DOMINGO 11 DURANTE EL AÑO – Ciclo B

13 de junio de 2021

Marcos 4, 26-34

1.-   El lenguaje de las parábolas.   Las parábolas constituyen el lenguaje empleado por Jesús para que lo entiendan los simples y humildes. Aprenderlo exige humildad y pobreza de corazón. Curiosamente los discípulos más cercanos necesitan un desmenuzamiento de las parábolas, aquí presentadas,  porque sus entendimientos no están aún preparados para captar la verdad, mediante aquella simple y casi ingenua exposición: “No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo”. (Marcos 4, 34) Aquellos hombres necesitan esa capacitación para un buen ejercicio del ministerio que el Señor les confiará. Deben imitar a su Maestro, “manso y humilde”, para mantener una relación que aliente un cambio de vida en el pueblo. Se hacen humildes para aprender; lo son para enseñar y para testimoniar lo que enseñan. Jesús es, para ellos, el modelo excelente, ya que deben ser sus Apóstoles y representantes.

2.-   La virtud prodigiosa de la semilla.   Dos enseñanzas parabólicas de Jesús sorprenden al espíritu moderno, en exceso preciado de sí. Duele mucho aprender lo esencial, y el Maestro divino lo expresa con precisión y simplicidad: “El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”. (Marcos 4, 26-27) Una invitación a la confianza en la acción misericordiosa del Espíritu divino, inspira, como a Santa Teresita de Lisieux, el abandono humilde. Cuando se asume esa actitud, el Espíritu Santo realiza su obra santificadora, sin que sea advertida por quienes se benefician de ella. Lo que ocurre en cada persona, acontece también en la Iglesia, que es la auténtica visualización del Reino de Dios. El mundo contemporáneo, con sus innumerables fluctuaciones ideológicas, pretende ver y experimentar las invisibles transformaciones que Dios opera en los corazones. Como contracara afirma no creer o dudar – ateísmo y agnosticismo – y baja esa actitud a los hábitos de la vida personal, familiar y social de su propia nación o comunidad.

3.-   Cristo es la Verdad que llama a la conversión.    Urge que expongamos, desde el Evangelio, la Verdad que muchos conciudadanos necesitan descubrir y que Cristo personaliza. No es el caso imponerla, como en algunos períodos oscuros de la historia, sino proponerla y testimoniar su importancia, con la vida de los mismos evangelizadores. La fe, cuyo autor es Cristo, es una respuesta libre al llamado a la conversión, que la Palabra (Cristo) formula. Incluye el ejercicio de la libertad personal, saneada por la gracia del Salvador. Dios espera pacientemente que la persona haga su proceso, hasta  llegar al convencimiento de la Verdad que se le ofrece, y comprometer su libertad – o libre albedrío – mediante la obediencia a la misma. Riesgoso deber de cada persona humana, en el que se juega el éxito o fracaso de su irrepetible vida. Si lo pensáramos con más seriedad, cambiaríamos nuestro comportamiento. La primera incursión misionera de Cristo se refiere a la llegada inminente del Reino de Dios y al correspondiente reclamo de conversión: “A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. (Mateo 4, 17)

4.-   La pequeña semilla del Reino de Dios.   Concluye hoy el texto litúrgico de la Palabra con la parábola del grano de mostaza. El Reino de Dios se parece a la mostaza, cuya semilla es la más pequeña, pero que, sembrada y fecundada, se convierte en un arbusto grande, fuerte y acogedor. Los parámetros valorativos, empleados por Jesús, se oponen a los de una sociedad culturalmente mundanizada. El Verbo de Dios se interna en la historia humana con un ropaje de pobreza y silencio, que el mundo, exacerbado su espíritu por la frivolidad, desestima hasta el desprecio. Si la Iglesia se desprende de ese ropaje original pierde su significación como Reino de Dios e incumple su misión. Necesita volver a él.