DOMINGO 4 DE ADVIENTO – Ciclo C

19 de diciembre de 2021

Lucas 1, 39-45

1.-   María visita a Isabel.   A pocos días de celebrar la Navidad, la liturgia de  la Iglesia nos invita a visitar – con María – a Isabel. El encuentro de las santas mujeres se constituye en un acontecimiento de fe. Isabel se conmueve e intuye que su jovencísima parienta lleva en su seno el Misterio esperado: “¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lucas 1, 43) Inmediatamente antes advierte que su parienta es la Bendita de Dios y de los hombres: “…saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: ¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!” (Ibídem 1, 41-42) En Isabel no se percibe el menor atisbo de envidia ante su familiar, mucho más joven, y convertida en la Madre del Salvador. Al contrario, la hace objeto de su veneración y profunda admiración. Ya el Arcángel revela a María, lo que Dios desea hacer en ella, contando con su humildad y su disponibilidad: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. (Lucas 1, 28)

2.-   Feliz María por haber creído.   Isabel, proféticamente inspirada, también atribuye – la encarnación del Hijo de Dios – a la fe de la joven Madre: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”. (Lucas 1, 45) ¡Qué magnífica definición de la personalidad de María! Es una mujer creyente. Dios pondera y recompensa siempre la fe de la persona elegida. Durante su ministerio misionero, Jesús revela la misma preferencia. María ha creído que Dios realizará en ella la Encarnación de su Hijo y la salvación del mundo, pronosticado por todos los profetas, hasta la aparición de Juan Bautista. Isabel afirma, con una lucidez sorprendente, que María ha sabido responder, por la fe, al designio de Dios. María así lo manifiesta, durante el diálogo con el Arcángel Gabriel. No renuncia al humilde deseo de saber. La fe consiste, precisamente, en aceptar lo que sabe. Pregunta, porque tiene derecho a saber que es de Dios, lo entienda o no lo entienda, y responde sin vacilar: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lucas 1, 38) Adviento es un aprendizaje de fe, guiados por estos grandes creyentes: María y San Juan Bautista.

3.-   Dios nos invita a crecer en la fe.   María enseña que la fe es obediencia a Dios, y la obediencia es amor. Ella hace presente a Jesús, autor y consumador de la fe. Él es la Palabra, cuya exposición conduce a conocerlo como la Verdad, que debe ser acogida en la fe y prestarle una obediencia sincera e inquebrantable: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. (Juan 14, 23) María, José y Juan Bautista se constituyen en ejemplos a imitar. Por ello, aparecen protagonizando este Adviento. Es cuando Dios invita – a todos – a crecer en la fe: a iniciarla, si no existe, a purificarla, si extrañas y espurias creencias la han contaminado. Nos disponemos a un ejercicio de la fe, que llega a su plena expresión en un signo de extrema simplicidad y pobreza: el Nacimiento de Jesús, en un rincón menospreciado llamado Belén, cuya Madre es casi una Niña, llamada María, custodiado por aquel hombre justo y santo, llamado José. Los Evangelios nos introducen en un entorno humano de gran simplicidad y devoción, me refiero a los pastores y a los Reyes Magos.

4.-   Volvamos a Belén.   El Nacimiento de Jesús es la oportunidad para aprender a leer los auténticos signos de la fe. La Navidad es uno de ellos, el más expresivo por su simplicidad. Para lograr la recuperación del contenido navideño, que el racionalismo a ultranza ha desestimado, necesitamos volver a la práctica de la fe religiosa. Cristo ha nacido en un pobre portal de Belén, dedicado a ser protección de pastores y animales. San Francisco de Asís, con su pobreza voluntaria y extraordinaria simplicidad, ha creado la representación del Pesebre original. Saben interpretarlo quienes participan de su espíritu evangélico y extraordinaria simplicidad. Jesús presenta a los niños como modelos, y a quienes se les asemejen. Volvamos a contemplar humildemente las representaciones del Niño Dios, recostado en un pesebre y contemplado dulcemente por María, José y los pastores.