DOMINGO 3 DE ADVIENTO – Ciclo C

12 de diciembre de 2021

Lucas 3, 2b-3. 10-18

1.-   San Juan Bautista.   La presencia y misión de San Juan Bautista adquiere un relieve irremplazable en el desarrollo del plan salvador de Dios. Los elogios que Jesús dirige a su Precursor son de una precisión más que justa. El Divino Maestro no derrocha halagos. Es justo en sus apreciaciones, tanto cuando las refiere a sus fieles seguidores como cuando las dirige a sus deshonestos adversarios. El Bautista fue moldeado en la fidelidad a Dios – como lo fue San José – arriesgando su vida y, como su fin lo prueba, perdiéndola, aplastado por la frivolidad e injusticia de Herodes. Tanto su austera personalidad como sus ardientes palabras de “más que un profeta” desembocan en gestos de gran despojo penitencial y en la conversión. Como en todas las épocas de la historia, el pueblo requiere de líderes que testimonien la verdad que exponen y, como resultado lógico, que sepan resolver inquietudes y responder a las consultas de las diversas personas: “La gente le preguntaba: ¿Qué debemos hacer entonces?” (Lucas 3, 10 y siguientes)

2.-   La humildad ejemplar del Bautista.   Juan es justo. No busca el aplauso de nadie, sino el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios. Su espiritualidad, acrisolada en el desierto, lo impulsa a vivir en la verdad. Cuando sus admirados oyentes y seguidores le preguntan si es el Mesías, responde de inmediato, sin vacilar: “Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias, él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. (Lucas 3, 16) La humildad de Juan es ejemplar. Su misión – recibida de Dios – es preparar un camino, no ser el “camino”. En el texto de San Lucas se expresa sin ambages. No es el Mesías, lo asegura para quienes le expresan la duda de que quizás lo sea: “…todos preguntaban si Juan no sería el Mesías”. (Ibídem 3, 13) La distancia entre él y el Mesías, ni siquiera logra convertirlo en un siervo, dedicado a las tareas más humildes. Juan sabe, como su madre lo supo, que la cercanía de Dios al hombre – por la Encarnación del Verbo – revela la importancia excepcional de su ministerio.

3.-   Insobornable servidor de la verdad.   Juan aprendió la lección más difícil. Me refiero a la humildad, virtud propia de los santos y de los sabios. Está relacionada, hasta identificada, con el conocimiento de la Verdad. Pilato, profundamente intrigado, dirige a Jesús la pregunta acuciante: “¿Qué es la Verdad?” No esperaba una respuesta académica, pero no logró advertir que la Verdad estaba allí, frente a él, sometido a su complicidad con quienes querían eliminarlo. Está por acontecer, en lenguaje litúrgico, el hecho del Nacimiento de nuestro Salvador. Es preciso atender a los testigos principales: María, José, los pastores, los Reyes Magos y San Juan Bautista. Este último es un modelo, para toda aplicación,  especialmente para los sagrados ministros de la Iglesia: Obispos, presbíteros y diáconos; su silenciosa desaparición corresponde al pronóstico por él formulado: “Ustedes mismos son testigos de que he dicho: Yo no soy el Mesías, pero he sido enviado delante de él…” “Es necesario que él crezca y que yo disminuya”. (Juan 3, 28-30) No pretende engañarse, ni que otros tengan de él un concepto equivocado. La fidelidad a la verdad no es común entre quienes tienen la responsabilidad de conformar sus pensamientos y su vida social con la Verdad. Quienes, como Juan, han adquirido tal virtud, son respetados – hasta consultados – por muy diversos dirigentes. Así procedió Herodes: “Herodes respetaba (a Juan) sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando lo oía, quedaba perplejo, pero lo escuchaba con gusto”. (Marcos 6, 19-20)

4.-   Justo y severo.   La severidad de Juan Bautista, como en ocasiones será la de Jesús, manifiesta que ningún delito permanece impune, aunque escape a la justicia humana, o sea justificado por leyes (léase “aborto”) que los hombres se inventan para escapar del justo juicio de Dios. La Buena Noticia que predica Juan exhibe reveladoras consecuencias de los pecados – crímenes – irresponsablemente naturalizados por quienes hoy debieran impartir justicia. El final del texto evangélico es estremecedor: “Tiene en su mano (Cristo) la horquilla para limpiar la era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible”. (Lucas 3, 17)