DOMINGO DE RAMOS – Ciclo C

10 de abril de 2022

Lucas 22, 66ª; 23, 1b-49

1.-   Un pueblo que reconoce su mesianidad y otro que la niega.   Estamos en vísperas de iniciar la Semana Santa del 2022. Lo hacemos según las tradicionales normas litúrgicas. Hoy recordamos la entrada clamorosa de Jesús en Jerusalén. Pero, en simultáneo y acompañando el estado de ánimo del Señor, proclamamos la Lectura de la Pasión, según San Lucas. De esta manera, nos introducimos de lleno en el drama doloroso de la Semana Santa. El recuerdo de la Pasión no es óbice para mantener el gozo de la Pascua, constituido en el clima habitual de la Iglesia. De esta manera compartimos con Jesús los padecimientos de su Muerte y la gloria de su Resurrección. La Semana Santa, incluido el Domingo de Pascua, reclama expresarse en la vida de los creyentes. Así viven los mejores cristianos – los Santos – y quienes se esfuerzan continuamente por serlo. Durante la Cuaresma, hoy concluida como preparación, hemos procurado practicar la fe, mediante la escucha de la Palabra y la obediencia. De allí se deriva una sincera y sostenida conversión.

2.-   En Cristo, Dios Padre y amigo.   La conversión y la penitencia suceden a la atención piadosa de la predicación apostólica y, en consecuencia, incluyen la decisión de cambiar de vida. La gracia que Cristo, muerto y resucitado, dispensa a los creyentes, hace posible ese cambio. La idea de la conversión, que San Pablo encarna personalmente, y formula en sus Cartas, es expresada con suma transparencia en el siguiente texto: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo”. (1 Corintios 15, 10) La contemplación de las escenas desgarradoras de la Pasión constituye una respuesta a la amistad que Dios nos ofrece. Es nuestro Padre y amigo. Una amistad, a la que se debe ser fiel hasta la muerte. Él es fiel a la suya, por cada uno de nosotros, hasta la Pasión y Muerte de su Unigénito. Incomprensible pero verdadera es la medida de su amor por nosotros: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. (Juan 3, 16) El amor es una meta que todo ser humano bien nacido quiere alcanzar. Los caminos que parecen conducir a ella han sufrido distorsiones graves, tanto en su dimensión personal como social.

3.-   No podemos ocultar esta verdad al mundo.   Cristo se constituye en el Camino. Sabe asimilar los mejores y más generosos esfuerzos por constituir “senderos” que los hombres trazan, convalidándolos por Él mismo, Camino que conduce al Padre, y sin el cual nadie puede llegar a Dios: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. (Juan 14, 6) No podemos ocultar esta verdad al mundo. No existe aquí una maniobra tendenciosa, con el fin de recuperar bautizados no creyentes. Los bautizados y no bautizados de nuestra sociedad deben hallar la oportunidad de encontrarse con Jesucristo, tal como Él se hizo conocer. Únicamente por Él podemos acceder a Dios, ya que Él es el Dios entre nosotros o el “Emanuel” y descendió a nosotros. Grandes misioneros, como San Francisco Javier, percibían, como los Apóstoles, la urgencia de transmitir la Buena Nueva “a todos los pueblos” (Mateo 28, 18-20) El mandato misionero no puede ser reinterpretado contra su sentido original. Las formas de la presentación del Evangelio podrán extraer de las diversas culturas los términos más adecuados, pero, jamás contradecir su contenido revelado.

4.-   Dejarnos encontrar y conducir por Cristo.   Al iniciar las celebraciones del Misterio Pascual es preciso proponerse no dejar pasar una sola de ellas. A tanto ha llegado su amor por nosotros, absolutamente inamables a causa de nuestros graves e innumerables pecados.  Sólo Dios puede amarnos hasta ese extremo de cruz y de muerte. Sendero recorrido en nuestra búsqueda, hasta hallarnos y cargarnos dulcemente sobre sus divinos hombros. Es la ocasión, quizás la última, de dejarnos encontrar y conducir a su sagrado pastoreo. No la desaprovechemos, aferrémonos a su Verdad y participemos de su Vida que, después de nuestra muerte, será eterna.