PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo C

28 de noviembre de 2021

Lucas 21, 25-28. 34-36

1.-   Los últimos tiempos.   Hoy iniciamos un nuevo año litúrgico. El Adviento prepara la Navidad y, al mismo tiempo, trasciende la tradicional celebración. Es un estado de vida que personaliza la existencia cristiana, al fundarla en Cristo, la Verdad. El texto evangélico de San Lucas presenta el método,  ideado por el mismo Jesús, para interpretar los acontecimientos culminantes de la historia humana: “Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegar la liberación”. (Lucas 21, 28) Con ocasión del Covid-19, que aún no decrece, en su agresiva intensidad, se ha producido una onda psicológica alarmante expresada en un creciente pánico. El abandono de la fe religiosa ha dejado sin protección, y sin recursos adecuados, a grandes multitudes. Las palabras de Jesús, transmitidas por Lucas, están dirigidas a reorientar la vida cristiana, o a iniciarla si no existe aún. Cristo es el indiscutido autor y consumador de la fe.

2.-   Adviento y el reclamo de un compromiso temporal.   Este Tiempo “fuerte” está enmarcado en una situación histórica sin precedentes, más allá y más acá de la terrible pandemia. Me refiero a los responsables de la política y a la recta administración de la justicia y de la economía. No sabemos a dónde piensan llevar las cosas, sin referencia a una dimensión trascendente de la vida, es decir, sin Dios y sin Ley. Para el Beato Mamerto del Tránsito Esquiú, la Argentina necesitó una Ley, que afianzara su identidad en el concierto de las Naciones. El 9 de julio de 1853 se sancionó la Constitución, con el fin de otorgar al pueblo, orden y adultez cívica. Fray Mamerto Esquiú, con sólo 27 años, se convirtió en el histórico orador de la Constitución. Gracias a su oratoria valiente, evangélica y oportuna, los representantes de las 14 provincias que entonces integraban la Confederación Argentina, decidieron sancionar la Constitución que nos rige. Es preciso que los prejuicios ideológicos no disimulen esta verdad histórica.

3.-   Reflexionar en la fe.   Cristo anuncia y realiza la liberación del pecado y de la muerte, que es su pago: “Porque el salario del pecado es la muerte…” (Romanos 6, 23) Aprovechando el tiempo de Adviento es oportuno reflexionar, desde la fe, el Misterio que celebramos sin pausa alguna. El sistema de pensamiento que subyace – en lo que se dice y realiza – entre los ciudadanos de una multifacética conglomeración, no ofrece mucho lugar a las enseñanzas de Jesús. Hombres y mujeres, sumergidos en un extraño combo cultural; muchos de ellos, apenas nacidos, fueron bautizados por la Iglesia Católica. Al exponer las claras exigencias del Evangelio, se produce la necesidad de gestos valientes, por parte de quienes han heredado un depósito de fe custodiado por el Espíritu. Me refiero a la Iglesia de Cristo, de la que el Bautismo nos hace miembros vivos. No hemos perdido la ocasión de afirmarlo, durante estas “sugerencias homiléticas”: la evangelización del mundo es responsabilidad de todos los bautizados. Todos lo son, conforme a la misión sacramental y carismática recibida: el Papa, los obispos los presbíteros, los diáconos, los consagrados y todos los laicos.

4.-   Cristo transmite lo que recibe del Padre.   Jesús advierte que los últimos tiempos no deben sorprendernos distraídos en otros asuntos, sobre todo en irresponsables comportamientos, reñidos con la fe profesada. El fin sobrevendrá súbitamente “como una trampa” y nadie podrá eludirla “todos los hombres, en toda la tierra”. Sin asustarnos, es oportuno que consideremos lo que Jesús nos dice. Él no inventa lo que enseña, transmite lo que aprende junto al Padre, en el Espíritu. Adviento es tiempo de examen, frente a quien es la Palabra encarnada, más allá del conocimiento intelectual de una doctrina. Es un encuentro personal que afecta la conciencia y el compromiso creyente de los bautizados, como también de hombres y mujeres convenientemente dispuestos.