DOMINGO 30 DURANTE EL AÑO – Ciclo B

24 de octubre de 2021

Marcos 10, 46-52

1.-   Jesús, Hijo de David.   Bartimeo es un mendigo ciego. Ya conoce a Jesús. La fama del Señor atrae multitudes. El ciego, impedido en su intento de unirse a quienes lo siguen, atrae la atención de todos con sus gritos. Lo identifica con los términos consagrados por los Profetas: “Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: ¡Hijo de David, ten piedad de mí!” (Marcos 10, 47-48) Desea intensamente ver, sin advertir que su deseo es ver al Mesías prometido, la esperanza de una humanidad sumergida en el pecado. Cuando Jesús le pregunta qué quería que hiciera por él, el pobre Bartimeo le dice: “Maestro, que yo pueda ver”. (51) Su anhelo va más allá de lo que pretende; se encuentra con el rostro de Cristo y decide lo que no había previsto: “En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino”. (Ibídem 10, 52)

2.-   Ver, para verlo y seguirlo.   Verlo – por la fe – y seguirlo, son acciones que se corresponden necesariamente. Verlo es consecuencia de un encuentro personal. A partir del mismo se produce un recorrido directo a la mesianidad de Jesús. Bartimeo es el hombre contemporáneo que espera el paso de Cristo, sin tener plena conciencia de que es Dios quien alienta su esperanza. Apenas recibe la noticia de esa presencia divina reacciona con una emotiva profesión de fe. En atención a la fe del pobre mendigo, Jesús le otorga la visión: “Vete tu fe te ha salvado”. Siempre y únicamente la fe conduce a Dios, y a que Cristo pueda hacer su obra de santidad en nosotros. El hombre contemporáneo necesita despertar su deseo de Dios, tristemente apagado por la extroversión a la que el mundo lo empuja y entretiene. El paso de Cristo, mediante los signos que Él ha elegido para manifestarse, inspira que lo invoquemos con toda la fuerza de nuestra voz interior. Él nos escucha y envía a su Iglesia para que nos conduzca a su presencia: “Entonces llamaron al ciego y le dijeron: ¡Ánimo, levántate! Él te llama”. (Marcos 10, 40)

3.-   Conversión y transmisión urgente.   Es urgente que nos empeñemos en despertar la atención del mundo, al paso invisible de Cristo, para que se inicie un encuentro vivo con Él. Nuestro testimonio de santidad lo hace presente para quienes lo buscan, aún sin saber lo que buscan. Nuestra misión de cristianos nos introduce como fermento en el mundo, para que Dios sea reconocido en Cristo y, gracias a Él, que la humanidad alcance la Vida eterna. El estilo misionero de Jesús presenta dos notas irremplazables: a) premura en transmitir la presencia del Reino de Dios – entonces su aproximación – ; b) un llamado al cambio urgente para habilitar el ingreso al mismo Reino. Es perentorio mantenerlos vigentes, a pesar de las condiciones adversas y las andanadas violentas que producen sus tradicionales enemigos. Estamos en tiempos de emergencia moral y, sin ser tremendistas, podemos afirmar que “han caído todas las máscaras” y nadie  ya podrá engañar a nadie.

4.-   Dejar que Bartimeo grite el Nombre de Jesús.   El tumulto causado por quienes parecen buscar, lo que así no logran encontrar, es el marco-clima para los múltiples Bartimeos contemporáneos. El del Evangelio no ha perdido la esperanza de encontrarse con Quien le permitirá verlo y seguirlo. La misión de los cristianos habilita para despertar a cada Bartimeo y, al contrario de quienes entonces pretendían – y hoy pretenden – acallarlo, lo alientan a gritar más fuerte el Nombre de Jesús. En los testimonios de los diversos conversos a la fe, se afirma que el misterioso encuentro con Cristo, les ha permitido recuperar la visión de Quien atribuye, a la fe en Él, la causa única de salvación: “Vete, tu fe te ha salvado”.  (Marcos 10, 52)