia expresa el gozo de saberse redimida. Ha recibido la misión de transmitirlo a todo el mundo, con el fin de sacudir las conciencias aletargadas por el pecado. ¿Lo hace? El gran poeta Paul Claudel logró formularlo con gran simplicidad: “Donde pisa Cristo se conmueve el polvo”. La mediación elegida por Dios es la Iglesia, a través de la predicación apostólica y de la santidad de los cristianos. Cada Semana Santa y su preparación cuaresmal, producen un  severo examen de conciencia, que no podrá ser eludido. Cuando Jesús predice la pérdida de la fe, dirige a sus discípulos una profética advertencia, en forma de pregunta: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lucas 18, 8) El panorama actual, con respecto a la fe, es desolador. Parece responder a la angustiosa previsión del Señor. Él sigue viniendo una y otra vez: en cada acontecimiento, en cada celebración eucarística, en cada esfuerzo por reconocer en los que sufren su imagen inmolada por amor.

2.-   Llenar los espacios vacíos con los contenidos de la fe.   Es preciso que los creyentes llenen, con el contenido de su fe, los espacios enormes vaciados por la hipocresía, la indiferencia y el agnosticismo, todos ellos difundidos, con frecuencia, por notables intelectuales y hábiles comunicadores. Pero, ¡aún hay fe sobre la tierra!, para consuelo de nuestro Redentor; en silenciosos y comprometidos cristianos que rompen el cascarón y asoman su fe en Cristo, a pesar de las implacables agresiones de  quienes los tildan de fanáticos religiosos, con la explícita intención de imponer su materialismo exacerbado y su incredulidad. Es la hora de desempolvar nuestras auténticas prácticas religiosas. Los “hijos de las tinieblas” son más intrépidos en la defensa e imposición de sus errores, que quienes lo son – auto calificándose creyentes – en la proposición de la Verdad. Jesús lo afirma, desde su visión desencarnada de la realidad: “Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz”. (Lucas 16, 8) No celebramos bien la Pascua si nos mantenemos a la deriva, ocultando la Verdad que nos ofrece el Ministerio Apostólico – como está en la Iglesia – mostrando así una inexplicable timidez ante expresiones que la cuestionan, cuando sus legítimos ministros la exponen.

3.-   Coherencia entre la profesión de fe y la vida.   El mundo, sin manifestar alguna intención de honesta búsqueda, atiende, aún con el propósito explícito de rechazarlo, el testimonio de los creyentes. San Juan Pablo II afirmaba que ese mismo mundo observa – con la esperanza de que sea verdad – la santidad de los cristianos. Indaga, con sus más honestos hombres y mujeres, la coherencia entre la profesión de fe y la vida de quienes creen. Es la única manera de acreditar la veracidad de lo que se intenta transmitir: “El mundo espera de los cristianos, el testimonio de la santidad” (San Juan Pablo II – Año 2001) Durante la Cuaresma, especialmente en el transcurso de la Semana Santa, la Palabra y sus exigencias, ha intentado poner a los cristianos en el curso de ese testimonio. Aunque la Palabra sea la causa necesaria de la salvación del mundo, requiere, como de un “ropaje” existencial propio, la santidad de los testigos, elegidos y consagrados para ello. Aunque afecta, como en primera línea, a quienes deben mantener vivo el Ministerio Apostólico, comprende a todos los bautizados. El Santo Pontífice se refiere, indistintamente, a todos los cristianos. Ciertamente la santidad es la expresión de la fuerza y del verdadero poder de la Iglesia. 4.-   Para que tengan Vida en Cristo.   Procuremos extraer de la celebración pascual, lo que reclaman los pobres y sufrientes de nuestra sociedad. Si la incredulidad ocasiona situaciones irreconciliables de división, necesita aceptar – desde la fe – el desafío de revertir sus efectos. Los grandes testigos de la fe, los santos, crearán situaciones morales y doctrinales capaces de eliminar pacíficamente el error, con la Verdad y el odio, con el amor. Cristo viene a salvar, no a condenar. Se cumple en Él lo que han profetizado los grandes del Antiguo y Nuevo Testamento: hacer que todos los seres humanos se conviertan y “tengan Vida en Él”.