DOMINGO 28 DURANTE EL AÑO – Ciclo B

10 de octubre de 2021

Marcos 10, 17-30

1.-   Sólo Dios es bueno.   El texto evangélico de hoy aborda uno de los temas que requieren una reflexión creyente más profunda. Se refiere al valor relativo de los bienes económicos. Aquel hombre es poseedor de muchos bienes y, en consecuencia, inevitablemente sometido a su incremento  y custodia. No obstante, manifiesta un deseo inmenso de poseer la Vida eterna: “… un hombre corrió hacia él y arrodillándose, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?” (Marcos 10, 17). Jesús corrige la calificación, con que aquel hombre emocionado lo designa. El “sólo Dios es bueno” da entender que la bondad, reflejada en su persona, procede de su naturaleza divina, no de su prestigiosa situación de Maestro. De esa manera, desde las sombras de la fe, se identifica ante aquel hombre que, sin saberlo, lo busca como a Dios. El encuentro, que parece  iniciarse tan bien, pasa por la prueba desafiante de una opción crucial.

2.-   No al pobrismo, sí a la pobreza evangélica.   El amor a la bienaventurada pobreza no incluye desprecio al valor temporal de los bienes económicos y a su necesaria administración. Así no lo entiende la Iglesia, saliendo al cruce de algunos desprejuiciados que endilgan a los Pastores un propósito político-social inexistente, que ellos califican despectivamente: “pobrismo”. Injusta calificación, absolutamente extraña a la pobreza evangélica. Las bienaventuranzas, expuestas por Jesús, constituyen – Mateo 5 – un resumen de toda la moral cristiana. Son promulgadas en el célebre “Sermón de la Montaña”, en cuyas primeras líneas se revela el verdadero alcance de la pobreza evangélica: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Mateo 5, 3). El pobre de alma es el humilde. La pobreza sin humildad es una mera carencia de bienes económicos, ciertamente injusta cuando no satisface las necesidades humanas básicas. La humildad relaciona con Dios, en la obediencia a sus mandamientos, y con los semejantes, en la justa participación de todos los bienes, acordados al hombre, como dueño providencial de la tierra.

3.-   La recta administración de los bienes se opone a la idolatría de los mismos.   Es sorprendente la reacción de Jesús ante la declaración de aquel hombre, que “desde su infancia” había observado los mandamientos divinos: “Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Marcos 10, 21). Así miró al fidelísimo Apóstol Juan y, en consecuencia, inició con él una relación de amistad inquebrantable. No aconteció del mismo modo con este hombre, que pareció estar listo para la aventura de ser “pescador de hombres” y acompañar al Señor en su extraordinaria misión. La tristeza y desencanto de aquel buen cumplidor del Decálogo, revelan un apego idolátrico a sus cuantiosos bienes: “Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes” (Marcos 10, 22). Como siempre, Jesús se vale de ocasiones como ésta, para dejar claro su pensamiento. Hoy mismo, mucha “buena” gente, se aparta del seguimiento de Cristo, al no lograr recodificar sus intereses, conforme a los valores evangélicos, y al encontrarse atrapada en un bienestar intrascendente y efímero.

4.-   El apego idolátrico como impedimento para ser parte del Reino.   Cuando Jesús reconoce: “¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!” (Marcos 10, 23), agrega una respuesta a quienes, en esas condiciones, califican de imposible la salvación: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?” (Ibídem 10. 26) Jesús no elude la difícil y dramática cuestión: “…fijando en ellos su mirada, les dijo: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible” (Ibídem 10, 27). Pedro, que no se guarda nada, pretende recibir una respuesta al seguimiento del Maestro, que él y sus condiscípulos decidieron. Lo han dejado todo, pero, no sus ambiciones de cierto privilegio social. Les falta ser humildes como Jesús, para ejercer la misión que el Señor ha recibido de su Padre y les encomienda.