ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA – Ciclo B

15 de agosto de 2021

Lucas 1, 39-56

1.-   Partícipe primera de la Resurrección de Cristo.   Una de las Fiestas marianas más tradicionales es la que celebramos hoy. María es la primera redimida, por los méritos de su Hijo divino, a causa de lo cual participa de la Resurrección, a la que estamos todos destinados. La intuición profética de Santa Isabel se ha extendido a toda la Iglesia para expresarse en una auténtica piedad popular.  El Pueblo de Dios ha experimentado un movimiento de “marianización”, que, a lo largo de su multisecular historia, confirma su eclesialidad. Es entonces cuando prevalece la fe de un Pueblo creyente, dócil al Espíritu y receptor de la sabiduría que Dios otorga a los humildes. Así lo entiende el Magisterio del Concilio Vaticano II al dedicar a María Virgen el capítulo octavo de la Constitución Dogmática “Lumen Gentium”: “La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia”. (L.G. n° 63)

2.-   Es feliz porque ha creído.   El texto bíblico pone en labios de Isabel el mejor elogio dirigido a María: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”. (Lucas 1, 45) Allí se destaca lo que el mismo Jesús reclama de sus seguidores, para entrar en su Reino. Me refiero a la fe personal, de la que María es modelo. Observemos la reacción de la Virgen ante el anuncio del Arcángel Gabriel. La  felicidad de María consiste en creerle. El mundo no parece haber descubierto que la felicidad consiste en el sometimiento a la voluntad de Dios. Cuando multiplica sus pecados se aleja trágicamente de la auténtica felicidad. La voluntad de Dios es que lo amemos y nos amemos. Es el nuevo mandamiento que Cristo dicta a sus discípulos, y en ellos a todos: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros”. (Juan 13, 34)

3.-   Modelo de fe y de obediencia.   Por la vivencia de su fe, María es modelo acabado para los creyentes. En ella aprendemos cómo debe ser la fe que nos conduzca a la felicidad. Me refiero a la fe como respuesta amorosa al amor de Dios o, en otros términos, como respuesta obediente a su divina voluntad. Si Dios quiere la santidad de todos, como lo expresa San Pablo (1 Tesalonicenses 4, 3), su logro está necesariamente vinculado al precepto principal del amor.  Los santos son heroicos cumplidores del precepto evangélico del amor. María es la más insigne cumplidora del mismo. Su amor maternal la asocia, como a nadie, al amor redentor de Cristo. Por ello, la Iglesia la propone como Madre y modelo de fe y santidad. La Asunción constituye el logro final del seguimiento de su Hijo divino. Como ella, estamos todos destinados a resucitar por la acción redentora de Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. (Juan 6, 54) 4.-   Su alma glorifica al Señor.   El “Magníficat” es un himno de reconocimiento y gratitud a la acción misericordiosa de Dios. En labios de María alcanza un sentido nuevo y único. Ante el elogio conmovido de Isabel, la humildísima joven virgen, embarazada del Verbo, eleva a Dios su corazón reconocido. En Él encuentra al divino responsable del Misterio de la Encarnación. Se conmueve profundamente ante la misericordia divina, que exalta a los humildes y desecha a los soberbios. La precede una experiencia histórica, la de su pueblo, que confirma su sobrenatural percepción. Escribe el Cardenal Martini que el himno pronunciado por María es un reflejo fiel del extenso y bello salmo 136 (135), que la Iglesia recita en la Liturgia de las Horas.