DOMINGO 33 DURANTE EL AÑO – Ciclo B

14 de noviembre de 2021

Marcos 13, 24-32

1.-   El amor de Dios ilumina los temibles días finales.   La última venida de Cristo, diversa y, al mismo tiempo, la perfección de la primera, ofrece rasgos espectaculares, aunque necesitados de una exégesis superadora de la letra fría. El texto del Evangelio que hoy nos sorprende, con su temible descripción de los últimos días, requiere ser connotado por él mismo, recordando el amor de Cristo, expresado en su propósito de salvar a quienes están perdidos, logrado en su doloroso sacrificio. De ese modo se nos dará la ocasión de comprender a Jesús y valorar la magnitud de su inmolación en la Cruz. El mundo actual, ¿logrará entender esta perspectiva evangélica? Es preciso, para ello, que adecuemos la terminología a la verdad de lo que somos, ante Dios y ante nuestros conciudadanos. Después del Año Litúrgico 2021, próximo a finalizar, es imperioso renacer, en contacto con la misma Palabra que nos ha asistido  durante el año. Los signos apocalípticos mencionados, hablan de fragilidad y de transitoriedad.

2.-   ¡Ven, Señor Jesús!   El Hijo vendrá. La predicación apostólica, que sigue a la de Jesús, incluye la espera de esa segunda venida. Hoy debemos entender cómo será: “Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte”. (Marcos 13, 26-27) La elección supone la  respuesta fiel al llamado. Es así cómo debemos entender las estremecedoras palabras que, en otra ocasión, pronuncia el mismo Jesús: “Porque muchos son llamados pero pocos son elegidos”. (Mateo 22, 14) Sin apartarme del sentido de las enseñanzas del Señor, me atrevo a afirmar: “Por el hecho de existir somos todos llamados”, la elección dependerá de nuestro consentimiento a la acción artesanal de Dios, en la que consiste nuestra santificación. Como Jesús acostumbra, acude a ejemplos que todos puedan comprender: “Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen sensibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta”. (Marcos 13, 28-29)

3.-   El discernimiento de los signos.   Nuestra vida está jalonada de signos sorprendentes que Dios coloca oportunamente. Nos corresponde discernirlos y apoyar en ellos nuestros proyectos de vida. También el orden social necesita ser monitoreado desde la perspectiva de ese responsable discernimiento. Hoy parece estar descartado sin más, condenándonos a navegar a la deriva, como a bordo de un velero frágil y sin timonel. Jesús, refiriéndose a la muchedumbre que lo sigue, fatigada y desorientada, la califica: “ovejas sin pastor”. Como creyentes nos hacemos cargo del honor y la responsabilidad de invocar el Nombre de Jesús y de anunciarlo al mundo. Es la auténtica evangelización. Para ello, es preciso adentrarnos en su amistad y, desde ella, ser los acreditados testigos del Evangelio (de Cristo). Una campaña difusora de sus contenidos y exigencias, no basta. Para su debida presentación no es suficiente un conocimiento dialéctico de la Biblia o de la más alta teología. La actual situación de deterioro moral, que afecta a la sociedad, espera la presencia activa de santos evangelizadores.

4.-    La palabra de Cristo, opuesta al relativismo.   Jesús va al encuentro del relativismo de todos los tiempos, con la solidez y firmeza de la verdad que trae del Padre. Lo que no cambia, en absoluto, es la Palabra, encarnada en Él y en sus palabras: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. (Marcos 13, 31) Se producen cambios, un auténtico progreso en las ciencias y en las culturas, pero la Palabra de Dios permanece, porque – como Él – es eterna. Exponer la palabra de Jesús, como norma de vida, constituye el secreto de la sabiduría y del bien obrar. De otra manera, como se comprueba a diario, se disemina el error, ocasionando un lamentable despilfarro de los dones que Dios deposita en los corazones y en las mentes de nuestros contemporáneos.