DOMINGO 23 DURANTE EL AÑO – Ciclo B

5 de septiembre de 2021

Marcos 7, 31-37

1.-   En un mundo sordomudo.   La sordera trae consigo la mudez en quienes la padecen. Es una sucesión de causa y efecto, biológicamente comprobada. Al devolver la audición, Jesús devuelve el habla. Este prodigio dice mucho más: otorga al ex sordomudo la facultad de captar la Palabra de Dios y pronunciarla para sus admirados testigos. El hecho prodigioso simboliza el verdadero propósito de Jesús: suscitar la fe en Él – Palabra eterna de Dios – para que “quien crea se salve” (Romanos). Pocos entienden que los milagros no constituyen el principal objetivo en las relaciones de Jesús con sus seguidores. Es entonces cuando comprendemos su insistencia en no dar publicidad a esos hechos: “Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie…” (Marcos 7, 36) Prevé que aquellas personas aún no logran una lectura correcta de los milagros que Él realiza. Se quedan con el hecho extraordinario y no logran calificarlo como corresponde.

2.-   Dos momentos inseparables.   Como creyentes aún debemos superar ese natural escollo. Corremos el riesgo de quedarnos en la superficie, sin lograr introducirnos en el Misterio revelado. No obstante Jesús insiste. Su Vida y su predicación constituyen el Camino, quizás algo pedregoso y estrecho, pero que conduce a la Vida. La respuesta a su llamado incluye dos momentos inseparables: a) la escucha atenta de la Palabra – Cristo y su enseñanza; – b) la conversión o la regulación de la conducta personal, en un total acuerdo con la Palabra escuchada. Los Apóstoles desarrollan y exponen lo que han recibido directamente de Jesús. Su empeño consiste en transmitir fielmente lo aprendido durante aquellos tres años de convivencia con Él: “Lo que se le pide a un administrador (ministro del Evangelio) es que sea fiel”. (1 Corintios 4, 2) Así debe ocurrir con quienes, en la Iglesia, suceden a los Apóstoles, y a los que colaboran con ellos. Es innegable que algunos contemporáneos hacen lecturas contrarias a su auténtico sentido.

3.-   El Magisterio y la Verdad.   Nos referimos a un sentido que no puede obtenerse con la sola luz de la razón, aunque sea estimado como genial. Jesús ha confiado a la Iglesia su propio Magisterio, acreditado por el Espíritu Santo. Es la Iglesia, así animada, la comisionada por su Cabeza y Fundador para lograr y preservar ese único sentido. La humildad, que deben practicar sus principales Pastores, se constituye en una condición indispensable para el ejercicio del Magisterio delegado. Los ministros de la Palabra no transmiten su verdad, son testigos de Cristo, constituido en “la Verdad”. La fidelidad a la misma, largamente probada, es su principal labor, lo demás es una añadidura: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura”. (Mateo 6, 33) En un mundo autosuficiente, o que pretende serlo, esta conclusión resulta indescifrable. La personificación de la Verdad, en Jesucristo, obtiene su máxima y definitiva transparencia con la Resurrección. Así lo entienden aquellos discípulos, testigos presenciales de las diversas apariciones pascuales.

4.-   Todo lo ha hecho bien.   Porque todo lo ha hecho por amor. Nos detenemos estremecidos ante la tierna y sincera confesión de quienes componen aquella multitud de testigos: “…en el colmo de la admiración, decían: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. (Marcos 7, 37) Imaginemos los sentimientos, de profunda simpatía, que la gente profesa al joven Profeta y Mesías de Dios. No es la que suscita un simple sanador; es causada por el Pastor Bueno que ofrece su vida por amor. Cristo ama a la gente, y probará definitivamente su amor al padecer la Pasión y muerte en la Cruz. Su amor revela el tierno amor que Dios Padre manifiesta a la humanidad: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único…” (Juan 3, 16)