DOMINGO 2 DE CUARESMA – Ciclo C

13 de marzo de 2022

Lucas 9, 28b-36

1.-   Lo que el mundo debe saber.   La Transfiguración es un momento expresamente decidido por Dios para que los principales discípulos de Jesús pudieran testimoniarlo ante el mundo. La gloria del Maestro  aparece como la emanación de su divinidad en carne mortal. Se anticipa a circunstancias muy oscuras, particularmente a la Pasión y a la Muerte del Señor. Cuando se produzcan, aquellos discípulos podrán amortiguar el escándalo y las profundas dudas que sobrevengan. En la visión alucinante aparecen dos grandes hombres de la historia de Israel, Moisés y Elías: el legislador y el profeta. Ambos dialogan con Jesús. Encuentran en el joven descendiente de David, la culminación de la trascendente misión realizada históricamente por ellos. Cristo es el término de la impresionante peregrinación del Pueblo elegido, y del cumplimiento de las promesas de Dios, formuladas y realizadas mediante los profetas y patriarcas.

2.-   ¡Escúchenlo!   La pedagogía de la Iglesia promueve, durante esta Cuaresma, un regreso a las Escrituras, del Antiguo y Nuevo Testamento. Cristo sorprende a Pedro, a Santiago y a Juan, con este rápido descorrimiento del más allá, y los introduce en su sentido más hondo. El hecho prodigioso es coronado por la misteriosa intervención del Padre Dios: “Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: “Este es mi Hijo, el elegido, escúchenlo”. (Lucas 9, 35) Es una confirmación, por parte del mismo Padre, del supremo Magisterio de Jesús. La Verdad necesaria llega al mundo por Él. Fuera de su palabra, los hombres lo intentarán sin rumbo adecuado, hasta encontrarse con Él o extraviarse. Desmontados de sus cabalgaduras ideológicas, los honestos buscadores de la Verdad la hallarán en Él. La orden del Padre es contundente e inconfundible: “escúchenloporque “éste es mi Hijo”. Es inexplicable que hombres y mujeres, con dotes de inteligencia sobresalientes, entorpezcan su búsqueda de la verdad con caprichosos prejuicios ideológicos. El peor enemigo del ansioso buscador de la verdad es el prejuicio. Parasuperarlo es preciso practicar la humildad, distintiva cualidad de sabios y santos.

3.-   El Papa y la exhortación a la oración.    El Papa Francisco, en virtud de su misión apostólica, eleva su voz ante el peligro de que dos Naciones hermanas se entreveren en un litigio bélico que las ponga al borde de convertir en escombros la convivencia y la paz. Parece que, a los no responsabilizados diplomática y políticamente, nos queda el recurso de la oración y de la penitencia. El Papa nos ha convocado a una jornada dedicada a ellas. No es una ingenuidad piadosa, es la mejor decisión ante el fracaso de los débiles intentos, pergeñados por lúcidos pensadores y dirigentes. Se recurre a la oración cuando otros medios manifiestan su ineficacia. No lo decide el mundo de la diplomacia y de la política, porque desconoce la importancia de la fe, y buena parte de sus responsables decide descartarla apriorísticamente. Acudir a Dios no es un recurso desesperado sino un acto de amor, en cumplimiento del primero de los mandamientos. Sólo así entendida la oración, integra la vida humana como suprema realización. Cuando acudimos a ella, porque no nos queda otra, se manifiesta – a la mirada del mundo – como frustrante e inútil. El secreto de su éxito está en que, antes de pedir algo a Dios, le expresemos nuestro amor confiado.

4.-   La Iglesia debe hoy al mundo el Evangelio.   La transfiguración constituye una  inesperada revelación y gran lección para aquellos discípulos “columnas” del Colegio apostólico. Allí advierten que su Maestro es verdaderamente quién dice ser: el Hijo de Dios, y que, a partir de entonces, en su calidad de Palabra encarnada, no dispone de otra formulación que su enseñanza expuesta al pueblo. El mundo, entonces no estaba listo para comprenderlo, por ello, al descender a Jerusalén, el Señor prohíbe, a sus ocasionales confidentes, transmitir aquella extraordinaria experiencia, hasta la Resurrección. Nuestro mundo del siglo XXI está en condiciones de aceptar o rechazar la Buena Nueva. La Iglesia, fundada en los Apóstoles, ya no puede callar. Urgida por el mandato de su Señor y Maestro, debe al mundo el mensaje evangélico, que la Cuaresma actualiza hoy.