Santísima Trinidad – Ciclo B

30 de mayo de 2021

Mateo 28, 16-20

1.-   El combate de la fe.   Cristo resucitado está junto al Padre y realmente presente entre nosotros. La alegría que los Once traen de la Ascensión indica un estado pascual que, únicamente se explica por la fe. No obstante, el texto de Mateo crea una cierta confusión: “Al verlo, se postraron delante de él, sin embargo, algunos todavía dudaron”. (Mateo 28, 17) ¿Dudar ante la evidencia? ¿O el prodigio de la Resurrección es tan excepcional que parece increíble? A partir de entonces no lo verán con sus ojos pero, lo sabrán más presente y creíble que las mismas personas y cosas que perciben sus sentidos. La fe es resultado de un duro combate por dar credibilidad a lo que el mundo de la superficie niega. Algunos no han decidido aún librar ese peculiar combate. Para ello, se requiere la pobreza de corazón que distingue a los auténticos creyentes. No todos la logran aún, manteniendo en su espíritu la duda que ensoberbece.

2.-   La fórmula trinitaria nos regenera en el Bautismo.   Dios, Uno y Trino, debe ser conocido por el mundo. Así lo entiende Jesús cuando, en virtud de su carácter de “enviado del Padre”, transmite su propia Misión divina a la naciente Iglesia: “He recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…”. (Mateo 28, 19) La exhortación a convertir en discípulos a todos los pueblos indica la universalidad del pastoreo de Cristo. Pero, también, la gravedad de la misión que encomienda a la Iglesia. La devoción a la Santísima Trinidad parece abstracta, pero, abarca toda la vida del cristiano. Santa Isabel de la Trinidad la vive y expone con asombrosa autenticidad. La fórmula trinitaria regenera a quienes son bautizados. El mandato misionero lo expresa claramente: “… bautizándolos (a todos los pueblos) en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…” El Bautismo constituye, a la persona que lo recibe, en un templo, que Dios se edifica y ama con predilección.

3.-   Cada persona es un templo de Dios.   Si viviéramos de verdad la fe trinitaria, ¡qué otra sería la calidad de nuestra vida! ¡Con qué respeto nos trataríamos, aún entre grandes disensos! Me refiero principalmente (no exclusivamente) a los ciudadanos que se profesan cristianos. Debiera ser motivo principal de preocupación si en una mayoría de la población, bautizada en Nombre de la santísima Trinidad, no se lograra superar la enemistad cívica y se continuara alimentando la discriminación, el distanciamiento y el odio. Quizás, por ausencia de una catequesis adecuada, no se ha llegado a una conciencia viva de que el Bautismo constituye a cada persona en templo vivo de Dios. Cada agresión personal – a quién sea – es un atentado sacrílego contra esos templos que Dios Creador se ha construido. El pecado los ha profanado. Dios decide re consagrarlos mediante el Misterio de su Hijo encarnado. Al reconocernos en el común Bautismo, extraeríamos la razonable conclusión de que somos hijos adoptivos del Padre, ya que su Hijo divino se ha hecho hombre y hermano de todos los hombres; en consecuencia, somos – sin excepción – hermanos los unos de los otros.

4.-   Descristianización y desacralización.   La descristianización que se observa en nuestra sociedad “occidental y cristiana” coincide con posiciones ideológicas contrapuestas, dentro y fuera de quienes se consideran cristianos y católicos. El agnosticismo de moda promueve la desacralización de la persona humana. De esa manera, los hombres descienden a una categoría que los desposee de su original dignidad. En la base de toda legítima reivindicación personal y social existe un concepto antropológico definido. El que se origina en la Revelación evangélica  tiene como prototipo al mismo Cristo. Él es “El Hombre que Dios quiere de los hombres”. Por lo mismo, Cristo es la fuente auténtica de la dignidad y de los derechos de toda persona humana, sea cual fuere su raza, concepto de la vida y religión.